Reconociendo que la francesa es la cinematografía más potente y rica del continente europeo, si obviamos la presencia a veces demasiado congénere que tiene la británica respecto a la hollywwodiense, hallaremos diversos perfiles muy marcados dentro de su entidad.
Por una parte sigue subsistiendo su mayor aporte, una rica cinematografía gala que sigue avanzando respecto a su cine de autor genético que comenzó en la Nouvelle Vague. También asistimos habitualmente a un cine comercial marcado por un patrón típicamente hollywoodiense, y asimismo sigue subsistiendo una singular vertiente que va desde el ilusionismo de Georges Méliès hasta la realidad encantada de Jean-Pierre Jeunet o la prestidigitación de Michel Gondry: un cine que busca seducir a todo tipo de espectador, cogerlo del pescuezo dulcemente, levantarlo durante su metraje dos centímetros por encima del suelo y trasladarlo por una narración de realismo mágico insertado en estructura hechizante, llena de trucos que retrotraen al regocijo de la ilusión infantil, blanca y sin mácula.
A esta tercera vertiente del cine galo pertenece Pollo con ciruelas, la adaptación que Marjane Satrapi, historietista iraní autora de Persépolis, ha realizado de su novela gráfica homónima junto a Vincent Paronnaud, historietista y cineasta francés. No estamos hablando de un filme de animación, aunque hay mucho telón de fondo dibujado en esta historia ambientada en el Teherán de la década de los cincuenta, dónde un prestigioso violinista, Nasser Ali Khan, sólo vive para su instrumento y para unos recuerdos del pasado que le tienen en vilo, entre su decisión a aferrarse a la vida a través de la música o sucumbir a la oscuridad de la muerte.
El omnipresente y angustioso Mathieu Amalric son los ojos, mente y alma de una película que circula muy en la zona de trayecto de vehículos como la delicadeza costumbrista y pulcra de filmes de Jeunet tipo Largo domingo de noviazgo, recogiendo códigos de prestidigitador: efectos visuales artesanales, cartón-piedra, escenografías que mezclan la animación y el ilusionismo de truco cinematográfico clásico con actores. Y si bien esa tropelía está llevada de forma elegante, su sobriedad provoca que los escasos itinerarios de humor sean atropellados por numerosos pasajes de frases que suenan contundentes, o más bien por rebuscados momentos de flashbacks que trazan un relato no lineal de forma pretenciosa y sacan a relucir demasiado a la vista del tedio un artificio que, más que una narración que podría volar ante los ojos, resulta ser un paquidermo (en forma de cinética de cómic repleta de planos-viñetas) demasiado pesado de sostener aún a pesar de unos escasos ochenta minutos de metraje.
Hay un oasis a mitad de la película, en forma de oscura representación de la figura de un ángel de la muerte, a lo que sigue una auténtica historia de amour fou, que muestra verdaderamente la fascinación intrínseca de la trama. No se entiende que ello tarde tanto en llegar al relato, porqué esos suspiros, ese tiempo congelado en el recuerdo y en la angustia existencial sí que te tiene clavado en sueños de butaca. Al final se lamentan muchos minutos asentados en la aparatosidad de lo calculado y presuntuoso: terminan siendo más cuantiosos que los imperfectos, sinceros y auténticos instantes de esta historia de amor de melancolía retro y cierto hálito a posmodernismo demasiado visto.











