Cuando el borrachín Elwood (James Stewart) sale de copas con su gigantesco conejo imaginario en El invisible Harvey (esa joya de Henry Koster de 1950) observamos comedia humana y un gracejo burlón por la superficie, pero no hay que hacer mucho esfuerzo para rascar y profundizar en un subtexto de melancolía y compungido pavor por la realidad que asoma tras esa cordura-locura. Cuando Joey en El secreto de Joey (Roland Emmerich, 1985) descubre entre todos sus fetichistas y molones juguetes Made in LucasFilm que la felicidad no está en esas posesiones tan preciadas por impúberes babeantes, sino más bien en el deseo por volver a tener a su padre fallecido bien cerca, el espectador infantil siente pavor de esa cultura pop por el muñeco, por el objeto… Si la cara de colgado de Jake Gyllenhaal en Donnie Darko (Richard Kelly, 2001) rezumaba tanto pasotismo como temblor interior era porque le daba igual verse reflejado en ese conejo metalizado que se le pega en la espalda: el pavor ante el futuro, se le mete –se nos mete– bien dentro…
El objeto, el muñeco como figura siniestra entre la risa y el espanto, han servido en éstas y otras tantas obras para acompañar el pánico de lo humano ante la responsabilidad de asumir una realidad contundente, de desarrollo vital, de entrar en otra fase: cruda, alejada de la felicidad blanca y sin mácula que va desapareciendo poco a poco a partir del instante en el que nacemos. Cuando aceptamos ese miedo al desarrollo, hacia la comprensión de la existencia de la muerte, es cuando el entrenamiento parece acabar: cuando vemos el ocaso de nuestro Fiel Amigo, o cuando Luke deja de llevar en la espalda a Yoda porque ya ha asumido su sino humano. Resulta ser el acceso a la madurez socialmente aprobada, el aceptar errores, faltas,… Steve Carell en Virgen a los 40 (Judd Apatow, 2005) armándose de valor para abrir una cajita de toys de colección con el precinto indeleble durante años: una virginidad que tiene que terminarse a la fuerza… Cuando hay que elegir entre la soledad o la compañía, cuando hay que dejar atrasados en el tiempo los recuerdos blancos de la infancia y la juventud: Andy abandonando sus juguetes en Toy Story 3 (Lee Unkrich, 2010); cuando un objeto conlleva alma pop, fetichismo, retahíla de recuerdos: sea un LP, un tebeo, una película de tu infancia digitalizada en blu-ray, una camiseta, o un muñeco.
Todo ello connota Ted desde el segundo 1: cuando ya se da por hecho que el espectador va a tener que tragarse que un Teddy Bear esté animado, con aliento vital, con alma. Una comedia más sobre el asentamiento maduro socialmente aprobado que podía haber protagonizado perfectamente Matt Dillon y Owen Wilson, o Ben Stiller y Vince Vaughn, o Will Ferrell y Jason Alexander. Pero no, Seth MacFarlane, creador de El Show de Cleveland, Padre Made in USA o Padre de familia, prefiere que Mark Wahlberg y un osito Teddy borden la simulación de colegas alargando el despertar de la madurez, de ilusión por no dejar volar toda esa burbuja repleta de ilusión blanca, sin responsabilidades adultas y no tener que tirar al garete bandas sonoras, pelis, melodías, recuerdos catódicos, bolsas de fritos, fetichismos pop que como magdalena proustiana retrotraen un flashback sensorial absoluto. Y de eso sabe mucho Seth ‘mala baba’ MacFarlane: de coger, por ejemplo, a su personaje fetiche, Peter Griffin, ponerlo a rememorar instantes de su pasado (“Esto es peor que aquella vez que…”), y coger piezas del pop de ayer, hoy y siempre para ponerlos de vuelta y media.
En Ted hay mucho de flashback sincopado MacFarlaniano, de lanzamiento envenenado (Justin Bieber, Taylor Lautner, Johnny Carson…), de glorioso recorrido pop, de guiños memorables, de sorna en torno a la cartografía sentimental del juguete roto, y también de comedia que aligera sus cascos de guasa en su tramo final y acaba como el molde de producción pop en serie parece indicar: como todas, como siempre. Sólo ese escollo resolutivo se le puede echar en cara, aunque es fácilmente olvidable: lo que perdura es ese instante de fiesta en el apartamento a lo Old School (Todd Phillips, 2003) que le da sopas con honda a todo el metraje de Project X. Numerosas razones que le podrían otorgan el derecho a ser la comedia del año.











