Me encanta pasear y perderme por el East Village de Nueva York. Tengo tendencia a empezar en Astor Place y continuar por St Marks, una calle llena de restaurantes asiáticos, estudios de piercings y tatuajes, tabernas y tiendas raras, muy raras. También está llena de turistas en busca de lo ‘alternativo’ que la ciudad puede ofrecer. Pero St. Marks está lejos de ser alternativo hoy en día. Después me dejo llevar hasta las avenidas de las letras (Avenida A, Avenida B…), calles no muy apropiadas para el paseante nocturno, y me deleito viendo pequeñas cafeterías y bares instalados en sótanos. En sus mesas hay desde una jovencita leyendo hasta un señor con un MacBook, pasando por un tipo con lentillas de color blanco. Me encanta imaginar cómo sería vivir en esa zona, ser parte de los habituales que toman café por la mañana y discuten de lo ‘cool’ que fue el concierto la noche anterior en Brooklyn. Visitar Nueva York de lunes a viernes es muy diferente de hacerlo el fin de semana.
Adoro East Village, pero no todo el mundo comparte mi fantasía por sus marcados contrastes. Por eso, cada vez que alguien viene de visita y me da carta blanca para enseñar lo que quiera decido caminar la calle Bleecker. Es infalible, no defrauda. Bleecker empieza en el cruce entre Hudson y la Avenida 8, en el Oeste de la ciudad, y la atraviesa hasta llegar a la calle Bowery, en el Este. Uno sabe que está en el extremo Oeste porque le arropan Michael Kors, Ralph lauren y Burberry Brit entre otros. Las aceras están tranquilas a este lado; el ajetreo y los ruidos esperan cinco bloques después, al llegar al cruce con la calle Christopher y el meollo gay. Entonces aparecen los arcoiris y los diseñadores, aunque aún presentes, empiezan a dejar paso a otros placeres.
A partir del cruce con la séptima avenida empieza lo más interesante. Una hamburguesería con un bar escondido en su parte de arriba, el mejor helado de dulce de leche de la ciudad o la que dicen ser la mejor pizza de New York son sólo parte del primer bloque. En el número 281 está el Blind Tiger y sus cerca de 85 variedades de cerveza. Aquí nos topamos con la frontera de Little Italy, y aunque los italianos nunca la reconocieron como propia las trattorias y la Escuela e Iglesia de Nuestra Señora de Pompeya hacen dudar. Si caminamos un poquito más y giramos a la izquierda encontramos Minetta St, y un pelín adelante cruza McDougal. En Minetta en los años 60 estuvo la taverna Fat Black Pussycat. Ahí, el 16 de abril de 1962 Bob Dylan y David Blue pasaron la tarde bebiendo café. Dylan empezó a escribir, murmurar y tocar acordes. Cerca de una hora después tenía entre sus manos ‘Blowin’ in the wind’. David Blue contó cómo esa misma noche llevaron la canción al club Folk City, en la calle 4, donde ese día tocaba el músico Gil Turner. El ritual consistía en esperar turno, tocar lo compuesto y ver si el tipo elegía la pieza. Cuando Turner escuchó lo nuevo de Dylan quedó atónito.
–Tengo que tocar esa canción por mí mismo –dijo-. ¡Ahora!
–Claro, Gil, eso es genial. ¿La quieres para esta noche?
–Sí –dijo cogiendo su guitarra-. Enséñamela ahora.*
Bob Dylan no fue el único en buscar fortuna en esta zona de la ciudad, pero sí quiza el más famoso de su época. Su primer bolo también tuvo lugar en estas aceras, allá por 1961, en el Café Wha?, donde ademas Jimmy Hendrix alcanzó fama, así como Bruce Springsteen, Bill Cosby o The Velvet Underground.
McDougal aún vibra. No hay calle que aglutine en tan poco tantas cafeterías, bares, resturantes étnicos, artistas, teatros, souvenirs y ropa, y todo desde hace tiempo. La vida social tras la Segunda Guerra Mundial se centró en torno a Minetta’s Tavern y la cafetería San Remo (cerrada en los 80). Esta última, en el 93 de MacDougal esquina con Bleecker, se hizo famosa como punto de encuentro para escritores y existencialistas, todos ellos grandes bebedores. Para hacernos una idea de la clientela no hay nada mejor que leer lo que se escribió en su momento. Michael Harrington –pensador, politico y escritor– llegó a Nueva York en 1949 y la describió como “heterosexuales en busca de éxito, homosexuales que prefieren integración erótica a la exclusividad de los bares gay de la calle 8, Comunistas, Socialistas y Trostkystas; fumadores de marihuana…”. En los 50 proliferaron las cafeterías, único lugar de reunión donde no se requería edad mínima para entrar. La popularidad de la generación ‘Beat’ inspiró lecturas de poesía en estos locales donde se dejaban ver Jack kerouak, Allen Ginsberg, Jackson Pollock, Gregory Corso o Frank O’Hara. En los 60 pasó la moda y muchas cerraron, pero un paseo por la calle deja ver que la tradición no se ha esfumado del todo.
Minetta Tavern, en el número 113, aún se mantiene abierta. Se dice que sirven una de las mejores hamburguesas de la ciudad, pero todavía no me he animado a pagar los casi 30 dólares –impuestos y propina aparte, claro– que piden por ella. Algunos de los regulares en su día fueron e.e. cummings, Ezra Pound, Ernest Hemingway y Eugene O’Neill, pero su habitual mas entrañable y reseñable fue Joseph Ferdinan Gould, conocido simplemente como Profesor Seagull (gaviota en inglés). El nombre le viene dado por su manía de pedir en la barra imitando el movimiento y los sonidos de las gaviotas. Gould se graduó en Harvard y dedicó su vida a escribir ‘Historia oral del mundo’, un libro lleno de conversaciones y observaciones que empezó en 1917. O eso es lo que decía. El libro cobró estatus de legendario, pero en realidad no eran más que cuatro capítulos bien que mal escritos. Murió loco en 1958 como el ultimo de los bohemios de los años 20.
En el número 139 está Provincetown Playhouse, teatro donde se han visto los nombres de Eugene O’Neill, Edna St. Vincent, e.e.cummings y Bette Davis antes de ser famosos. El teatro sigue en pie, pero ninguna compañía ha conseguido el esplendor de antaño.
De vuelta en Bleecker, llegamos a la zona Este, la que se alcanza al llegar a la Quinta Avenida y que en este caso viene marcada por la intersección con la calle Thompson. Aquí estuvo The Village Gate. Fue en su escenario donde Aretha Franklin tuvo su primera gran oportunidad dentro de la ciudad. También ahí actuaron Miles Davis, Charles Mingus, Harry Belafonte o Billie Holiday. Un bloque después, en el número 147, aparece The Bitter End, un local compuesto por comedia, poesía y música. Hubo un tiempo en que en su interior se escuchó a Bob Dylan, Patty Smith y Woody Allen, y los que asistieron al espectáculo la noche del 13 de marzo de 1963 no olvidarán nunca que vieron a Mohamed Ali recitar versos. Incluso García Lorca tiene su pequeña huella en la calle gracias a la obra Yerma, que se representó con éxito en 1952 en el teatro ‘Circle-in-the-square’ (número 159), y donde durante estos años tuvieron lugar numerosas lecturas a cargo de personalidades como Truman Capote, Arthur Miller, Tennessee Williams o Gore Vidal.
Tan sólo el bar The Bitter End ha sobrevivido al paso del tiempo. The Village Gate es ahora un CVS (farmacia/supermecado de nivel nacional) y el Circle-in-the-square fue demolido hace menos de diez años. Bleecker Street ya no es lo que era. Los bajos, en general, han sido ocupados por bares que intentan tomar el relevo como Red Lion, baratos como Thunder Jackson, o sin mayor trascendencia como Wicked Willies. Los fines de semana, aun sí, están repletos de gente joven, mucha fiesta, y la esperanza de que un día reaparezca en su escenario el principio de una nueva gran generación.












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Bleecker St. también es una de mis calles favoritas. Y tiene una de las mejores tiendas de vinilos de NYC.
¡Qué ganas de volver!