Considerándola como algo vivo, la ciudad –sus calles, sus esquinas, sus laberintos– aglutina un relato cotidiano donde las frases y las palabras se hilan, según el caso, de una manera coherente o incoherente, caótica o cerebral. Tal y como nadamos por ella.
Para los urbanitas hablar de la ciudad es como hablar de escribir. Y también en cierto modo para los que no lo son. Todo ello, no se puede negar, porque la arquitectura y la planificación nos rodean perpetuamente y se han integrado en nuestra visión del mundo como seres sociales desde que bajamos de los árboles.
¿Por qué no leer sobre arquitectura? Si lo hacemos sobre sociología, sobre estudios culturales, sobre psicología… ¿no es acaso necesario aprehender lo que nos distribuye espacialmente en el mundo?
De todos los ensayos publicados sobre este tema, sobre estructura urbana, el que nos ocupa es el más respetado de cuantos han traspasado la barrera de la especialización. Se trata de Muerte y vida de las grandes ciudades, que Capitán Swing rescató en 2011 en el 50 aniversario de su publicación primera en EE.UU. No hablamos, por tanto, de un infumable tractatus para expertos e iniciados, sino de una didáctica guía hacia el cuerpo e infraestructura de las ciudades. Qué funciona y qué no funciona en ellas. Por qué los habitantes frecuentan unos barrios y no otros. Cómo late este monstruo al que amamos y odiamos con igual fuerza.
Una labor minuciosa de observación de Jane Jacobs, activista y teórica del urbanismo… desde la sociología. Jacobs nos proporciona una aproximación fenomenológica de la ciudad con una prosa limpia y sin artificios, veteada de observaciones certeras y de una lógica apabullante. A través de la pura observación da cuenta de los errores que cometen los académicos por no sacar la nariz de los libros y husmear en la propia vitalidad del asfalto.
Porque la premisa que respira en este libro es que la ciudad es, ante todo, un espacio de convivencia. Mientras Le Corbusier y los brutalistas, por poner dos ejemplos, tratan la arquitectura –con lo revolucionario que eso complica– en forma de discurso, Jacobs quiere retomar (allá por 1961, cuando escribe este libro) la visión inclusista y práctica de la urbe.
Niños que corren libres y seguros por las calles porque no hay lugares ocultos a la vista de los tenderos o de los viandantes, criminalidad menor al haber siempre ojos sobre la calle a través de las ventanas. Esa es la idea. Devolver el adanismo a nuestra vida. Una utopía, aunque es cierto.
Eso sí, el discurso adolece a veces de reduccionismo al no tener en cuenta otras variables sociales. Sin embargo, su valor no es tratar de hacer tótum revolútum sino poner acento en que la alienación progresiva que recorre a la sociedad desde el final de la Segunda Guerra Mundial no hay que buscarla muy lejos: la propia ciudad que nos deglute y nos deforma. Retoma la idea de Rousseau de que somos buenos por naturaleza, pero la sociedad (la ciudad) nos corrompe.
Más allás de las fuertes virtudes del libro, el discurso muere de éxito al querer explicar demasiado algunos conceptos muy claros o al masticar mucho elementos simples. Algunos tramos son largos como un atasco veraniego: las ganas de llegar a la playa reducen el sufrimiento, pero te abrasas dentro del coche.
Muerte y vida… resulta muy oportuno para esta época de excesivo barroquismo en la concepción de los espacios en arquitectura: aberración que lleva a eliminar, por ejemplo, bancos de las plazas porque no concuerda con el argumentario del diseñador; unos bancos que los buenos lectores como ustedes y yo difrutamos.
Y, en un sentido más local, encaja en este tiempo de resaca urbanística de la que nos estamos despertando en España.











