Lo manido de una declaración tipo: “personajes de carne y hueso”, para exteriorizar o enunciar que se ha llegado a crear y representar en una ficción unos roles, unas caracterizaciones y una psicología acorde a la realidad, siempre induce a pensar que estamos ante algo honesto, auténtico y, al menos, notable. The Guard, primer largometraje del irlandés John Michael McDonagh, tiene la bondad de petar ese lugar común del “carne y hueso” y acercarse a la estampa genuina de lo que retrata a través de todo lo contrario: extrañeza, humor negro y presencias fantasmagóricas. Sí, un humor que parece salir de espíritus burlones o de, literalmente, fantasmas traviesos de dibujos animados antes que lo trivial del realismo del “being human”.
La filtración de comedia negra a lo Ealing Production de antaño y la puesta en escena teatralizada y casi de pieza de cámara, alcanza un curioso y llamativo tono que saca a sus personajes de lo ortodoxo y de lo común. Comenzando por la abstracción y la conceptualización de su argumento, huyendo del retrato natural; sumando la interpretación disconforme, naíf y repleta de rara mezcla de lucidez, resignación y crítica de Brendan Gleeson; así como la modulación sombría de un relato que nunca carga las tintas de su melancolía latente, representan lo más relevante de una ópera prima que marca muy bien los estilemas de su autor: el frenesí y la ordenanza del caos post– post-moderno del cine brittish de Guy Ritchie acontecen aquí como una fantasmagoría con pulso solemne y sosegado.
Ese policía irlandés de ciudad de provincias que acumula tedio en su trabajo, toma su rutina como una posibilidad de escape hacia la experimentación con las drogas o el sexo, y acaba compartiendo fatigas laborales con un sofisticado norteamericano (Don Cheadle) que ha enviado el FBI para esclarecer un caso de cariz internacional, podría haber sido otro memorable papel de un Brendan Gleeson protagonista al estilo humano y socarrón de su Martin “basado en hechos reales” Cahill en The General (John Boorman, 1997), pero termina conceptualizando un papel memorable desde el lado opuesto: la abstracción de un espíritu también outsider, como aquel delincuente, pero desde dentro del sistema y luciendo languidez y resignación ante la gris existencia global, sin pelos en la lengua.
Todo el realismo británico ironizado. Toda la chispa guyritcheriana y dannyboylera dejada a un lado… The Guard –o El irlandés- podría ser una especie de buddy-movie interiorizada, sin excesos, ni alarde de tramas entrelazadas, que se acerca a ese estilo de thriller británico, lindando con el humor sombrío, de películas de última hornada generacional como Escondidos en Brujas (curiosamente de un autor de mismo apellido: Martin McDonagh) dónde funciona tanto el thriller heterodoxo como la metáfora existencial de nuestros días, y quizás por tratar ese estado de ánimo tan acorde a los tiempos que corren, y por trazar nuevos recorridos en el cine británico, se merezca el visionado. Quizás por su cabezonería y por no salir de esa estructura de composición mínima, íntima, de pieza de cámara, acabe por rozar lugares reiterativos sin proponérselo. Su aroma de resignación y languidez le sienta tan bien, como te hace considerar en qué pasaje el relato ha empezado a insistir en un punto en el que no parece acontecer nada más que un personaje hecho a medida para la lucidez de su notable actor protagonista.












Curiosamente tienen el mismo apellido porque son hermanos.