Uno de los clímax preponderantes del capitalismo bien se podría ilustrar con la aparición de los rascacielos en ciudades con alto índice de población. El contrapicado visual que el ciudadano siempre ha tenido que ejecutar para visionar la cúspide resulta ser tanto la metáfora certera del quijotismo ilusorio por atrapar lo gigantesco, así como la contrapartida devuelta desde arriba por el cemento, el vidrio y lo artificial (la obra creada por el hombre): sombra alargada que cae sobre nosotros. Esa misma aleación de claroscuros, de sueños pero también desengaños, es la que lleva consigo la herencia del superhéroe como símbolo.
El Batman de Christopher Nolan es la última efigie cinematográfica en soportar tal leyenda dual: tanto el perfil romántico de la postura en la cúspide de la gran urbe (y de fondo el cielo nocturno), cómo su incursión en el subsuelo. La línea que se retroalimenta del picado (o del contrapicado) va desde el punto álgido de una gárgola detenida sobre una cornisa hasta los recovecos subterráneos de la rata de cloaca. Los primeros instantes de esta trilogía (visto con la distancia del tiempo –la primera mitad de Batman Begins- la parte más arrebatadora e hipnótica de las tres entregas) ya trataron el concepto clave en el que iba a desenvolverse las casi siete horas siguientes del relato de los hermanos Nolan: el origen de la oscuridad, el germen a ras de suelo, para luego ascender a la brillante humedad del cielo oscurecido; conocer el arraigo humano desde la caverna, para después hinchar, empinar, elevar y exaltar el mito, allá arriba.
En su intento de cerrar el círculo, tensar el ovillo de subtramas para guardarlo todo bien hilado, el cierre de la trilogía (final que termina siendo una posibilidad de re-arranque esperanzador) vuelve a esos orígenes, a esa oscuridad de subsuelo: a la alcantarilla literal, espacio tenebroso donde se forjan las pesadillas precursoras de la fortaleza necesaria para terminar con la hinchazón de ego y pecho del héroe. Christopher Nolan se acerca a una de las entregas más recordadas del padre de la novela gráfica y el comic-book heroico: Will Esiner y el fascículo de La vida de debajo (de The Spirit), publicado originalmente el 22 de febrero de 1948, donde ya se hablaba del sueño americano enmarcado en una cloaca, y con Spirit en plano secundario, como observador de una sociedad que pocos años antes había vivido un colapso político-económico y había recibido un ataque por la espalda que le metió de lleno en la última Gran Guerra.
Similar contexto y subtexto: Bruce Wayne/Batman reflejo de Denny Colt/Spirit como hombres enterrados vivos, abandonados a su suerte, que resucitan en la oscuridad y en los periodos más oscuros de la Gran Metrópoli (espejo del Primer Mundo); crisis financiera del mercado de futuros/Crack del 29; 11-s/Pearl Harbor; terrorismo islámico/comunismo… Los Nolan crean un artefacto de entretenimiento que mira la coyuntura Histórica con nervio, pulso, pero también con congestión, hartazgo, sobreexposición. Dónde Will Esiner recogía ahorro discurisvo, encuadres de viñeta con cinética elaborada desde el tratamiento del color o el claroscuro y diversas innovaciones que hacen fácil lo complejo, encumbrando a su personaje en lo heroico, sin el “súper”, Nolan se aferra al discurso enredado para exceder, sobreescribir y eliminar las clásicas connotaciones de lo superheroico: otros planetas, poderes sobrenaturales, vida sosegada en el campo, viaje a la gran urbe… Terminando por llevar a su personaje, a su relato y a su concepto de blockbuster hacia un escalón más, “lo hiper”. Hiperrealista, hiperbólico, hipersensibilizado: sus climax dilatados con la música de Hans Zimmer, la edición sincopada con comentarios casi dichos al objetivo, como recitando frases lapidarias que llaman a la emoción épica (así terminó El Caballero Oscuro) siguen teniendo su lugar en La Leyenda Renace.
De Nolan heredamos un héroe que aprende a mirar al cielo, como una gárgola alada en la cúspide, pero de ahí no pasa: hemos visto como ha salido varias veces de las tinieblas de la caverna y se engloba en una Gotham/New York City real, hiperreal. Se ha atrevido a jugar como un dios mitológico con la complejidad del tablero de ajedrez de nuestra coyuntura actual; hiperbólica su concepción de la trama como un juego sin fin y de compleja resolución: en el último tercio de La leyenda Renace se palpa la prisa y la fatiga de un narrador por intentar resolver y dilucidar toda su trilogía (se mezclan las resoluciones simples y atropelladas con algunas innecesarias), hasta el extremo de que si, por un lado, las casi tres horas se pasan volando (bendito cine de evasión y entretenimiento inteligente), también es verdad que sobrevuela por la platea la sensación de que incluso hubiese necesitado tres horas más para dejarlo todo como él lo había alumbrado.
Sea como fuere, nos lega, en el año dónde mejor, y más diferente, cine de superhéroes ha coincidido en cartelera (Joss Whedon y sus Vengadores, Josh Trank y su Chronicle) algo hiperheróico: un héroe hipersensibilizado. Triste y gigante, suave e imperturbable, con miedo latente, tal y como su antagonista (hipervillanos en sumo grado, más protagonistas que el propio protagonista), un Bane (Tom Hardy) memorable; y tal y cómo su relato central en torno al concepto clave de toda la trilogía: la caverna, el pozo, la prisión de los miedos humanos, que resulta ser, lo más sencillo, romántico, oscuro, épico y emocionante del Batman de Nolan. En esta tercera entrega con forma de templo maldito y guardando la esencia de héroes y villanos que entronca con la trama principal: La Liga de las Sombras. Con eso me hubiera bastado (sencillo y emocionante por si sólo ese fragmento que entronca con la primera mitad mencionada de Batman Begins). Aunque sea más que disfrutable su inefable Catwoman (hay escenas con tonalidad victoriana, o dickensiana, cómo también de sofisticada comedia romántica sesentera, entre Christian Bale y Anne Hathaway -¿Cary Grant y Audrey Hepburn?-); los matices del sobrio registro de Joseph Gordon-Levitt; o las dos luchas cuerpo a cuerpo entre Batman y Bane (las peleas mejor filmadas de la trilogía).
La sombra se funde ¿definitivamente? con las nubes, el laberinto de ratas de ahí abajo ha dado lugar a una lucha cuerpo a cuerpo entre la gárgola y el caimán abandonado en las cloacas. El boom, el hype, el hiperblockbuster más esperado ya está entre nosotros. Aunque incomode, traiga consigo debates y discusiones, hay que reconocer que al menos soporta muy bien un primer visionado: no duele el cuello de mirar en contrapicado, hacia la cúspide de la gran ciudad.













