Hubo un tiempo en que Harlem, esa parte de Manhattan arriba de la calle 125, no era identificado con la palabra gueto. Hubo un tiempo en que vivir en este barrio significaba ser de clase bien y acudir a sus fiestas era sinónimo de hacer contactos. Langston Hughes –poeta, activista social, novelista y columnista– escribió que fue una época en la que cualquier negro de Harlem de cualquier estrato social podía comentar de forma casual la charla de la noche anterior con el periodista Heywood Broun o el pianista George Gershwin. “El negro está en Vogue”, sentenció.
Unos años donde al menos había una obra en Broadway con protagonista negro y donde los libros escritos por negros se publicaban y publicitaban con mucha más frecuencia y ánimo que nunca en la historia. Eran los años 20 y se le llamó el Renacimiento de Harlem. Se trató de un movimiento cultural, predecesor a la lucha por los derechos que surgiria en los 50. Fue aquí y ahora donde surgió la idea del Nuevo Negro. El Nuevo Negro estaba orgulloso de su raza, buscaba integración y la ruptura con el racismo y los estereotipos. El arte y la literatura eran sus armas. Zora Neale Hurston, una de las escritoras destacadas de la época, asi lo manifestó: “a veces me siento discriminada, pero no me enfado. Simplemente me quedo perpleja. Cémo puede alguien privarse a sí mismo del placer de mi companía? Es algo que me supera”.
Los negros empezaron a llenar la zona a principios del siglo XX gracias a un boom constructivo y a Philip A. Payton, un agente inmobiliario que convenció a los terratenientes para que alquilaran a negros. Pronto se afincaron tanto la élite negra de la zona como emigrantes del Sur. Para 1920, cerca de 200.000 negros vivían en Harlem. En la siguiente década más de 100.000 blancos se marcharon y el mismo numero de negros llegó para ocupar su lugar.
La revolución social se desató en 1917 con el estreno de ‘Tres obras para teatro negro’. Fueron escritas por el blanco Ridgely Torrence y en ellas actuaban actores afroamericanos y no blancos maquillados de forma caricaturesca. El escritor James Weldon Johnson lo calificó como ‘el evento más importante en la historia del teatro negro americano’. También en este año se fundaron La Liga de la Libertad y The Voice, primera organización y primer periódico del movimiento.
Luego llegaron los 20, la época gloriosa. La barrera musical entre negros ricos y pobres se difuminó gracias a una nueva forma de tocar el piano. Este instrumento se asociaba a las clases altas y no cuajaba con las bandas de viento propias del Jazz sureño. Los músicos del momento eran Fats Waller, Duke Ellington, Jelly Roll Morton y Willie ‘el león’ Smith. Sus ritmos, melodías y letras empezaron a colarse entre los blancos. Roland Hayes fue el primero en ganar prestigio internacional. Entre 1916 y 1919 dio conciertos en el Carnegie Hall y en 1920 saltó a Londres y a otras capitales europeas. Cuando volvió a EEUU en 1923 el nombre y su música le precedían.
Entre los escritores destacaron Countee Cullen (The black Christ), W. E. B. Du Bois (The souls of black folk, 1903), Alain Locke (The New Negro, 1925), Zora Neale Hurston (Color Struck, 1925), Langston Hughes (The weary blues, 1925), Claude McKay (Home to Harlem, 1928), Wallace Thurman (Harlem: A melodrama of Negro life, 1929), James Weldon Johnson (Black Manhattan, 1930) y Carl Van Vechten (Nigger Heaven, 1926). Este último, por cierto, era blanco.
Todos ellos buscaban lo mismo, ser reconocidos y hacerse valer. Sin embargo la controversia no se quedó de lado porque existía unidad en el arte que emergía. Surgieron las dudas, las preguntas y las dualidades que llevaron a enfrentamientos entre ellos mismos. ¿Escribir para negros, o para blancos y negros? Se hablaba de alta y baja cultura, de reflejar el bajo nivel social o no. Se discutía sobre música tradicional y experimental. Hubo quien opinaba que los negros se estaban volviendo blancos por vestir con su estilo y vivir de forma urbanita; quien opinaba que era una simple asimilación para encajar en la mayoría y quien veía algunos de los trabajos expuestos como propaganda más que como arte reflejo de sus vidas. Este último es el caso de Du Bois, quien dijo que la obra Home to Harlem le daba náuseas por ser sucia y grosera.
Pero hubo algo más. Los artistas de este renacimiento recivieron un inusual apoyo por parte de instituciones. Un apoyo que no estaba al alcance de los artistas del Greenwich Village en ese momento. Vino de personajes con dinero e interesados en ser patrones del nuevo arte, fundaciones como William E. Harmon o Julius Rosenwald, y el Comité General de Educación. Tuvo tanto apoyo, según dice David Levering Lewis, biógrafo de Du Bois, porque pensaron que mejoraría las relaciones raciales en un momento en que estaban en retroceso.
Se considera que el Renacimiento de Harlem terminó en marzo de 1935 cuando una revuelta se alzó la noche del 19 y destruyó el optimismo creado hasta entonces. Ese día, un niño de 12 años, negro puertorriqueño, fue pillado mientras robaba en una tienda una navaja multiusos. El dueño amenazó al chico y éste le respondió con un mordisco en la mano. La policía intervino y todo parecía calmado hasta que una mujer testigo dijo que el niño fue amenazado y golpeado. Como no es de extrañar, el rumor que se extendió fue que el chaval había sido golpeado hasta morir por robar un caramelo. La mujer fue arrestada por desatar la alarma, pero nada pudo hacerse esa noche cuando cientos de personas empezaron a atacar los locales de los blancos.
En 1968, Martin Luther King Jr. rememoró los años prolíficos cuando en un discurso proclamó que iban a hacer saber a sus hijos que los únicos filósofos no habían sido Platón y Aristóteles, sino también W. E. B. Du Bois y Alain Locke.
Fotos: Mr. 119th. Street (Flickr)









