Soledad, incomunicación, desasosiego. Son algunas de las sensaciones que transmiten los cuadros de Edward Hopper. Uno de ellos, Noctámbulos, nos muestra a tres personajes acodados en la barra de un bar. Comparten un espacio pero en realidad están solos, con sus miradas perdidas y sus cuerpos inertes, como espantapájaros urbanos. Es precisamente ese cuadro de Hooper el que ilustra la cubierta de La extraña ilusión, la obra de Santiago Velázquez ganadora del XIV Premio Tiflos de Novela. Y son precisamente esas sensaciones hopperinas las que nos acompañarán en la lectura de la obra y con las que están cosidos buena parte de sus personajes.
La novela es un juego de voces, espacios y épocas. El nudo principal lo teje en Madrid Cloe, la hija de uno de los militares que participó de forma directa en los asesinatos de la dictadura argentina de los años 70, que, en 2010, cuenta la historia completa de su familia a Jon, un joven periodista sin asideros vitales de ninguna clase. A través de la voz de Cloe y del resto de voces, nos vamos introduciendo en la cruel historia argentina del siglo XX, aunque como Velázquez indica, “es una historia transustanciada”, ya que su obra es ficción y, como tal, no aspira a ser un relato fidedigno de los hechos.
El objetivo de Velázquez es que vivamos bajo la piel de un militar, Adolfo Mendoza, que sufre una violenta lucha interna al dudar entre cumplir con su deber profesional o el deber moral, que intenta que los gritos, el dolor y la sangre que ve a diario no le impidan ser un marido y un padre ejemplar, que vive sumido en la culpa y ansía la justicia y el perdón. Un hombre que habita en la soledad, la incomunicación, el desasosiego.
La novela sigue la estela de grandes obras como Cien años de soledad, al narrar la historia de una aparentemente sólida estirpe familiar, que esconde secretos y debilidades, o Sostiene Pereira, al introducir en la trama a un periodista que se juega su vida al denunciar las atrocidades cometidas por un régimen dictatorial. El juego de voces, en cambio, nos lleva directamente a algunas de las mejores novelas de William Faulkner, como ¡Absalón, Absalón!
La extraña ilusión le arrebata a Velázquez la etiqueta de “promesa”, que le colocaron en 2010 tras granar el Premio Joven y Brillante de Novela Corta con La condena de Salomon Koninck, y, en su lugar, le coloca en el anaquel de los narradores maduros, con una prosa sin fisuras y sin barroquismos, que permite que todas las historias del relato avancen a buen rimo, que sitúa el foco sobre los personajes y dentro de ellos, donde solo vemos soledad, incomunicación y desasosiego. Como un cuadro de Hopper.











He leído la novela, es de esas novelas que empiezas y no puedes dejar de leer hasta ver el final, genial muy bien escrita.