Por qué llaman a Stella Gibbons la Jane Austen del siglo XX no es de extrañar. No sólo la propia Gibbons marcó a la célebre escritora inglesa como una de sus referencias a lo largo de su carrera sino que junto a una cuidadosa escritura, a medio paso entre lo costumbrista y la novela romántica, las protagonistas femeninas y su rol social son equiparables.
Sin embargo, como muestra Westwood, novela editada recientemente por Impedimenta, Stella Gibbons posee características totalmente personales que obedecen a una coyuntura temporal bastante distinta a la de Austen y que remarcan el carácter social de su escritura dejando corta la definición de “discípula de Jane Austen”.
La existencia o no de una escritura femenina ha sido y seguirá siendo tema de discusión y debate en los foros literarios; de lo que no cabe duda es de que la óptica gibboniana es la de la mujer de su época, independientemente de que su estilo corresponda a lo que algunos asocian a la escritura de género. Sin embargo, la complejidad de la sociedad que retrata, en este caso encrudecida por la Segunda Guerra Mundial, se hace patente en los libros de la autora hasta el punto de difuminarse en muchos momentos con la escritura realista.
En Westwood se narra la historia de Margaret, una maestra de escuela de la campiña inglesa que se muda a Londres con su familia. Allí Margaret, que siempre había sentido curiosidad por lo desconocido, logra introducirse en el ambiente de una serie de personajes de corte distinguido donde, además de encontrar el amor, la amistad y la decepción, explorará los entresijos de la sociedad londinense de la época.
No cabe duda de que la historia, de corte doméstico, obedece a una serie de coordenadas espaciales bien definidas (Westwood, de hecho, es el nombre de una casa) y que buena parte del argumento gira en torno a las intrigas emocionales de Margaret y los demás personajes, pero Gibbons logra entretejer una maraña en la que se encuentra desde la crítica social a la élite burguesa hasta la sátira dirigida a los intelectuales que se desdicen por los mantras metafísicos pero pierden el norte por las jovencitas. No hay en Westwood, sin embargo, rastro de cinismo: es un relato limpio, narrado en tercera persona aunque desde la mirada de la protagonista, y que no cae en la obviedad a la hora de adentrarse en terrenos como el amor o las ansias de superación. En Westwood nadie es totalmente bueno ni totalmente malo, ni siquiera la protagonista; todos tienen sus razones y, aunque sin realizar un profundo ejercicio psicoanalítico, los personajes se van definiendo en interacción de forma natural.
El carácter femenino se explicita a la hora de definir la posición de la mujer en la sociedad del momento (un rol que se asemeja más al actual que el de la novela decimonónica). Margaret es una mujer educada, sabia, conocedora de la historia; no obstante, sigue siendo una mujer, con las mismas presiones con respecto al matrimonio, los hijos o el hogar que la Elisabeth Bennet de Orgullo y prejuicio o la Catherine Earnshaw de Cumbres Borrascosas. ¿Cómo compaginar ambos papeles sin descuidar ninguno? ¿Cómo implicarse sin resultar molesta o buscar la belleza sin perder el raciocinio? La figura de Margaret no se sitúa en ningún altar, pero representa mucho más que la de una veinteañera enamoradiza e insegura a la que atraen las mieles de la alta sociedad.
No hay, de todos modos, intención de arreglar nada en la novela. Ésta captura un fragmento en la vida de los personajes sin más objetivo que el de mostrarlo en su contexto. El estilo, que abusa de la descripción bucólica y que recrea diálogos en ocasiones largos hasta el cansancio, puede no ser del gusto de todos pero consigue armar un escaparate de las pasiones humanas en una intensa e interesante época de la historia.











Con todos mis respetos y admiración a Impedimenta, yo compré el libro “La hija de Robert Poste” en la feria del libro de Madrid hace unos años. Considero que es uno de los libros más malos que he leído en mi vida. Los 20 euros que gasté me dolieron muchísimo, pero es lo que tiene ser lector. Unas veces aciertas y otras no. El año anterior empezaron a publicar a Stanislaw Lem y ése sí es un acierto.