El videoclip de Jay Z y Kanye West para la canción No church in the wild (aquí) está causando cierto revuelo en la red por varios motivos que en realidad guardan poca relación con lo musical. Para el que aún no esté enterado, el polémico videoclip que ha ideado Romain Gavras, tiene como tema principal las confrontaciones entre polícia y manifestantes que vienen resultándonos tan familiares últimamente. El clip se incia con el primer plano de una mano sujetando un cóctel molotov, cuyo propietario, tras realizar un giro de 180 grados y dando la espalda a la cámara, lanza hacia un cordón policial. Toda una declaración de intenciones de lo que va a ser el video: violencia, duros enfrentamientos, y ajustes de cuentas entre una población descontenta y el poder establecido.
Las respuestas al vídeo no se han hecho esperar: desde aquellos que ven con rechazo que sus autores sean precisamente dos de los raperos más acaudalados de la actualidad, hasta quienes piensan que el vídeo de Gavras es un ensalzamiento e incitación a la violencia –una violencia que pese a ser una constante en nuestro día a día, sigue siendo condenada de manera tajante en los discursos oficiales que se hacen desde el poder como si fuese inexistente-. Respecto a lo primero cabe señalar que Jay Z ya tuvo problemas hace un tiempo cuando decidió vender a través de su web camisetas en las que se podía leer “occupy wall street”, algo que fue duramente criticado por los indignados americanos en su momento, por lo que no ha sido de extrañar que la criticas hayan vuelto ante este nuevo episodio.

(viñeta de Miguel Brieva)
Sin embargo, el verdadero autor del clip no es ni Kanye West, ni Jay Z, ni No church in the wild, sino Romain Gavras. Sirviéndose de la canción de los raperos, Gavras aprovecha para dar rienda suelta y desencadenar en un espléndido clip en torno a las revueltas populares. Ante el buenrollismo de las asambleas de debate (ya incorporadas de manera descarada en el discurso capitalista trás el 15M), Gavras antepone la faceta más temida y ocultada de descontento social; el video debe leerse como una declaración de principios, como una provocación, pero sobretodo como un estado de las cosas, como una alarma. Gavras sabe, además, cómo hacerlo y cómo hacerlo bien: el escenario es una Praga burguesa que lo mismo podría ser París, ciudad cumbre de la revolución y asociadada desde siempre a movimientos contestatarios, rodeada de estatuas que conforman un correlato espectacular que se alterna con las escenas de violencia explícita. La Historia misma parece tomar partido y participar de manera activa en los hechos, conformando una suerte de épica de la revolución, en la que los ecos de la situación en Grecia (el mismo Gavras es griego) o en Barcelona y Madrid, se hacen evidentes.
Esa muestra de violencia explícita en el video de Gavras puede emparentarse con otros discursos como los del filósofo Slavoj Zizek, quien analiza en dos de sus libros recientes (First as tragedy then as farce y Violence) cómo el capitalismo posee la cualidad de adaptarse rápidamente a aquellos movimientos postulados como antagónicos para acabar incorporándolos en su propio discurso: véase sino el bochornoso anuncio que sacó movistar (aquí) trás las sentadas de mayo para promocionar sus tarifas planas, de la misma manera que el llamado “new spirit of capitalism” surgió como culminación y a la vez superación de las reivindicaciones sesentayochistas. Gavras, a través de la rudeza (si bien estetizada) de su propuesta radicalizada se sirve de la violencia como último reducto para una toma de conciencia real, lejos de los conductos propios de la lógica económica mercantil.
Y aunque parezca mentira, hasta las tomas de posición más radicales son susceptibles de ser reconvertidas en producto, si no véase el anuncio de Ray-Ban que preside la plaza Catalunya, mostrando una desconcertante (y atrevida, por lo que tiene de amoral) banalización de la actualidad.

Rayban, por el 15m
De forma paralela, y también recientemente, el músico anglosajón Plan B ha lanzado un potente videoclip (aquí) de temática y estilo similar al de Gavras, cuyo realizador ha sido Yann Demange. En éste, la realidad mostrada aún es más descarnada, pero a la vez, no goza de tanta autonomía respecto a la canción, cediendo a algunos tópicos del género (el rapero callejeando y gesticulando ante la cámara, el niño pequeño adoptando las maneras de un rapero adulto, etc.) y sin la gracia y la inteligencia del de Gavras.
Ambos son, sin embargo, dos buenos revulsivos ante una sociedad (o más bien dicho, un poder) que tiene demasiada fe en las buenas maneras de una población educada bajo la ordenanza del civismo, de la jerga de lo políticamente correcto y sometida constantemente a unas curiosas operaciones de moralización barata respecto a las responsabilidades de la crisis en la que nos encontramos. Eso lo ha captado perfectamente Gavras.

Romain Gavras











En realidad lo más fuerte del videoclip es la absoluta falta de mujeres en él.
La revolución será feminista o no será.
Algunes crisis son com una bona indigestió, la única cosa a fer es esperar a que passi. No hi ha remeis miracles i la violència ni la repressió porten a cap lloc. Aquest vídeo nomes parla de la incomprensió i del malestar dels uns i dels altres. Un mal rotllo!