Quizás hubo un tiempo en el que un amasijo de matices diferenciadores de un género concreto, o de una serie de autores determinado, resultaba descocado y flamante. Es el caso de la serie de cómics creada por Alan Moore con La Liga de los Hombres Extraordinarios, o ese vistoso, en su superficie, potingue ideado por Seth Grahame-Smith con Orgullo y Prejuicio y Zombies o Abraham Lincoln Cazador de Vampiros, que termina por resultar de lo más anodino. La verdad es que desde los mismos orígenes del cine estos batiburrillos han sido más promiscuos de lo que podemos pensar si hacemos un poco de memoria.
De todas formas, siempre es un aliciente para el apasionado del fantástico y el terror presenciar el encuentro de Frankenstein, Drácula y el Hombre Lobo, o que Van Helsing forme alianza con Sherlock Holmes. Para este público (de un modo relativo) será todo un anzuelo la trama que trabaja El enigma del cuervo, la tercera película de James McTeigue, cuya V de Vendetta fue un considerable adaptación. La siempre sugestiva y oscura figura de Edgar Allan Poe es el mayor gancho en el que se sustenta una historia que se centra en los últimos y misteriosos días del escritor de Baltimore (las causas de su deplorable muerte siempre han sido un misterio) y que, afortunadamente, no ha sido pensado como un relamido biopic, sino como una oportunidad para ofrecer un brebaje multigenérico y metatextual: Poe colaborando en el esclarecimiento de una serie de asesinatos que guardan relación con sus obras.
Lo policiaco, el suspense, el slasher y lo folletinesco se ensamblan en una estructura propia del roman à clef. La ficción y la realidad diluidas en una trama que tiene como clave la inventiva más socorrida del autor de El Cuervo. La representación de la obsesión de Poe por toda la gama hipocondriaca en torno a la muerte, desde la catalepsia hasta el deseo de recordar y olvidar una ausencia, pasando por la sofisticación del crimen es lo que mejor funciona en una narración que si bien comienza con un pulso medido que atrapa y crea interés termina sucumbiendo, al igual que la interpretación de John Cusack, a lo mecánico.
Las píldoras sanguinolentas como la referencia al péndulo, el degollamiento o la tensión en el interior del ataúd son esos momentos que se guardan verdaderamente en la psique, accionan los puntos climáticos de esta puesta en escena a la que a veces le sobra afectación y le falta un poco de pitorreo y humor, y se quedan en el espectador para no perderse nevermore.










