El cine francés es uno de los más ricos culturalmente hablando y acostumbra a exportar películas de indudable calidad que, fácilmente, ocupan una posición privilegiada en cualquier ranking sobre el mejor cine estrenado en nuestro país a lo largo del año. Ejemplos de ello, este mismo año, son películas tan destacables como Declaración de Guerra, Un amor de jeunesse, La delicadeza o, en una vertiente más comercial, Intocable. Sin embargo, existe un género cinematográfico que les aporta estupendos resultados en taquilla pero que a muchos nos cuesta asimilar fuera de sus fronteras: la comedia pura.
Las chicas de la sexta planta evoca ligeramente a uno de los mayores taquillazos de la historia de Francia, Bienvenidos al norte, una película que provocó la hilaridad del público galo y que posteriormente mostraron con éxito a otros países, llegándose incluso a realizar un idéntico remake italiano, Bienvenidos al sur. El secreto de encontrar el encanto en aquella cinta es exactamente el mismo que en ésta que nos ocupa: despreocuparse de todo y simplemente pretender pasar un rato entretenido sin tomarse en serio los tópicos empleados sobre la procedencia de sus personajes. Si uno se preguntaba cómo podrían encajar en el norte de Francia el hecho de que les considerasen una especie de paletos bárbaros de gran corazón en aquella cinta, por mucho que se riesen de los propios prejuicios de los franceses abusando de la exageración, ahora tenemos la respuesta: exactamente como se sentirá cualquier español que se encuentre ante esta cinta, con una gallega bailando flamenco, un grupo de chachas que destacan por su algarabío, por ser unas verduleras y por ser las más fiesteras del lugar, en contraposición con la clase burguesa francesa más asentada, pero también más aburrida y artificial.

Es igual de fácil ofenderse por el mensaje soterrado de la película en que consideran a los españoles poco menos que como un circo ambulante, que dejarse llevar por el entretenimiento y las risas garantizadas que proporciona un elenco de actrices fantástico en el que se incluye la premiada interpretación de Carmen Maura en la pasada edición de los César, pero también una irreverente y estupenda Lola Dueñas, una robaescenas como Berta Ojea o Natalia Verbeke en un papel protagonista en el que se defiende, que no es poco.
Philippe Le Guay dirige, con correción pero acierto, esta sencillísima comedia que no ocupará uno de los lugares destacados entre lo mejorcito que nos traiga el cine galo a lo largo de este año, pues tiene alta competencia en ese sentido, pero que, si somos capaces de perdonarle su exceso de tópicos y de disfrutar ante todo de sus interpretaciones, nos puede hacer pasar un buen rato en el cine, que siempre es de agradecer.










