En el prefacio de Todo el tiempo del mundo, mientras reflexiona sobre el acto de escribir y la diferencia entre trabajar la novela y el cuento, Doctorow dice que el acto de escribir tiene carácter de exploración. Escribes para averiguar qué escribes. Y mientras trabajas, las frases pasan a ser generadoras; el libro prefigurado en esa imagen, en ese retazo de conversación, empieza a aflorar y participa él mismo en su composición, diciéndote qué es y cómo debe realizarse.
También dice que un relato, por su propia dimensión, debe centrarse en personas que, por una u otra razón, se diferencian claramente de su entorno: personas enzarzadas en alguna forma de liza con el mundo imperante. Y eso es, precisamente, lo que el autor nos ofrece en este libro: trece relatos (seis de ellos hasta ahora inéditos en España) centrados en otros tantos personajes dolidos, eternos perdedores que llevan consigo una carga de la que no consiguen librarse y que están condenados a vivir, de una u otra manera, al margen de lo que se considera “normal”.
Así, conocemos cómo es el día a día en una secta a través de uno de sus acólitos, la vida de una chica que salta de una relación desafortunada a otra, el cargo de conciencia de un joven que se ve obligado a escribir cartas a su abuela en nombre de su difunto padre, para que ésta no tenga noticia de su muerte, cómo es la vida de un hombre que un día decide abandonar a su mujer e hijos e instalarse en el desván, donde puede observarlos de cerca…
A través de diferentes personajes, épocas y lugares, Doctorow vuelve a ofrecernos en este libro ese análisis de la sociedad estadounidense que ya se ha convertido en una característica habitual de sus obras. Haciendo uso de las experiencias de estos outsiders, el autor repasa los modos de vivir y los valores imperantes en la sociedad que retrata y nos ofrece, una vez más, una visión en la que detenerse y sobre la que podemos (y deberíamos) reflexionar.
Para ello, además, Doctorow realiza un interesante ejercicio narrativo y viste cada relato con el estilo que mejor le va a cada protagonista. Así, nos encontramos con relatos escritos en primera persona, relatos al uso donde aparecer un narrador omnisciente, relatos construidos a base de diálogos… todo un ejemplo de maestría narrativa que en este autor ya no nos sorprende, pero siempre nos maravilla.










