Lo del viernes 22 de julio por la noche en la Cidade da Cultura de Santiago de Compostela no puede ser definido de otra forma. Björk, una de las figuras más destacadas dentro de la élite de la música electro-pop (qué difícil es esto de poner etiquetas) comenzó su despliegue visual poco después de las diez y media de la noche. Tras hacer aguantar a su legión de incondicionales (unos 5.000) las más de dos horas sin telonero alguno que transcurrieron desde que se abrieron las puertas del inabarcable recinto (en todos los sentidos ya que salvando su catedral no debe haber en Santiago ningún otro mejor ejemplo de bochornoso e injustificado derroche), la artista saltó al escenario acompañada de Manu Delago, Max Weisel y de un coro de cantantes islandesas. Aunque la jornada había empezado mucho antes, a eso de las once de la mañana, en el Mercado de Abastos de la ciudad, donde tuvieron el acierto de organizar una degustación gastronómica islandesa amenizada por un Dj con remixes de piezas de Björk, Sigur Rós y otros tantos.
El concierto arrancó con la interpretación a cappella de Óskasteinn un tema solo para coro versión de una tradicional canción húngara y que sirvió solo para preparar el ambiente. Inmediatamente una Björk vestida con un kimono azul lleno de lentejuelas y una estrafalaria peluca anaranjada con trazos azules, saltó a escena en el mismo momento en el que los primeros acordes de Cosmogony comenzaban a sonar. Tímida y aparentemente algo desubicada al principio, poco a poco fue ganando fuerza en un concierto de algo menos de dos horas en el que mostró interesantes nuevos arreglos de sus canciones recientes y antiguas hechos para que ganasen uniformidad sonora (y en consonancia a los medios con los que había acudido a Santiago). Hunter, aquella composición que abría su celebradísimo álbum Homogenic, Thunderbolt, donde usó por primera vez en la noche la gigantesca bobina sonora de Tesla que trajo hasta el escenario del Gaiás y Moon, su delicada nueva apuesta de colaboración con la harpista Zenna Parkins fueron las tres siguientes en sonar. Hidden Place, una envolvente y sensual creación que servía de carta de presentación de Vespertine, su disco de estudio más elogiado, fue el preludio de Crystaline, la canción de sonido más propiamente biophiliano (Biophilia es el nombre del ultimo trabajo de estudio de la cantante islandesa) con el sonido xilofónico de su gameleste (un instrumento parecido a una pianola de creación propia, combinación electrónica de celesta, gamelan y tecnología MIDI). Tras esto, Björk, hizo un pequeño viaje por algunos de sus grandes éxitos; primero Unravel, luego Isobel, la extraordinaria rareza de Mouths Cradle, y la algo decepcionante en su ejecución en directo Joga. Hollow, una pieza que solo justifica su existencia por el video de creación digital que le acompaña, llegó justo antes de uno de los momentos más mágicos de la noche, aquel en el que Manu Delago ganó todo el protagonismo al tomar entre sus prodigiosas manos el hang drum, un moderno instrumento de acero con acústica oceánica del cual es considerado el mejor intérprete del mundo.

En la recta final vinieron la inexcusable en esta gira Pagan Poetry y la casi desconocida y explosiva Nattura con espectaculares efectos audiovisuales y de artificio. Finalmente, antes del bis, sonó la llena de contrastes Mutual Core, una rompedora mezcla de momentos organístiscos con erupciones rítmicas crecientes y sobrecogedoras.
Tras unos cinco minutos de gritos y aplausos del público, Björk volvió a escena con una versión nuevamente para hang de One Day, la única canción de su álbum Debut que incluyó esa noche (muchos echamos de menos Venus as a Boy o Human Behaviour para completar). Pero fue hasta el cierre para donde guardó la polifacética creadora islandesa el plato de catarsis colectiva que tenía reservado en lo que ella misma definió como el momento karaoke. Declare Independence, uno de sus manifiestos electrónicos más meridianos (recomendamos encarecidamente la visualización de su video oficial), provocó el estallido enfervorecido de los presentes quienes estuvieron entregados hasta el último segundo. Tras esto definitivamente tuvimos que decir adiós a la musa nórdica que se retiró como en un halo, tan rápida y fugazmente como llegó.

Fue esta en definitiva una noche encendida, donde la cantante brilló con luz propia como solo las estrellas de alto nivel pueden hacerlo (viéndola en todo su esplendor vocal, quién hubiera dicho que hace solo una semana había retomado su actividad después de tener que suspender durante mes y medio su gira por un nódulo en sus cuerdas). Brilló a pesar de no cumplir las expectativas de aforo de la organización, algo que cabía esperar ya que por más que se empeñen los promotores de la Cidade da Cultura por vender su mastodonte de piedra, pocos argumentos hay para incluir a Santiago en el circuito de los grandes eventos. Brilló, entre pantallas gigantes, proyecciones soberbias, efectos luminosos… Brilló por su entrega y su dominio de todo cuanto ocurría en todo momento. Brilló como un volcán neonato precedido de terremotos. Brilló tanto como lo hicieron sus colaboradores. Brilló y fue una explosión islandesa en la noche de Santiago.











muy buena y objetiva la noticia, es la primera que leo en la que se detalla el concierto con neutralidad periodística y no de forma tendenciosa… estuve allí y aunque me supo a poco, reconozco que Björk estuvo al nivel que esperábamos los que seguimos y apreciamos su trabajo. Su voz brilló por encima de todo. Me sorprendió gratamente lo orgánico que fue en lo que a voces se refiere, conunas armonías preciosas e inusuales, a pesar de todo ese entramado tecnológico del que tanto se ha hablado con Biophilia. Precioso porque las voces sonaron sin apenas artificios ni efectos externos. One day por ejemplo, ( que en otras noticias se calificó deprescindible )… me encntó que rescatase ese tema de sus inicios, y que lo rescatase casi cantado a capella con el único acompañmiento de las manos magistrales de manu delago y su hang drum.