La comedia es fácil, dice el señor con sombrero. Reaccionaria y alienadora. La comedia es chabacana, de mal gusto, perturba las pasiones del buen público. La comedia es pedorreta y pandereta. La risa no es cosa seria, vuelve a decir el señor con sombrero. No fomenta el pensamiento crítico. No se puede hacer política. Bien. Respeto su equivocada reflexión, estimado señor con sombrero, porque la risa, la ironía, el humor, el más ácido sarcasmo, etcétera, etcétera, son una de las herramientas más poderosas para cambiar el mundo. No le voy a llevar la contraria. Está claro, amigo, que ha habido comedias conservadoras a lo largo de toda la historia del teatro, pero también están aquellas que se han situado en el bando contrario.
No vamos a hablar ahora, estimado caballero, del qué hace una obra como tú en un teatro público como éste. Porque tenemos razones a favor y en contra. El Centro Dramático Nacional no puede dejarse guiar por las revistas de tendencias. ¿Se debilita una crítica al sistema reinante desde una institución como el CDN? Estas preguntas nos alejarían excesivamente de nuestro cometido. Hablemos ya del hombre de moda del teatro español, Miguel del Arco, director y adaptador de este Inspector de Nikolái Gógol que podemos ver en el Teatro Valle-Inclán del Centro Dramático Nacional.
La acción trascurre en provincias, con acento de verbena, el protagonista es un alcalde y los secuaces lameculos que conforman su séquito: banqueros, jueces, concejales, su mujer y su hija. Se rumorea la noticia de que llega un inspector al pueblo (trasladado a la costa levantina, por el cierto aire berlanguiano y por el traje de fallera que viste la adolescente) y comienza el entuerto. Se confunde al inspector con uno que no lo es y se empiezan a mostrar las verdaderas caras de (nuestros) los cargos políticos: manipulaciones, sobornos,… Qué más le puedo explicar a usted si con encender la televisión ya sabe de lo que estamos hablando.

El espacio representa la casa del Señor Alcalde, aunque tan pronto se convierte en despacho que se convierte en posada con unos simples movimientos, bailes, de puertas. Digo bailes porque esta comedia no está falta de momentos musicales (a lo zarzuela política) con música en directo –saxofón, tuba, violín, en ocasiones bombo, como el de Manolo-. A veces se abusa un poco de determinados efectos lumínicos y los carteles proyectados al final de la obra a lo 15M se los podría haber ahorrado el director. La comedia cae en ocasiones en lo demasiado explícito, en el chiste fácil. Y gana hilaridad y risa fresca cuando se acerca a los Hermanos Marx y se aleja de la sitcom española. También es verdad que le sobran algunos minutos de representación. Se acaba haciendo algo larga.
Los actores, correctos –todos a una– bailarines y cantantes a la vez. Gonzalo de Castro en el papel de acalde no pierde la compostura en ningún momento, sobresaliente; Ángel Ruiz, que en su faceta musical (además de la interpretativa, ¡bravo!) nos sorprende con una parodia con tintes de Joselito, y el gran descubrimiento, Macarena Sanz, a la que ya pudimos ver en las tablas del Nacional con Münchaussen pero que ahora, como hija del Señor Alcalde, borda con una voz de pito, aguda, todos los momentos de su papel. Incluso su solo bailado de la canción del pavo. No podemos citar a todos los actores, una pena. Miguel del Arco tiene maña en esto de mover a grandes grupos por el escenario.
El público rió y aplaudió moderadamente al final en un teatro lleno para ser jueves. La obra, con sus altos y sus bajos, pero sí, estimado señor con sombrero, sí, la risa es una de las armas más poderosas contra el cinismo político.
Fotos: David Ruano (CDN)








