La villa de los rockeros muertos — el hilo conductor del episodio cuatro de la segunda temporada de Muchachada Nui– es uno de esos puntos climáticos que mostraron a corazón abierto el intríngulis del concepto de la serie. Joaquín Reyes como un Robert Smith que se halla en un limbo en el que lo anglosajón y lo manchego se dan la mano, propone de manera sublimada todo un repaso post-humorístico a la noción de lo “glocal”.
Es cuando lo local se internacionaliza, o se abre sin tapujos de inferioridad a lo globalizado, cuando se pueden dar absolutos saltos al vació artísticos que plasman el riesgo que asume lo genial. Pedro Almodóvar lo ha estado, no renovando, sino transgrediendo a lo largo de su carrera y, apenas hace dos temporadas, pudimos observar dos producciones muy autorales que se apropiaban de un popurrí de géneros cinematográficos tradicionales, y supuraban ese salto al vacío sin red asumido por sus responsables: Álex de la Iglesia (Balada triste de trompeta) y Luca Guadagnino (Yo soy el amor).
Cinematografías europeas como la italiana siempre han sabido conjugar bien la asunción de la transgresión de los géneros populares desde el foco humano, y más o menos exagerado, profuso, mediterráneo, fiero. Cabe recordar la formidable sorpresa que fue el 2008 con dos producciones tan arriesgadas y logradas como Gomorra (Matteo Garrone) e Il Divo (Paolo Sorrentino). Sobre todo, ésta última era una constante de conciencia política ferozmente lúcida: un auténtico salto al vacío sin red que derrumbó el posible ridículo con genio. Cabía esperar de Sorrentino un avance en tal conducta arriesgada.
Tomando como referencia el cartel de This must be the place, su última película, la caracterización de Sean Penn en tal producción y su sinopsis: estrella de pop-rock new-wave de los 80 con sempiterna melancolía y falta de madurez en su retiro en Dublín, debe afrontar la muerte de su padre (judío que sobrevivió a una dura estancia en un campo de concentración nazi) y saldar deudas personales con su pasado, lanzándose a recorrer media Norteamérica para hallar al torturador alemán que humilló a su progenitor… Cómo mínimo, trae más de una pizca de curiosidad que nos arrastra al visionado o nos transfiere cierta inquietud. Sabiendo de las posibilidades de su autor, la posibilidad de hallar un producto más que estimulante respira por ese prototipo de historia.
Hay, sin embargo, moléculas que forman este cuerpo arrojado al vacío, más o menos extremado, que muestran la pretensión orgullosa de serlo en contadas ocasiones, y con la sensación de que se está perjudicando la sinceridad, la frescura y el humor que podría traer consigo la historia si hubiese sido plasmada sin tanto control y mesura: la interpretación general de Penn resulta pudiente, acomodada y demasiado consciente de la capacidad intelectual naïf que rezuma el personaje y, que en última instancia, resulta de lo más pedante y sin gracia. Sus chistes siempre lúcidos y dichos en último lugar, como cerrando definitivamente conversaciones, terminan por perder su importancia en el relato. Una narración que, a pesar de empujar al espectador hacía un viaje hacia delante, lleva un ritmo demasiado monocorde, quizás influenciado por la voz apagada y tediosa de la caracterización de Penn que termina por no acercar ni una pizca de ironía, desaprovechando los cambios de ritmo que tiene la trama.
This must be the place (o Un lugar donde quedarse) nace más arriesgada que otras producciones de Sorrentino, quizás por el hecho de que sea una co-producción entre Italia, Francia e Irlanda, y el realizador italiano deba filmar en EE.UU.; pero por mucha presencia de David Byrne o Harry Dean Stanton, pocas veces ese riesgo asumido por un autor europeo renovando géneros en Norteamérica ha dado los frutos deseados: quizás Wim Wenders en París, Texas. Viendo el pastiche creado por la omnipresencia de la caracterización de Sean Penn y toda la simbología que arrastra por su odisea particular, al menos no se pierde ese ápice de curiosidad que ya nace en el potencial espectador en un inicio, pero uno se alegra de que autores transgresores, y afines a ese salto sin red, como Almodóvar, hayan decidido seguir mostrando su intimidad al resto del mundo desde su minúscula atalaya y sin moverse de su país de origen. Que los japoneses sigan escuchando los besos manchegos en Dolby, y que la glocalización siga transgrediendo pero sin sucumbir a la llamada del Far West.











