“Aunque David Wozniak donó mucho semen en su juventud, nunca pudo imaginar que llegaría a tener 533 hijos. Veinte años después, 142 de ellos quieren conocerlo”. Así de preciso es el hilarante tagline que propone de partida Starbuck, película canadiense que parece un compacto frankenstein hilado sobre retazos de la comedia costumbrista europea y la consanguineidad de la Apatow family.
El significado no es más que el apodo con el que el personaje interpretado por el desaliñado pero campechano Patrick Huard, se hace llamar cuando dona semen. Que llegue a su trabajo, en una carnicería de barrio, siempre a trompicones y desayunando café para llevar por la calle, hace pensar que ese Starbuck (toro semental) guarda un subterfugio de mala leche hacia esa franquicia de cafeterías para turistas que se quieren sentir como en casa en cualquier lugar del planeta.
De cierta manera, así es el humor que desprende este primer largometraje de Ken Scott, sublimado pero abierto a lecturas socio-culturales. No es de recibo acabar citando siempre a Judd Apatow, pero Scott guarda más de un punto equidistante con el director de Virgen a los 40: también pertenece a un grupo generacional de humoristas que ha hecho que la comedia de su radio de acción renazca y se arrope en buenos mimbres (el grupo cómico Les Bizarroïdes); y por mal que nos pese, todo aquello que se ama y se aborrece de las producciones de Apatow parecen coexistir en este filme tan francés como hollywoodiense: una buena idea de partida propone un inicio dónde se echa todo el resto y se propone el lado más irónico y jocoso, y una segunda mitad donde se cargan las tintas melodramáticas con agudeza humorística low-fi.
Sin buscar el sentimentalismo fácil, la película logra deambular por el filo complicado de la moralidad anclada en el debate del aborto que trae el MacGuffin, en principio burlón, de la donación de semen. Sin embargo, la química entre el protagonista y su colega, verdadero padre de familia que aconseja a David a la hora de enfrentarse al chistoso, pero aterido, proceso de conocer a decenas de veinteañeros que se gestaron en vida gracias a esas donaciones, termina por agrandar la existencia y concepto de una película que teniendo una anécdota tremendamente atractiva como argumento, resurge de sus fragilidades para sostener durante hora y media el chascarrillo, y termina saltando con buen pie el debate ético que abre y un desenlace que termina formando la idea de lo que hemos visionado ha sido tan singular, como sencillo, directo y entretenido, por muy abrupto que acabe resultando ese cambio de actitud en su inmaduro prota cuarentón.










