El Estrella de Levante SOS 4.8 vivió ayer sábado la segunda jornada de festival, un cierre de lujo para la que probablemente haya sido, en el cómputo global, la edición de mayor calidad de las cinco celebradas hasta la fecha.
El día arrancó con fantasmas de pasadas ediciones y la temida lluvia caía sobre los primeros y valientes ‘sosers’ que, chubasquero o paraguas en mano, empezaban a acceder al recinto. Daba igual la ligera lluvia que caía sobre Murcia, pues una importante legión de seguidores se acercaron al primer gran punto de interés musical de la velada. Esos no fueron otros que Yuck, la banda londinense que fue, para muchos, una de las grandes sorpresas de esta edición. Porque si bien sus grabaciones, sucias y garajeras, dan una idea de lo que pueden ser en el escenario, lo que ofrecieron en el escenario fue una indiscutible lección de energía que sonó compacta, libre de ataduras y contundente. Con un look tan noventero como su sonido, los británicos fueron subiendo y subiendo y aumentando el nivel de intensidad hasta conseguir que la humedad de la lluvia sobre los cuerpos se transformara en sudor emocional y descolocaron a cualquier escéptico con un tema final en el que las rutinas de guitarras que iban solapándose y sumándose para crear una atmósfera sonora que puso el broche perfecto a un concierto, sencillamente, perfecto.

Yuck (Foto: Paola Lozano — Koult)
Con la lluvia disipándose y la locura desatada, una vez más, en esa especie de pista de baile circense que es el SOS Club, el interés radicaba en el Auditorio, donde Matthew Herbert iba a presentar el proyecto basado en su último álbum, One pig. Llamaba la atención desde un primer momento la sorprendente escenografía coronada con una especie de corral que bien podría ser un diminuto ring de boxeo y montañas de paja, todo ello coronado con lo que parecía una cocina provista de vegetales y enseres varios. Este granero computerizado se llenó con Herbert y sus cuatro músicos, y empezó uno de los conciertos más atípicos y curiosos que hayan podido pasar por el auditorio. Electrónica que se formaba a partir del movimiento de los cables, bases de paja, sierras o el sonido de la panceta dorándose en la sartén de un cocinero que preparó la cena en directo –incluyendo una incomprensible avalancha final del público para intentar comer un trozo de pan con beicon y cebolla– fueron combinándose en una desconcertante y visualmente impecable puesta en escena envidiable por cualquier compañía de teatro contemporáneo. Vestidos de bata como científicos que experimentan con el sonido, cuidando con mimo y esmero los detalles. Gotas, gruñidos, percusiones, todo pregrabado creando ambientes etéreos de intensidad fructificante que derivaron en un pequeño –el único– momento cantado, casi a capella, para terminar una de esas experiencias tan difíciles de definir como enteramente disfrutables, y probablemente la apuesta más arriesgada y original de todo el festival. Un triunfo con mayúsculas.

Matthew Herbert (Foto: Chema Helmet — Equipo Helmet)

Matthew Herbert (Foto: Paola Lozano — Koult)

Matthew Herbert (Foto: Paola Lozano — Koult)
Y si el final de Yuck había incluido una traca final de atmosféricas guitarras, y Matthew Herbert y sus músicos habían aumentado el nivel de abstracción musical, el concierto de Mogwai cerró lo que parecía un triángulo sonoro de calado. Porque desde luego que lo que nos dedicaron en el escenario Estrella de Levante resultó ser un bombardeo de notas, un festín de pop etéreo para los sentidos y una galería visual y luminosa que borró del todo las amenazas de lluvia y logró abrir el cielo. La luna llena parecía cada vez más cercana, más luminosa, más grande, y Mogwai nos fueron elevando poco a poco hasta superar los estratos y descargar notas a bocajarro hasta explosionar en una supernova de guitarras que nos desplazó a otros ambientes interplanetarios. Con voces de otros mundos, con elevadas y elegantes raciones de sonido envolvente, de volúmen intenso que invitaba a cerrar los ojos y volar. A levitar. A dejarse llevar sin ataduras, olvidándolo todo. Absolutamente todo. Al final, con una arrolladora sucesión de dinámicas y crecientes melodías solapadas, el escenario parecía a punto de despegar hacia la luna, llevándonos a todos a un estado mezcla de la desorientación y la sordera. Un concierto que nos recuerda lo enormes, gigantescos, impresionantes que pueden llegar a ser los escoceses en directo.

Mogwai (Foto: Chema Helmet — Equipo Helmet)

Mogwai (Foto: Paola Lozano — Koult)
Pero nos quedaba aún un cabeza de cartel importante. Vale que si ya se les ha visto, un concierto de The Flaming Lips carece de la sorpresa del primerizo, y que están abonados a aquello del ‘sota, caballo y rey’, pero no hay que olvidar que funciona. Porque a ver qué banda ofrece hoy en día un concierto como el que Wayne Coyne y los suyos dieron anoche en el SOS. No faltó casi nada: Coyne con boa de pieles rodando en su bola transparente, el escenario lleno de figurantes, muñecos hinchables, globos, toneladas de confeti, manos gigantes, la bola de espejos y espectaculares proyecciones y juegos visuales. Pero si encima, a lo extramusical que ha hecho sus giras un must en toda regla, añadimos lo bien que siguen tocando los músicos, lo atemporales que siguen siendo esos clásicos como Yoshimi Battles the pink robots Pt. 1, The Yeah Yeah Song o Do you realize?, es obvio que siguen siendo una experiencia vital, festiva, musical y teatral divertida y espectacular como pocas, y que hay que vivir para comprender. El problema aquí estuvo en que el público no parecía muy entusiasmado, o al menos eso se deducía de los ‘come on motherfuckers’ que soltaba Coyne a cada rato. Me temo que el público del SOS estaba más pendiente de su conversación, su cerveza o su cena que de dejarse llevar al universo psicodélico de lo que bien podría considerarse una evolución de la ópera rock. Al final, el concierto se hizo corto (quién sabe si lo acortaron por la falta de conexión con gran parte del público), y se echaron de menos clásicos como She don’t use jelly. Eso sí, el cierre con Do you realize? rodeado de brazos en alto bañados en confeti no pudo ser más apoteósico.

The Flaming Lips (Foto: Chema Helmet –Equipo Helmet)
Con la felicidad y adrenalina prácticamente cubiertas, el festival centró su oferta en el producto nacional. Mientras en el escenario principal tocaban Love of Lesbian, La Casa Azul era la apuesta segura para terminar de desgarrar gargantas y desgastar las suelas. Y es que el concierto de Guille Milkyway y compañía fue un triunfo de la fiesta, más allá de voces, sonidos o ejecución. Con una renovada puesta en escena que ha ido evolucionando desde aquel Guille que se escondía bajo un gorro al fondo de la escena al nuevo Guille que derrocha elegancia, que parece disfrutar del escenario y que, incluso, se deshace de instrumentos para ofrecer coreografías sincronizadas con unas proyecciones que probablemente sean de las más logradas y espectaculares de todo el panorama nacional. Vale que Guille se olvidó de las letras, desafinó digamos que bastante, y que algunas de las canciones de La Polinesia Meridional no parecen terminar de encajar en el directo, pero basta escuchar algunas de las más rotundas como Los chicos hoy saltarán a la pista o Europa Superstar, y clásicos como Cerca de Shibuya o Superguay para comprobar cómo ha evolucionado el sonido de La Casa Azul hasta ser una apuesta segura del karaoke colectivo y la locura sin paliativos. El cierre, con una La Revolución Sexual remozada y con una espectacular introducción supuso el cierre perfecto para un concierto festivalero, y el final tanto emocional como simbólico del festival.
Porque más allá de CSS, que vistos de pasada parece obvio que están de capa caída, o de las sesiones electrónicas que volvieron a tener una baja destacada, la de Feed Me, la escasez ya de fuerzas y la oferta de evidente menor calidad que lo visto hasta el momento hizo válido lo de la retirada a tiempo. En cualquier caso, el Estrella de Levante SOS 4.8 ha sido un éxito, se ha apreciado una importante mejora en la organización y, principalmente, un interesante giro en la programación musical que, aunque parece que no termina de calar en el público mayoritario, sí que supone un avance que nos hace esperar con interés y curiosidad la línea que marque la organización para futuras ediciones. De momento, este año, ha triunfado la música.









