Si bien ésta ha sido mi primera novela de Stewart Home, leer Memphis Underground es como dar narcóticos a los chicos de las esquinas: ser coherente con la cultura con la que se nace, tener nula confianza en el sistema y retroalimentar el círculo vicioso de lo outsider del que es casi imposible salir. Hartos de la sabida etiqueta de enfants terribles de literaturas demasiado ingenuas que, hipotéticamente, tratan temas embarazosos y sacan de la ortodoxia a la madurez asentada, la literatura del inglés Stewart Home no es que dé sopas con honda a todo aquél que se precie de agitar y crear controversia en torno al blanco sobre negro, sino que su forma de despotricar de lo popular es un acto de irreverencia tal que cuanto más hiere más adictivo resulta.
A dos bandas, en realidades paralelas que merodean por una especie de provocador materialismo (más que realismo), dos narradores objetivizan, aunque parezca que subjetivicen, por una Escocia cuyo entorno elitista de artistas propone experiencias con filias sexuales, advenedizos en política, seguridad nacional y dosis de corrupción; así como por un Londres paria dónde lo común en los jóvenes es perder el empleo gris y sucumbir en el pecado de intentar lograr otro peor para no salirse de la rueda del sistema. Cómo si la imagen petrificada de la literatura de Easton Ellis, Quadrophenia y la hipotética transgresión del arte de Bansky se hicieran añicos de una sonada bofetada y lo que nos quedara por mostrar fuera tan frívolo, grisáceo e irreverente que no quedara más remedio que burlarse para desmitificar el elitismo de la burguesía y los proyectos artísticos osados que ya nacen convencionales.
La traducción al español de Antonio J. Rodríguez que Alpha Decay ha editado a primeros de año resulta ser, aunque todavía nos hallemos al comienzo del curso de publicaciones anuales, uno de esos manifiestos corrosivos que desprenden fetichismo por todos sus poros. No caigamos en la facilidad del término imprescindible, porque eso conllevaría denotar armonía, proporción y equilibrio, algo tan redundante que consumiría todo el aliciente audaz de esta novela: apisonemos el concepto que connota aquello llamado vanguardista y encontraremos la esencia mordiente de lo imperfecto. Cuidado, Memphis Underground no es algo chapucero aún a pesar de cierta apariencia descuidada o facilona en alguno de sus pasajes; cómo mucho, conciencia de lo desacertado y anómalo que rige nuestras deterioradas existencias de Primer Mundo deficiente.
Sea como fuere, Memphis Underground es una excitante y osada adquisición para este mes dedicado al ‘libro’, y la presencia de su autor en el festival Primera Persona convocado por el CCCB (4 y 5 de mayo) invita a promover su posicionamiento en la mente de los lectores más partisanos. Kiko Amat, como director de dicho festival da la oportunidad de poder acercarnos a esta figura outsider; bien sea dicho, que el íntegro prólogo-ensayo del barcelonés, para esta pequeña joyita que ha publicado Alpha Decay, ya vale de por sí todo el compromiso lector hacia esta rebeldía conceptual.










