Una puerta que nunca encontré, escrito originariamente por el autor americano Thomas Wolfe en el año 1933 y que la editorial Periférica ha publicado recientemente, supone la continuación de El niño perdido, obra del año 1937, y que esta misma editorial publicó el año pasado. Este autor fue considerado como uno de los más importantes narradores norteamericanos de la primera mitad del siglo XX y fue admirado por sus coetáneos como William Faulkner.
En Una puerta que nunca encontré nos adentramos en las convenciones sociales y en la diferenciación social, mostrando las dos caras de la misma moneda. Retrata la farsa de las vidas ampulosas y exitosas de la gran ciudad y las carencias de fondo de esas vidas. Desmembra, capa a capa, la psique, la apariencia y el lado oculto y oscuro de las personas, y de su entorno, refiriendose a los respetables como asesinos, ladores o salteadores. Personas sin vulgaridad ni lujuria que nunca supieron estar solos (al contrario que el narrador). Thomas Wolfe nos narra la irrealidad, y la ficción de las vidas carentes de esa naturalidad que poseen los más desfavorecidos. La brutalidad de la vida en Brooklyn con una melancólica finura, y una pesadumbre interior.
El destino atraviesa las coordenadas del autor. La errancia y la soledad recorren los caminos de este libro donde lo desconocido se convierte en obsesión, en una sed insaciable, en la vuelta al lugar de origen y en la necesidad de afrontar las pérdidas familiares. El mundo fantasmal de lo rural y la cartografía de la ausencia así como la riqueza natural y las cosechas de otoño. “Octubre es la estación del regreso, el tiempo de anhelar todo lo perdido”. Sin respuestas, la oscuridad es movimiento para Thomas. Rostros que no pudo volver a ver. Puertas por las que no pudo entrar.
Nos encontraremos con vidas inmunes a las invasiones de cualquer forma ajena a la suya, la marca de los tiempos oscuros y el caminar y el deambular del autor que, desde su soledad, escribe para recuperar una vida y para reparar un pasado que marcó indudablemente su biografía y escritura.
Con su narrativa ilumina el afecto hogareño, da brillo a la ausencia y a la melancólica percepción del mundo en el que vivió. Ese sentimiento perdurable del vacío al que da brochazos de imágenes naturales y paisajísticas que recuerdan la certidumbre de que lo inmenso espera inmóvil. Entreabierto. Como la puerta que nunca encontró. El cerrojo que no supo abrir. El pasado y el lugar de origen que llevó consigo.
Thomas Wolfe disecciona con pulcritud y mimetismo las particularidades y aspectos sombríos del ser humano. El reverso y el anverso. Lo que se muestra y las huellas del pasado que marcan el origen y los caminos a recorrer. La fascinación constante por los códigos, las texturas, y lo intertextual de los encuentros sociales, donde el narrador es un espectador en primera persona de todo acontecimiento. Porque el autor, en todo momento, es consciente del significado de las palabras y de su magnitud, incorporando a su narrativa la concreción, la exactitud y la elegancia de una escritura que equilibra el mundo interior con el exterior con un lirismo y una musicalidad que vuelve una y otra vez a recorrer los vértices que recorren su obra que, en este libro, transita los meses de octubre de 1931, de 1923, de 1926, y el mes de abril de 1926, y la mirada particular de un autor que moriría poco después.
Wolfe se ahogó en la oscuridad, no sin escribir libros emocionales como éste, pero sin dar con la palabra adecuada en su vida que le acercara a las respuestas que no logró encontrar. En este libro se recoge ese recorrido. Esa búsqueda.










