Desde la voluntad de seguir una cierta tradición narrativa, la comedia hollywoodiense de las últimas temporadas ha sabido rescatar lo mejor de la última edad de oro (clásica) de dicho género: alusión a ese grupo de actores salido del Saturday Night Live y esa estética de la bufonada que tuvo lugar desde finales de los setenta y durante principios de los ochenta.
No nos quejaremos de que, desde entonces, algún lustro se haya quedado sin altos vuelos en la comedia (junto a la animación, quizás realidad paralela de la libertad cómica, los dos géneros más en forma de las últimas décadas), y a la aparición indispensable de los Jim Carrey, Ben Stiller, Hnos. Owen, y Will Ferrell, con esa frescura aglutinadora de cualquier matiz del artificio y la pantomima, ha llegado de nuevo otra edad de sublimación del patrón clásico del género cómico estadounidense: durante el último quinquenio con la Judd Apatow family y toda la red de amiguetes que la cubren y la enriquecen.
En el transcurso de una semana podemos ser testigos de un par de muestras que ejemplifican en cartel dicha voluntad de continuación. Cogiendo como distintivo a Jonah Hill, ese californiano a las puertas de la treintena, que es capaz de recordar tanto al John Candy hijoputa y enojado, como al Candy deslomado y dócil, amén de un punto álgido en su filmografía como resultó ser su registro de inquietante comicidad siniestra en Cyrus, ese infravalorado drama (¿?) y comedia de los Hnos. Duplass; el estreno del pasado viernes de 21 Jump Street (Infiltrados en clase), así como de El Canguro para este fin de semana, nos ponen a pie de pista de las pautas cercanas a la manera de entender la risa basada en los referentes ya apuntados.
21 Jump Street adapta en largometraje esa serie adolescente de finales de los ochenta que dio a conocer a la masa a un Johnny Depp que, como joven y nuevo policía, le tocaba infiltrarse como estudiante y así poder esclarecer todo asunto de drogas y tejemanejes de high-school. Ahora, estamos hablando de un descocado remake que complacerá al público más irreflexivo como a aquél que sepa atisbar valores de peso en la comedia ligera y simplona, pero con ritmo bien compensado en poco más de noventa minutos; capaz de manejar lo gamberro como lo edulcorado, mezclado con acción que se ríe de su nula pretenciosidad. Al igual que Channing Tatum y Jonah Hill rezuman chispa como pareja, y el primero sorprende en su registro sin complejos para reírse de su alter ego rompecorazones, la película funciona aún a pesar de que todo cliché que podría sucumbir en la trama acaba apareciendo. Sea como fuere está hecha de forma tan natural, sencilla y sin pretensiones, ni siquiera gamberras o de alcanzar un cierto nivel de humor de caca-culo-pedo-pis, que durante todo su metraje todo marcha de manera harto fluida y en su justísima medida.
Sin embargo, cuando nos topamos con El canguro, remake también descocado, aunque no declarado, de Aventuras en la gran ciudad (Chris Columbus, 1987), y quizás de Solos con nuestro tío (John Hughes, 1989), Jonah Hill saca su vena más johncandyana y, aunque en su superficie se elabore un filme bastante convencional y poco elaborado, el hecho de que David Gordon Green (mente pensante de la imprescindible sitcom de post-humor De culo y cuesta arriba) esté detrás del producto nos hace replantearnos que en El canguro también saca toda esa capacidad narrativa irregular e imperfecta, del salto abrupto entre situación y situación, que ya experimentó en Superfumados o en Caballeros, princesas y otras bestias. Cómo si buscase slapstick tras slapstick descuidando el discurso de fondo, la narración vuela tras el intento de transgredir maneras y pensamientos: quizás Gordon Green sea el perfecto puente entre la comedia gamberra simplona hollywoodiense y la inquietud artística y conceptual montypythoniana.
Hablamos de dos comedias que tras su aparente convencionalidad rezuman cierto estilo, sino sólo autoral, multiplicador de un patrón que nació con los stand-up de los setenta-ochenta, se hizo libérrimo durante sus primeros años y enseguida fue asumido como trasunto ideal para pasar una tarde de gandulería en el sofá o atiborrada de palomitas en la multisala de turno.











