Las iniciales de Jota coinciden con las del ex presidente estadounidense, augurándole (tal vez) un importante papel en el mundo. Sin embargo, Jota es un escort; un hombre que alquila su cuerpo y sus horas para ganar dinero. A pesar de que no es el trabajo de sus sueños, sigue haciéndolo porque ya está acostumbrado, porque cree que es un buen profesional y porque ha encontrado su lugar en el negocio. Procedente de un barrio de Madrid, de madre polaca y padre español, Jota va descubriendo su propio yo desde el futuro: reviviendo sus recuerdos y comprendiendo el porqué de su situación.
La narración corre a cargo del propio Jota y nos presenta un entramado interesante: por una parte, la escritura sencilla y sin florituras (aunque no descuidada) y por otra la consciencia de estar adentrándonos en la mente de un personaje que es devorado por sus recuerdos. Sergio Galarza consigue que el lector se crea su propia omnisciencia y se arrime a esos pedazos de conciencia y derrumbe que quedan de un personaje con más vida interior de la que le gustaría creer.
En esta primera parte de la historia, la novela fluye con gracia y huyendo de los baches que podrían atribuírsele por el argumento: no es una novela de autocompasión, ni pretende reflejar la dureza de la industria del sexo, ni del underground madrileño; ni siquiera se ve tentada por la pura prosa humorística (aunque resulta divertida en muchas ocasiones). Constituye una narración muy real que compagina todos los géneros con naturalidad y crea un ambiente propicio para desear continuar la historia, que se lee sin complicaciones. Incluso la introducción de un suceso de gran dramatismo en el transcurso de la vida de JFK parece oportuno y no hace sentir al lector que los elementos trágicos se precipiten sin sentido.
No así la segunda parte. En algún momento de la novela, el autor pierde el camino llevando la narración (o la narración a él, quién sabe) por derroteros que se alejan de la originalidad plasmada durante la primera parte, y que sin duda le valió el premio Nuevo Talento Fnac en su anterior novela (El Paseador de perros). Pasamos de encontrarnos con el dinamismo de los recuerdos y pensamientos de Jota a una historia sin matices, cómodamente asentada en el tópico y que sí responde a todos los prejuicios que podríamos tener del libro con tan solo leer el argumento. La intención de dar un golpe de efecto y continuar la historia con más aventura sólo contribuye a difuminar lo que en sí resulta interesante del libro: esa primera persona tan agria y tan real; tan diferente al lector medio y con la que, sin embargo, llegará a conectar enseguida. Ese escort que se desangra en la noche y ve películas en la Filmoteca los domingos por la mañana. Sólo en pequeñas escenas de lucidez Galarza recupera esa figura regalándonos de nuevo al personaje de Jota que, sin embargo, acaba por perderse en el sinsabor de un pseudorealismo sucio ya más que superado.
La asincronía de la novela se produce tanto entre ambas partes como entre la forma de narrar y la historia. Porque, a pesar de todo, JFK sigue siendo las entrañas de un personaje, un soliloquio bizarro e intrigante que nos guía por los adentros de una mente astuta y depresiva, activa y suplicante. De lo que no cabe duda es de que Sergio Galarza consigue que nos creamos al personaje. Hasta tal punto que le deseamos un final mejor.










