Al igual que el J-Horror aportó frescura en el género del terror pero llegó un momento en el que cualquier aportación japonesa u oriental de esta índole fatigó las expectativas del espectador potencial, han existido, y co-existen, diversos casos en los que la sobreexplotación de diversos patrones y elementos narrativos comunes a un tipo de estética o sensibilidad genérica han llegado a activar el vacio más aséptico.
La cinematografía oriental es proclive a la explotación de patrones genéricos, quizás llevada por la numerosa masa que mueve el manga y el anime japonés. Desde hace unos años, el género de acción de esas latitudes suele traer, como mucho, incentivos para pasar un buen rato y poco más. Ya es más que suficiente, pero si estamos tan cerca de un estreno como el que apenas unos meses atrás supuso la excelente The Yellow Sea, cualquier comparación tiene todas las papeletas para caer en saco roto. El estreno en España de El hombre sin pasado, con más de dos años de retraso, nos da la oportunidad de sopesar uno de los filmes más taquilleros de Corea del Sur, fuente contemporánea inagotable de cine genérico y de experimentación valiente dónde las haya; así como de observar cómo se sostienen ciertos elementos de los que ya se empieza a abusar.
De primeras, la historia de un prestamista solitario, callado, con aureola de hombre fantasmal que no se mete con nadie, pero que conlleva un pasado oscuro y una cierta facilidad para ayudar al más débil (la figura del jinete sin nombre a lo Sergio Leone), sigue siendo, no por estar más sobada y clicheada, bastante atrayente. La figura de una niña que se queda sin progenitores, y el deseo de venganza ante una ciudad y unos bajos fondos corruptos y llenos de hampa, dejan preparado el escenario principal de manera harto conocida para que el realizador muestre sus cartas, su punto de vista y la puesta en escena: y allí es donde debería aparecer el atrevimiento, la experimentación.
De cierta forma, las sintetizadas escenas de acción, bien coreografiadas y espectaculares, sin utilizar aspavientos ni artificialidades sobrantes, desprenden toda la pericia de Lee Jeong-beom, esa es su marca de fábrica. Sin embargo, el físico hierático y demasiado complaciente de afligilidad emo, de atractivo superior a la media que posee su actor principal (Won Bin), un auténtico rompecorazones del star-system coreano, hace que su presencia en la historia sea mostrada como un personaje a lo género Nekketsu: de rostro bello, afligido y emocionalmente frío, tantas veces visto en ese subgénero del manga y el anime, que al final terminamos sucumbiendo como espectadores a ese vacío que se experimenta cuando los patrones se usan hasta la saciedad.
Por ello estamos hablando de todo un récord en la taquilla surcoreana. Sin dejar de ser un thriller trepidante, sí que es verdad que le falta autenticidad y menos impostura en alguno de sus ingredientes para que el artificio no reste frescura ni adrenalina salvaje. Ni siquiera el uso de armas blancas, entre ellas hachas, le acercan al óptimo resultado final de violencia plasmada que se contempla en The Yellow Sea. No se muestran rasgos de alta violencia gráfica pero sí más arte marcial, muy bien metida en el tempo de la acción. En la misma semana que Jason Statham nos trae Safe, el thriller coreano parece impactar con misma pose y artificio, pero más salvajismo.












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