La confirmación de Bob Dylan como cabeza de cartel en el Festival Internacional de Benicàssim viene desatando cierta polémica; ya desde el principio no eran pocos los que dudaban de la compatibilidad de este músico con la filosofía de un festival que, desde sus inicios, viene postulándose como uno de los eventos más representativos de la escena independiente. Si bien es cierto que el FIB ya no es lo que era –recordad por ejemplo el cartel del 2005-, el hecho de llevar a Bob Dylan solo puede entenderse como una maniobra ‚seguramente fallida, para rivalizar con otro festival, quizá el más grande ahora mismo, como el Primavera Sound.
A su favor se puede decir que parecía prácticamente imposible encontrar ningún grupo de cierta relevancia que no figurase ya en el cartel de este festival que condensa en tres días, nada más ni nada menos, todo el panorama musical del momento. No les ha quedado más remedio a la gente del FIB, por tal de no quedarse atrás respecto a su directo competidor, que sacarse un as de la manga como Dylan que justifique una estancia en Benicàssim de tres días en tiendas de campaña y bajo el sol.
Más allá de la supuesta incompatibilidad de un artista de la talla de Dylan y el FIB, esta anécdota no deja de ser reveladora acerca de las dinámicas por la que se rigen este tipo de festivales a los que pese a ser cada vez más masivos se les sigue llamando “independientes”. No se trata solamente de un problema de afluencia; el propio espíritu de estos eventos está bastante lejos de poder considerarse “independiente”, acercándose más a algo que vendría a ser una especie de capitalismo underground o un perfecto ejercicio de monopolio de la escena musical. Su apuesta parece ir más en la línea de la saturación indiscriminada de nombres que en la voluntad de realizar una propuesta musicalmente coherente (¿Qué hace Bob Dylan en el FIB? o ¿Por qué este festival ha reciclado la escena madchester en pleno 2012?).
Una de las explicaciones que suele darse para todo esto es que sin cabezas de cartel que actúen como reclamo masivo es difícil llevar a grupos más alternativos y minoritarios que, de otra manera, ni siquiera vendrían a España. Además, se podría también añadir, ¡en un mismo espacio y por menos dinero! De modo que todo parecen ventajas.
Teniendo en cuenta que la mayoría de las veces los grupos que participan en los festivales lo hacen con fecha única y que fuera de ese marco resulta bastante complicado verles, lo tienen crudo aquellos que prefieran las citas individuales y la intimidad de las salas. A estos les queda, si deciden pasar por el aro (¡qué remedio!), pagar el abono de un día en vez de una entrada sencilla, que siempre supone, comparativamente, una derrama superior. Por no hablar ya de la diferencia entre ver a un grupo en un espacio pequeño, con la obligación de cumplir ante un público que ha pagado únicamente por ellos, o verlo actuar en un espacio inmenso entre otros muchos.
El resultado final, una concentración hiperbólica de la escena musical entendido como ocio, semejante en cierto modo a las cajas experiencias Smartbox con etiqueta “indie” y un progresivo abandono de esa sana costumbre que es la cultura de conciertos, sustituida aquí por esa idea tan contemporánea del “más siempre es mejor que menos”. El festival y la cultura como “pack” de consumo para cualquier gusto, sea Bob Dylan o David Guetta (algo que también se da este año en el FIB… sí, sí.).











Poc m’importaria poder anar al concert encara que sigui com a cap de cartell. No deixa de ser que aquestes actuacions no haurien de treure les altres, les de petit comité!!!