A estas alturas ya es poco lo que se pueda decir de una banda tan consagrada como Antònia Font, sin duda una de las mejores, o simplemente la mejor, del panorama musical nacional. Sus actuaciones, como la del pasado viernes en el Auditori de Sant Cugat, no tienen desperdicio. Más de hora y media de show en los que combinaron a la perfección los temas del último disco con las canciones de toda la vida, saliéndose del esquema que venían siguiendo últimamente en el que tocaban el Lamparetes de cabo a rabo, para luego dejar espacio para unos cuantos hits de trabajos anteriores.
La última vez que los había visto había sido distinto y las circunstancias no acompañaban: actuaban por las fiestas de la Mercè, era de pie, y a las tres de la mañana. Ayer fue diferente, el show comenzó a las nueve, de la mano del telonero Nacho Umbert, una elección desafortunada: poco menos de una hora de canciones que oscilaban entre el tedio y la casposidad de unas letras que parecían haber sido sacadas directamente de los años cincuenta. El mundo de Umbert lo pueblan ancianos anacrónicos, historias de amor arquetípicas, y clichés que, de tan obvios, resultan impredecibles. A las pocas canciones, y viendo las charlas y risas que se desataban a nuestro alrededor en la platea, decidimos salir a tomar algo para volver una vez ya tocasen Antònia Font.
Los mallorquines salieron pocos minutos después de las diez, abriendo con la maravillosa Clint Eastwood y encadenando con Icebergs i guèisers, ambas sacadas del Lamparetes. El ambiente, ahora, era otra cosa. Se habían apagado las luces y toda la concentración recaía en los cinco miembros de la banda que ejecutaban canción tras canción con una seguridad envidiable, regalándonos joyas que Pau Debon transformaba en verdaderos poemas al cantarlas, sumiendo al público en un dulce ensueño lírico del que costó despertar. Así se sucedió el vals de Vitamina sol, la festiva Alegría, la urgente Love song o la melancólica y letraherida Mecanismes. Para el momento que llegaba Tots els motors y desde entonces, las palmas de la concurrencia fueron como un instrumento adicional. Poco más necesitaron Antònia Font para desatar la euforia colectiva y levantar a todo el mundo de sus asientos, convirtiendo el show en una fiesta.
Cabe señalar que no es la primera vez que algo así sucede, sino que este tipo de reacciones vienen siendo una constante en los conciertos de este grupo, que a partir de determinado momento, ya solamente llevan la batuta y dejan que sea el público el que cante, baile y viva unas canciones que ya son himnos arraigados en el subconsciente de la gente. Da la sensación además, de que ni los propios integrantes son capaces de explicarse ese momento catártico en el dejan de llevar la actuación y pasan a ser ellos mismos los espectadores de un público enloquecido que se erige protagonista total del espectáculo. Probablemente, esa chispa, ese punto de no retorno, sea la perfecta Wa Yeah!, cuya melodía sirve también de reclamo para los bises y es coreada largo rato antes de que la banda se vuelva a subir al escenario para cerrar la noche. La de Sant Cugat se cerró con la romántica Calgary 88.
Antònia Font son imprescindibles, y es difícil explicar hasta qué nivel han logrado congeniar con un público que a estas alturas es tan amplio como incondicional. Esa simbiosis perfecta y mágica que se revive en cada uno de sus shows es del todo anómala y única. A los de Joan Miquel Oliver no se les puede pedir nada más. Solamente que sigan por mucho tiempo.











Nacho Umbert, desafortunado? ¿Perdona, la letra y melodia de El mort i el Degollat te parecen sosas? Una elección genial a mi manera de ver, un contraste muy chulo con el universo de Antonia. Saludos.
Letras casposas Nacho Umbert? Alaaaaaaaaaa. Ancianos anacrónicos? Historias de amor arquetípicas? No confundir caspa con sensibilidad, POR FAVOR.
No conec Nacho Umbert, pero m’hauria agradat poder assistir al concert per veure Antonia Font!