Si cogiésemos los tópicos más obvios que nos ha regalado el reality show por antonomasia de nuestra era, Gran Hermano nos ha mostrado que la show-woman que lo presenta acaba cediendo a un comportamiento de estrafalaria estética retro-futurista (empezando por sus gestos y expresiones y terminando en la bisutería que le viste), el público empuja con discurso masificado a través de social media paralelo, y todos los participantes acaban coincidiendo en que en tan poco espacio, y en tan corto tiempo, todas las emociones posibles se acaban magnificando de forma más aparatosa que en la otra realidad.
Mientras que Julio Verne profetizó en sus relatos fantásticos todo un avance tecnológico que propulsaba exponencialmente las posibilidades del ser humano, las parábolas de George Orwell y la ciencia-ficción de Philip K. Dick imaginaron una distópica existencia, dónde esa romántica y moderna libertad creativa y aventurera era cortada de raíz por las técnicas de vigilancia de la soñada democracia, más totalitaria que emancipadora. La ciencia-ficción del cine pasó de hablar de ilusiones mágicas que descubrían nuevos mundos, a tratar temas de invasiones y miedo a perder nuestra identidad y nuestro planeta, para llegar a los oscuros recovecos de la inteligencia artificial, la necesidad de parar el nacimiento natural y replicar el adn y las emociones. Empezamos mirando las estrellas y terminamos poniendo el foco muy cerca de nuestros cuerpos y nuestros temores interiores.
Desde hace unos años, el cine se ha olvidado de ordenar para el espectador el gran plano general y se ha especializado en dejar a un lado el fuera de campo: Señales (M. Night Shyamalan, 2002), Monstruoso (Matt Reeves, 2008) o Monsters (Gareth Edwards, 2010) son tres ejemplos de sci-fi dónde lo que menos importa es la trama fantástica, o lo que acontece en nuestro planeta a grandes rasgos, preocupándose más bien por la desestructuración de la familia, la fe, el miedo ante una ruptura de pareja o la imposibilidad de poder comprender el verdadero enamoramiento en un mundo que avanza más rápido que nunca. Pasamos de los viajes a la Luna y nos centramos en la capacidad de supervivencia de un grupo pequeño de personas en una minúscula atalaya. Nuestro avance ha sido tal, que del viaje de la Tierra a la Luna hemos penetrado en la instrospección; Lost, el hito catódico de nuestra coyuntura, empezó y terminó de la misma manera, profundizando en el ojo de Jack. Ya no se trata tan sólo del “Gran Ojo” sino de “Nuestro Ojo”.
De este modo, Suzanne Collins ha estado más que oportuna a la hora de aprovechar el pequeño filón de esta nueva sci-fi que no se había explotado de forma literal y mainstream: la asunción democrática del asesinato en un juego de supervivencia. Y si bien el tema de la muerte y la posibilidad de que el sistema apruebe ese autocontrol de censo de población ya ha sido tratado por el género, Collins ha sabido manejar los códigos necesarios para avanzar en el mundo de las sagas literarias juveniles y llevarse el gato al agua.
Los fans acérrimos hallarán en la adaptación cinematográfica de Gary Ross (cuya mejor labor sigue siendo la de escribir Big y ser autor completo de Pleasantville) un pulimentado en la violencia, para conseguir una calificación de mayores de trece años, y varios recortes en varias de las tramas que se abordan en el libro. Sin embargo, el punto a favor de la película acaba siendo el relato en primera persona a través de Jennifer Lawrence, que conociendo su notable interpretación en Winter’s Bone le otorga al personaje un aura de heroína en plena época de crisis, como si algo parecido a Las uvas de la ira se mezclase con alegorías de culto como La fuga de Logan (Michael Anderson, 1976) o THX 1138 (George Lucas, 1971), de las cuales –y lamentablemente– sólo se rescata la superficie, es decir, parte de esa estética retro y vintage que abarca el progreso avanzando hacia atrás. Una suerte de homenaje retrofuturista que no va más allá de las formas.
En las más de dos horas de metraje, la primera mitad se lleva la palma de la narración con buena construcción de personajes principales. Lástima que la moda en Hollywood de la adaptación de sagas literarias populares se vea como todo un filón, donde el poder dilatar lo más posible tal narración afecte (incomprensiblemente) sobre la mala representación de los personajes secundarios, meros acompañantes sin alma de aquellos otros. Las grandes producciones han vuelto a los tiempos de los seriales, de los coitus interruptus, e irónicamente, éste fue el inicio del género fantástico en los orígenes y vuelve a serlo un siglo después, quizás por la fuerza que aprieta en la calidad de la ficción televisiva de este formato en episodios, dónde sí que pueden observarse grandes joyas de género.
Los juegos del hambre, en esta primera entrega cinematográfica, no da tanto espectáculo espeluznante, ni tanta visceralidad en cuanto a mitología de gladiadores y profundidad analítica social como presume. Creíamos que habíamos avanzado en cuanto a superación de finales felices clásicos a lo Harry Potter, y ésta réplica edulcorada y romántica no parece ni asomarse al pavor de Battle Royale (Kinji Fukasaku, 2000): esa fábula bestial de un reality televisivo donde los púberes podían permitirse el lujo de elegir arma y poder asesinar mientras sus padres y profesores daban el visto bueno. La verdad es que visionar a Takeshi Kitano divirtiéndose en su Castillo de Humor Amarillo, y años después disfrutando igualmente ante tamaño baño de sangre en la película de Fukasaku, crea más interrogantes que todo el tinglado ideado por Collins.
Es verdad que con Los juegos del hambre tenemos divertimento medio asegurado, pero en algunos momentos se tiene la sensación de que Grand Prix, o en su defecto, Gladiadores Americanos podría traer más adrenalina en pantalla. Todavía quedan muchos interrogantes abiertos, y por ahora, ese estado de sentir que todo se magnifica en tal encierro televisivo guarda poca emoción y escasa pasión intrínseca. Tan sólo la superficialidad estrafalaria del show se deja ver y disfrutar.













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