Descubrir a Michael Shannon en la adaptación para pantalla grande de Revolutionary Road, o en la catódica Boardwalk Empire, es una de las experiencias más reveladoras que han podido tenerse como espectador en los últimos años. Su facultad interpretativa para desvelar emociones y pulsiones turbadoras en sus personajes lo hacen idóneo para proezas como la que desempeña en Take Shelter. De nuevo a las órdenes de Jeff Nichols, el joven guionista y realizador que le ha embutido en el papel de un padre de familia del medio Oeste con indicios de delirios funestos, Michael Shannon destapa una exposición de los síntomas latentes del hombre de principios de siglo. Si hemos abandonado abatidos el 2011 con melancólicas píldoras ficcionales como El árbol de la vida o Melancolía, reflejo de un futuro aciago y poco esperanzador, el 2012 arranca con el estreno de Take Shelter como periodo alborotado, agitador, inquietante. La trama en torno a las incipientes visiones de gran tormenta y apocalipsis que alucina Curtis (M. Shannon), y que van desmoronando poco a poco la vida monótonamente feliz y aburrida que sostiene en una pequeña localidad del agreste Ohio, son utilizadas como incursión autoral y distante de lo común dentro del cine de género (¿terror? ¿fantástico?), así como de forma acertada dentro de un relato de amplio arco argumental en el que tienen cabida esas manifestaciones en torno a la desconfianza generalizada y la pérdida de la fe respecto a nuestro inquietante presente y desolado futuro.
Este ejercicio que renueva el cine de género de nuestros días asignando claves de sobriedad y turbación mantiene lo que literatos como Haruki Murakami vienen sosteniendo con tremenda fuerza desde hace años: la afligida resignación de un hombre que deniega de la rutina de la sociedad del bienestar y vuelve a los orígenes, a la reconstrucción de su intimidad, al ensimismamiento, a la pérdida de confianza en el sistema, a la sensación inquietante de que todo aquello que parecía normal a su alrededor se desvela poco a poco siniestro y amenazante, necesitado de una vuelta de tuerca poco racional. Un filme que está a medio camino entre la reivindicación de aquellos síntomas de trastorno mostrados por Stephen King a finales de los inquietantes años setenta con El resplandor, y la descripción del miedo ante una posible destrucción de nuestra civilización a lo Cormac McCarthy en La carretera. Una trama compleja encorsetada en una vida sencilla que, a pesar de tener alguna trampa escondida a lo largo del relato, luce contundente en su propuesta e intenciones.
La enfermedad mental y de raíz que sufre nuestra sociedad, sin embargo, ha sido mostrada en este inicio de curso cinematográfico con toda su desnudez, en una película de hace unas temporadas que ha llegado hace nada a España, y que resulta ser (si el húngaro no cambia de opinión) el último largometraje de Béla Tarr. Más allá de la relativa anécdota que prende la mecha del argumento de The Turin Horse: la imagen mitificada de Friedrich Nietzsche desolado ante un caballo que había sido maltratado por su cochero en una de sus estancias en Turín, la película de Tarr aglutina la visión del apocalipsis interior de parte del último cine de autor, como Take Shelter, pero proyectando temas universales de manera hipnótica y sencilla a través de intensas sensaciones que nunca acaban por centrarse en conclusiones, sino en misterios que se esconden en lo cotidiano.
Béla Tarr depura el realismo que connota el blanco y negro de su obra más reconocida, Sátántangó, en un puñado de secuencias donde la relación entre un padre y su hija en medio de un paisaje arisco y desolador del norte de Italia de finales del siglo XIX, acontece en planos larguísimos donde la elipsis narrativa no existe y la severidad la llevan consigo los rostros de sus intérpretes, así como viajan de la mano de la agotadora y reiterativa rutina de sus quehaceres diarios frente a la dureza de los elementos meteorológicos a los que se enfrentan. Si bien el anuncio de tormenta en Take Shelter se prevé más bien artificial y forzado a conciencia, la dureza natural que se presenta en The Turin Horse es algo que está y se recoge por la cámara sin más. La tensión se halla en el esfuerzo por mantener líneas y formas que se trazan en el encuadre, y así capturar todo lo que acontece en el exterior. Mientras que Take Shelter necesita del subjetivismo del miedo interior, The Turin Horse, como en un documental sobre cielos y paisajes a plano fijo y dilatado de James Benning, simplemente se dedica a proyectar con firmeza la omnipresencia de una rutina degenerativa (de nuevo uno de los principales temas de la gran novela contemporánea) y como espectador no trata de acogerte desde una ficción concienciada sino desde una realidad mostrada y tallada.
Tanto Take Shelter como The Turin Horse traen consigo el beneplácito de la sensación de que el apocalipsis interior tratado por el cine de autor de última hornada abandona el romanticismo y se centra en el retrato inmisericorde. Aunque la primera aún mantenga cierto atractivo de proeza a lo Paul Thomas Anderson o incluso M. Night Shyamalan, la de Béla Tarr viene a ser el acta de defunción de ese universo romántico y esteta de Von Trier o Malick, en el que no se busca la simpatía del espectador ni dilema moral alguno.












Ayer vi “Take Shelter” y jo, qué peliculón.
[…] con un cine que representaba ser refugio de posibles apocalipsis: The Turin Horse(Béla Tarr), Take Shelter (Jeff Nichols), o Carlos Vermut y su Diamond Flash raptándonos la adicción a una serie de […]
[…] que representaba ser refugio de posibles apocalipsis: The Turin Horse (Béla Tarr), Take Shelter (Jeff Nichols), o Carlos Vermut y su Diamond Flash raptándonos la adicción a una […]