Tony Marchant (1959) es un escritor y guionista ingñés que, a pesar de ser poco conocido en nuestro país, poco a poco está consiguiendo un gran prestigio en Gran Bretaña gracias a la cantidad (y gran calidad) de miniseries y telefilmes que llevan su firma, como Los cuentos de Canterbury (2003), La marca de Caín (2007), The Whistleblowers (2007), Garrow’s Law (2011) o la serie que hoy comentamos, Public Enemies.
Esta miniserie narra la historia de Eddie Mottram (Daniel Mays, El secreto de Vera Drake), que acaba de salir de prisión tras haber cumplido diez años de condena por haber asesinado a su novia. La agente encargada de supervisar su reinserción en la sociedad –y de enviarlo de vuelta a la cárcel, si no hace lo que se espera de él– es Paula (Anna Friel, Pushing Daisies), quien se encuentra en periodo de prueba por haber sido negligente con otro exconvicto, lo que provocó que éste volviera a asesinar.

Eddie está dispuesto a hacer todo lo que sea necesario para no volver a la cárcel, pero reinsertarse en la sociedad, tal y como lo entienden las autoridades, y recuperar la vida que dejó atrás no parecen ser lo mismo. Agobiado por todas las dificultades por las que parece imposible no tener más remedio que pasar, pronto comenzará a cometer errores que pueden costarle su vuelta a prisión.
Por otro lado, Paula sabe que la única manera de no perder su puesto de trabajo es ser muy estricta con Eddie y no pasarle ni la más mínima falta, pero no puede evitar ponerse en su piel y mirar hacia otro lado cuando los primeros problemas aparecen, lo que puede costarle todo lo que tiene y quién sabe si algo peor.

El valor de Public Enemies radica, como ya es más que habitual en las series británicas, en que tanto la historia como todo lo que la rodea (localizaciones, actores, diálogos…) resulta creíble. Los personajes no son perfectos ni hacen cosas memorables ni recitan diálogos que se nos quedan grabados. Son humanos y, como tales, nos es imposible verlos como blancos y negros o como los estereotipos clásicos de este tipo de ficción. Aquí no hay poli bueno y delincuente malo o poli borde y delincuente simpático, sino que cada personaje puede resultarnos agradable u odioso dependiendo del momento y cada uno actuará (bien o mal) como actuaríamos nosotros, si nos encontráramos en su pellejo.
La única pega que puedo ponerle a esta serie es que el final me resulta un poco forzado, como si la directora hubiera tenido que resolver en diez minutos lo que en circunstancias normales le habría llevado veinte. Pero, dejando de lado este detalle, la verosimilitud de la historia, los guiones tan cuidados y el buen trabajo de los actores hacen que éste sea un drama que merece la pena ver. Y todo eso en sólo tres capítulos. No se puede pedir más.










