Aunque, objetivamente, se pueda argumentar que es una novela a la que se pudiera atribuir una cierta debilidad, necesitar una mayor perfección narrativa, el remarcable interés y valor de La Acabadora de Michela Murgia surge de la apreciación de los contenidos de esta historia y de la motivación y actitud con que son narrados. Desde ahí, esas supuestas imperfecciones se reinterpretan como necesarias para su sustancia, puesto que, en cierto modo, el efecto de la lectura La Acabadora es comparable a esos recuerdos heredados de abuelos y padres, en los que lo perdido y desaparecido de su tiempo desvela en nosotros su dimensión conmovedora y venerable.
Su argumento es el del silencioso despertar interior del sentir sagrado y humano más atávico de lo femenino, desarrollado en torno a una concepción arraigada en tiempos ancestrales sobre el traspaso de la vida y la muerte que persistía aún en la década de los cincuenta en un pequeño pueblo del interior de Cerdeña y encarnada en la figura de la accabadora: la mujer que ayudaba a los moribundos a salir de este mundo. A través de éste, Murgia articula una subliminal descripción de cómo ese despertar se produce en la vinculación de lo femenino con la maternidad y la muerte, dentro de un escenario de humildad, sencillez y tradición en el que éstas reverberan claramente ligadas a la dimensión telúrica de la que procede su sentido: intocadas por las frivolizadas y exaltadas concepciones al uso sobre el significado de la idea de lo femenino, sino latentemente reflejadas en concepciones míticas como la figura de Hécate o la dualidad Demeter-Perséfone.
Murgia articula la historia como un gradual traspaso de intensidad de la fuerza del personaje de Bonaira Urrai, la accabadora, hacia Maria, su fill’e anima (“hija de alma”), sin deshacer la complejidad de su vínculo ni asimilar a una en la otra; sabiendo equilibrar una convivencia de ambos personajes, el uno perteneciente al pasado y el otro, encarado hacia un presente y un futuro, dentro de una misma esfera dotando a una del peso de un aura de sabiduría oscura y a la otra, de la aún informe fuerza que posee; sabiendo asimismo equilibrar a ambos personajes dentro de su misma individualidad, siendo su capacidad para conjurar metáforas la que logra que ambos personajes puedan bordear la línea donde su ser se vincula con el arquetipo mítico sin que se desdibuje en absoluto su naturaleza humana.
El aparentemente poco original giro argumental que pudiera constituir el que Maria abandone Sorenti, el pueblo en Cerdeña, para irse a trabajar a Turín, hacia ‘una nueva vida’ para huir de su madre de alma, y su enamoramiento posee sin embargo una trascendencia que va más allá de lo previsible del hecho de que esa experiencia y alejamiento sean el silencioso detonador de su transformación y aceptación de su identidad. Primeramente porque el retorno al lugar de origen no aparece, pese a la apariencia, como un acto de obediencia sino de libertad y a la vez de entrega consciente a esa dimensión descubierta en sí misma, el no renegar del haber sido escogida por la sabiduría profunda e inarticulada de Bonaira.
Y en segundo lugar porque plantea otro de los puntos de dualidad que define el esquema de organización argumental de la novela, explorando el valor de la vulnerabilidad masculina. Este concepto que se pone de manifiesto a través de la yuxtaposición entre Nicola, el hombre joven de Sorenti que rechaza visceralmente la incapacidad para vivir desde la cúspide de su virilidad (entendida desde unos fundamentos primitivos, el sentido casi irracional de propiedad de la tierra como una expresión de la pertenencia intrínseca a ésta, el hombre que debe ser fuerte, trabajador, procrear…) y Piergiorgio, el adolescente de Turín, que comienza a ser un hombre, aterrorizado, encerrado en sí mismo tras una violación. La vinculación que entabla con ambos retrata a Maria como una bisagra entre ambos mundos, entre dos tiempos, siendo paradójicamente su experiencia urbana la que le abre a ese reconocimiento de la dimensión protectora, cobijadora, catártica, (reveladoramente nocturna, silenciosa, oculta) que lleva en su interior y que supone su primera aproximación verdadera a esa esfera oscura y sagrada de Bonaira.
Adquiere fundamental intensidad a lo largo de la novela el diálogo de enfrentamiento entre Bonaira y Maria, en el que Murgia logra hacer resonar la verdad de ecos sagrados ancestrales; y otras imágenes, de fuerte belleza y simbolismo, pero que son introducidas modestamente, como la de María adolescente ante un espejo, imaginándose como una novia, en su primer despertar consciente a su feminidad; o conceptos, que aluden a la ambigüedad que define el carácter sagrado de esos mitos arcaicos que laten tras estos personajes, como la incierta viudedad de Bonarria, que la sitúa en una especie de estado pseudo-virginal.
Al parecer, no existe constancia documental que pueda aseverar que existiera alguna vez la figura de la accabadora. Señala Stefano Puddu Crespellani que es una figura tradicional perteneciente al folclore sardo pero que, aun en esa posibilidad de ser ficticia, su verdad debe buscarse en el trasfondo que envuelve su origen. Y esto lo que Michela Murgia ha hecho a través de esta historia, aferrándola al arraigo instintivamente ancestral con la tierra y el tiempo, dotando de inteligencia y sensibilidad a ese arraigo que debe reconocerse y sentirse en humildad, para conferir de fuerte verdad a la existencia o creencia en esa otra forma de comadrona, la que alumbraba a la muerte, y a la maternidad del alma.











“Murgia articula una subliminal descripción de cómo ese despertar se produce en la vinculación de lo femenino con la maternidad y la muerte, [… ] en el que éstas reverberan claramente ligadas a la dimensión telúrica de la que procede su sentido: intocadas por las frivolizadas y exaltadas concepciones al uso sobre el significado de la idea de lo femenino, sino latentemente reflejadas en concepciones míticas como la figura de Hécate o la dualidad Demeter-Perséfone.”
¡Amiga del alma! Leerte es adentrarse en los recovecos más íntimos de la emoción contenida. Espero que la accabadora disfrute del éxito merecido, si el lector/a tiene la suerte de dar con tu espléndido comentario. Pour quand tes critiques littéraires au Nouvel Observateur?
La narración de Michela Murgia refleja una realidad antropológica de Cerdeña que sí está documentada, por escrito y por tradición oral: los homicidios de caridad. Y lo está en España. Se pude consultar el siguiente artículo: “Eutanasia infantil en el mundo rural de la España preindustrial”, en Revista Murciana de Antropología, 10, Murcia, 2004. 241–260.
Un cordial saludo. Juan Jordán
MICHELA MURGIA
L’ACABADORA (Proa)
Títol original italià: Accabadora
(De mara a filla, l’antiga tradició de Sardenya d’ajudar a ben morir)
Este libro me ha enganchado, lo leí sin respiro, hasta su fin, es ameno, real, entretenido, nos acerca al pueblo Sardo y sus costumbres, l’Acabadora un antiguo oficio de una época,” la manera de entender la muerte y la vida”
Recomiendo su lectura