Si Calderón hubiese nacido en el S. XXI, algunos le llamarían pedante. O esnob. Filósofo venido a menos. O lo que es peor aún, porque no hay nada que pueda ofender más a un dramaturgo en nuestros días: poeta, con todas y cada una de sus letras. Y es que el realismo del tres al cuarto ha hecho mucho daño al teatro a lo largo del S. XX; aunque tampoco vamos a desdeñar sus méritos. Tómense estas aseveraciones con cautela. La verosimilitud llevada al extremo no es otra cosa más que una jodienda. Para ver pasar la vida, uno tiene la posibilidad de sentarse en el banco de un parque. La ficción es nuestro reflejo, pero ningún espejo es fidedigno al cien por cien. Ni si quiera el Verbatim. La realidad es inabarcable y cualquier realismo, es máscara.
Menos mal que a uno le permiten acercarse a los clásicos para observar de dónde venimos, y tonterías como la unidad de tiempo o espacio, quedan apartadas a un segundo plano cuando el juego escénico cobra elevada importancia. En la vida todo es verdad y todo mentira, obra con la que Calderón obsequió a Felipe IV en 1659, no importa otra realidad más que la creada en el escenario y, luego, si quiere, que el público establezca las analogías necesarias, que haberlas haylas. Ejemplos de buen y mal gobierno; es preferible indultar al culpable, que castigar al inocente, etcétera, etcétera. Como la época lo requería, también hay pequeñas píldoras de alabanzas al rey; nada importante.
Imaginarán por el título que el tema es absolutamente barroco, no se equivocan; recordemos Lo fingido verdadero de Lope de Vega, por no ir más lejos, o La vida es sueño del propio Calderón; más que prima, hermana de este texto: comparten temas, imágenes y referencias. La dramaturgia del poeta no es fácil de seguir para el público neófito en estas lides, aunque, en general, y gracias a la versión, se puede seguir el argumento con relativa facilidad. ¿Es toda la vida una apariencia?
La puesta en escena que firma Ernesto Caballero, nuevo director del Centro Dramático Nacional, fija su mirada acertadamente en el juego teatral, en la convención y en el mundo que se genera encima de las tablas. Crea diferentes universos para cada una de las jornadas, baste como ejemplo la segunda, cuando el escenario se transforma, con aires de aristocracia inglesa y juegos de polo, en un espacio onírico donde trascurre un año, en un solo día; ¿es todo esto posible? En teatro, por suerte, sí.
Cómo se componen los coros, cómo se cantan algunos de los parlamentos o cómo aparece la música en directo; son, en general, aciertos de la puesta en escena. No estamos tan de acuerdo con los abusados efectos sonoros, la proyección de determinados actores o el excesivo eclecticismo estético; pero no es algo que ensombrezca un buen texto, llevado a escena de forma notable.
La metateatralidad: introducida en el prólogo, para el espectador menos atento, recorre toda la obra. Tampoco se deja de lado la comicidad; ejecutada con acierto por dos personajes paletos. Quizá lo menos reseñables sea el decir del verso, aunque en esto haya muchas escuelas, excesivamente prosificado y con diferencias notables entre actores. Destaca la interpretación de Ramón Barea e Iñaki Rikarte; por encima del resto.
La escenografía, diseñada por José Luis Raymond, con guiños a la tramoya del siglo áureo, camina a favor de la lectura del texto de forma impecable: telones y puertas, además de pocos y sintetizados elementos. La iluminación ayuda a crear la atmósfera, junto a un vestuario muy teatral, de forma cuidada y sutil.
El público aplaudió, aunque en la puerta se escuchasen cuchicheos a favor de todos los bandos: me gusta/no me gusta. Al final, el que salió ganando fue el teatro. ¿Tiene sentido seguir montando autores del Siglo de Oro español? Ustedes deciden si quieren olvidar la verdadera naturaleza del hecho escénico, desgraciadamente vapuleada por algunos de nuestros contemporáneos. Tienen la última palabra.












