Parecía complicado pero el sábado el frío llegó a cotas más bajas en Castellón. También era arduo que hiciese más viento, pero las palmeras enfrentadas en la plaza de la puerta del Teatro Principal, al igual que el público de la última jornada fuerte del Tanned Tin, bailaron más de lo normal. A partir de las nueve de la noche hubo una tanda seguida de directos que a más de uno le pudo parecer un crescendo con climax excitante: antidepresivo idóneo para uno de los días más crudos de este invierno retardado.
El trío londinense Fair Ohs era el grupo conveniente para la seguidilla con la que nos habían dejado el viernes los alemanes Like a Stuntman. Más convencionales pero con buen uso de esa categoría tan manida y hype en los últimos años del afro-pop, su música fue un hip de esos que llaman a cualquier atisbo de subcultura afro y de mezcolanza efervescente: su debut es rollo veraniego y el título de su disco, Everything is dancing, fue la síntesis adecuada para que un generoso bajo y un buen hacer vitalista de su guitarra nos advirtieran desde bien pronto que era la jornada en la que tocaba bailar y disfrutar en el festival. The 99 Call rebajó esa ebullición reteniéndola en un estado de veteranía de indie rock. Los que formaron parte de la banda londinense Tram, nos trajeron un directo lleno de medios tiempos exquisitos donde nos presentaron su exquisito EP: Spanish Flies. Durante los primeros segundos tuvieron problemas para encontrar su sonido pero el primer tema, So I’ll just walk away sonó tan fino, atento y sensible que el resto de directo fue delicadeza pura, con un slowcore más primitivo que el que se presenta en la producción de ese pequeño álbum. Esperemos que vayan grabando más trabajos.
Fair Ohrs (Christian Robles / Flickr Tanned Tin 2012)
De la madurez pasamos a la melancolía post-adolescente con unos jovencísimos británicos que bajo el nombre de Patterns enlazaron temas, que en su mayoría, lograban cadencias contagiosas que anuncian un recorrido destacado. Tras el directo de estos jóvenes patrones de indie juvenil bien entendido la sala se fue llenando, cómo auspiciando la expectativa creada en torno a una de las bandas más veteranas del Tanned Tin 2012: los escoceses The Orchids con su pop clásico dieron la sensación de no solo comerse el escenario y el Teatro Principal, sino que todos los asistentes parecían tan entusiasmados con ellos como si hubiesen estado los mismos Beach Boys sobre el escenario. Joyas como She’s my girl o gran parte de los temas de su disco de 2010, The lost star, sonaron tan clásicas que The Orchids dieron seguramente el mejor directo del festival hasta el extremo de que la mayoría de los asistentes los hubiesen elegido como banda con derecho preferente a tener más minutos sobre las tablas: así hubiesen podido tocar temas que se dejaron en el tintero, como Doot Doot (till it happens to you). Con el subidón de The Orchids, la simpatía y el buen rollo del que se contagiaron y con el que contagiaron, en plena comunión con la platea, llegó el turno de una de las bandas más esperadas y con más fans de entre los asistentes al festival: se escuchó en el pasillo que algunos sólo habían venido a disfrutar con The Hidden Cameras. Los canadienses pueden gustar más o menos, pero lo que está claro es que lograron un directo que entusiasmó y dejó los prejuicios en algún rincón apartado. Su música tiene plasticidad melódica, sencillez mezclada con cierta pretensión hacia el goce por la cadencia y la sonoridad contundente. Hicieron bailar al público que empezó arrugado en la butaca y temas de su álbum Origin: orphan, como Do I belong sonaron tan estimulantemente diferentes que la pantomima y el exhibicionismo interpretativo de su líder, Joel Gibb, se hacía hasta necesario para esas canciones.
Esos cuatro directos enlazados hicieron que el descanso, la cerveza y el comentario entusiasta fuesen necesarios. Las palmeras seguían bailando con las ráfagas de viento en el exterior, pero al Tanned Tin ya no le quedaba esa energía despreocupada y hedonista. A los que como al que esto suscribe nunca habían disfrutado de Matt Elliot, aún a pesar de que como The Wave Pictures ha estado hasta en la sopa por estos lares, su directo fue el contraste desgarrado de una jornada jaranera hasta el momento, en el que su folk roto, grave y doloroso hundió el aura en gravedad e intimidad. Y el final del festival, aunque todavía quedase el matinal del domingo, fue una ruptura extrema que tanto hizo levantar de la butaca a más de uno antes de hora, como provocar ferviente admiración; si The Orchids dio fé de que es excelente pop en el término más clásico y entusiasta, Kites resultó ser uno de los proyectos musicales más extremos vistos en todas las ediciones del Tanned Tin: noise e industrialismo a borbotones sacudiendo y provocando la recepción del oyente. Así de extenso es el recorrido de la marca Tanned Tin, de cabo a rabo.
La resaca de esta decimotercera edición se palpó en el matinal del Espai d’Art Contemporani. La de este año fue una de las mejores ediciones del festival y el aperitivo final de domingo rezumó electrónica y world music con Algodón Egipcio, folk neoyorkino con aura irónica a lo Diablo Cody por parte de Phoebe Kreutz y un final buenrollista con el alemán Norman Palm y sus canciones, versiones o composiciones limpias, bellas y cibernéticas.












