Hablar de Tanned Tin es hablar de melómanos de culo inquieto que saben resguardarse en las butacas de un teatro de mediados del siglo XIX. Un festival cuya programación es como la partida de unos ojeadores de propuestas musicales estimulantes de toda índole puesta a disposición de aquellos que anhelan descubrir y asombrarse. Es el festival dónde lo mejor que te puede pasar es que vayas a disfrutarlo conociendo lo menos posible de su cartel porque las sorpresas pueden ser mayores: siempre acabas jactándote de que descubriste en el Tanned a Antony Hegarty, Beach House o Animal Collective antes que ningún líder de opinión.
En su decimotercera edición, Castellón y la formidable acústica del Teatro Principal acogen de nuevo el ambiente cercano y familiar que es seña de identidad del festival; disfrutas relajado de los directos a pocos metros del escenario, y al salir a la boca de descanso te topas con los mismos artistas tomando una cerveza a tu lado. Ni el viento, ni las bajadas de temperatura, ni la humedad que lleva consigo el mar Mediterráneo han sido problema para que, a pesar de los recortes en las subvenciones y el presupuesto, este año se hayan vendido más abonos que nunca.
El Tanned Tin arrancó el jueves con una programación que no seguía aquel tópico festivalero que sustenta que la primera jornada suele ser la más floja en contenido y ya en su inicio, constatar que esto va en serio desde el minuto uno. Para que los nuevos no se sulfuraran desde el inicio y los viejos del lugar se sintiesen como en casa un año más, el festival arrancó con soul, folk y americana de manos y voz de Greg Trooper. Aquí en España nos es más familiar Steve Earle, pero Trooper por alguna extraña causa no ha llegado a tener ese pasaporte internacional desde su Jersey natal. La cosa es que el panorama se iba llenando de pizcas de pasión. El siguiente queda en casa, Nacho Vegas de vuelta a uno de esos festivales que le han visto madurar: sentado en una silla, guitarra en mano y con micro pegado a los labios presenta últimas composiciones, interactúa de forma nerviosa y tímida con el público lanzando ironías del pasado minero de su tierra asturiana, así como lanza algún dardo a la corrupción política valenciana, pero sigue transmitiendo con creces y de esa manera imperfecta de los grandes cuando se dedica simplemente a recitar canciones. Él mismo cierra la primera jornada de conciertos uniéndose a la rabia latente de Triángulo de Amor Bizarro, los cuales siguen siendo todo un fenómeno de directo cortado con el patrón de lo impecable dentro de las coordenadas de su estilo: rock abrasivo que responde a las mil maravillas en el Principal (¡qué tendrá este teatro que todo suena excelente!).
Nos comentan que Nacho Vegas solicitó tocar antes que Laetitia Sadier porque como fan que es de Stereolab quería estar relajado para poder ver a la francesa en solitario. No sé a qué conclusión llegó Vegas, pero la verdad es que no sólo se echo de menos un tiempo pasado con la Sadier con su banda formada en Londres sino que no era muy difícil sentir cierto apuro en ciertos momentos en los que se notaba que el material no estaba muy rodado. De todos modos, si hay un festival para recibir la improvisación y los errores de forma comprensiva y hasta sacándole su punto positivo ese es el aura que se respira en el Tanned Tin: un par de músicos locales acompañaron a la francesa en un par de ocasiones y la batería y el bajo alcanzaron con creces aquella emoción que le faltaba a ese rock low-fi de una especie de cantautora sin rumbo bien definido. Llega la hora de la cena y la sala se vacía un poco ya que la mayoría prefiere faltar al directo de Tim Hecker, canadiense con capacidad para inquietar con minimalismos los estómagos vacíos que allí aguantaban y regresar en el instante de lo más esperado del día: una de las últimas representaciones del espectáculo Room, obra conceptual audiovisual de los catalanes Standstill que va de la mano de su triple epé Adelante Bonaparte. Muy bonito, estética audiovisual hipster y música con alma y letras pegadizas y con cierta profundidad, pero la jornada iba a tener a otros vencedores.
Mira que estábamos en jueves, el siguiente día era laboral, ya era la una de la madrugada y el cansancio era lo más corriente, pero Austin TV, un grupo mexicano que suele ocultar los rostros de sus componentes y tuvo la mala suerte de hacer la prueba de sonido con la sala llena y sin máscaras puestas, logró con una marcianada de art-rock llena de distorsiones, riffs de violencia sonora y disfraces imposibles no solo despertar al respetable sino dejarlo picuet y fascinados por esa mezcla entre Devo y And So I Watch You From Afar más The Straitjackets, más Dimensión Desconocida , más Scooby Doo. A mitad de actuación, cuando sonó la cover del Around the world de Daft Punk el público ya creyó y asimiló todas las bondades de ese raro ejercicio de estilo instrumental que uno no sabe en un inicio como tomárselo. Mientras que los discursos de su frontman no paran de contradecirse (“ser mejor personas, crear un mundo nuevo…” Vs. “destruir este teatro si queréis”) o almacenar guasa (“hacer de vuestra vida una película, y grabenlá”) y los disfraces no paran de ser alucinantes y recreativos al cien por cien, su energía desbocada marca y se hace memorable: saben crearse una imagen tan delimitada y absorbente que varios fuimos los que salimos pitando de la sala hacia el stand de venta de discos para comprarnos cualquier cosa que tuviera como nombre Austin TV. Todos buscábamos la edición deluxe de su nuevo disco Caballeros del Albedrío, aquella que habíamos visto antes del concierto expuesta como digipack abierto en varias piezas troqueladas, pero algún visionario tuvo la suerte de llevárselo antes. Austin TV, esa banda que Tarantino pagaría por tener en sus fiestas privadas.
El viernes amaneció frío y la noche surgió gélida. Una vez que entras en el Principal ya no te hace falta salir. La burbuja que se crea allí te absorbe por completo y sólo te hace falta alimentarte de cerveza, rosquilletas y un poco de conversación melómana y mucha sorpresa que descubrir y asimilar. El primero en salir al escenario es un crooner llegado de California con Dead Western como nombre artístico: Antony Hegarty + Johnny Cash, o Jeff Buckley como reverendo de voz grave; una sorprendente expresividad con mínimos elementos en el escenario, con una guitarra, un rostro y un cuerpo en tensión, como encarándose con coraje al micrófono, que dejó un poco por debajo a los siguientes en subir: uno de los miembros de Dirty Projectors, Nat Baldwin, y su contrabajo, de voz también baja pero más melódica; o Papercuts, banda joven de tradición pop con guitarras acústicas, teclados y futuro ligado a singles contagiosos, frescos y luminosos. La sorpresa subió de nivel con la aparición de los mocosos ingleses de The History of Apple Pie. Éstos no fueron tan espabilados como los mexicanos del día anterior y no trajeron material discográfico para vender, porque hubiesen acabado con el stock. Su indie-rock revitalizado y su descaro, tranquilidad y firmeza de estos cinco veinteañeros es algo así como mezclar My Bloody Valentine, The Raveonettes, Dinosaur Jr o The Pains of Being Pure at Heart y meterlos en la Guerra de las Bandas o en Escuela de Rock.
El meridiano de la noche llegó con MAIN, un dúo liderado por el ex — Loop, Robert Hampson, y que trajo la mayor severidad, circunspección y reclusión, probablemente, de todo el festival. Su electrónica formada por samplers y el juego con armonías asonantes y disonantes dio lugar a uno de los momentos más siniestros y fantasmales. Los alemanes Like a Stuntman lo tuvieron fácil para levantar el ánimo después de la experimentación de ingeniería de sonido anterior. Los han catalogado (llevan más de una década en activo) como banda de electro-folk, aunque realmente es estimulante ver que ese tipo de subgénero bajo la categoría de punk tropical o afro-pop que ha estado hasta en la sopa en los últimos cinco años, tiene bandas que respetan (o mejor dicho, han ayudado a madurar) la base genética que preserva en su interior: vanguardia, fiesta, beats impetuosos y síncopes feroces.
Por último apareció Za!, dúo marciano pero siempre sorprendente y alucinante que no sé si adscribirlos al milenarismo o al dadaísmo. La cuestión es que el final de jornada festivalera volvió a ser pletórica de energía y comunión con el público y todavía quedan dos días.













