Planteándome la reseña de Caballo de batalla me siento como Jose Luís Garcí y su troupe en esas mesas redondas de Qué grande es el cine, alabando la emoción intrínseca de las películas de Raoul Walsh, Nicholas Ray o John Ford. La cuestión es que la nostalgia por un modo concreto de narrar, hace que ninguna generación se escape hacia la voluntad de defender aquel cine con el que aprendió a ser cinéfilo y a sentir pasión por este arte. Ya se han colado muchos comentarios hacia la última producción spielbergiana que hablan del gusto del director de E.T. por el sentimentalismo gratuito: sin entrar en discusiones del grado de blandenguería de su última película, pienso que Caballo de batalla tiene varios inputs que no es que la hagan indispensable, pero si contenedora de muchos alicientes para la mayoría de público.
La epopeya del corcel Joey y de su pipiolo dueño Albert, nos retrotrae a un tipo de cine que comienza justamente a florecer en la época de la exaltación clásica de Ford, y ramifica parte de su encanto, sobre el público más joven, en producciones familiares de Walt Disney con actores de “carne y hueso” tipo Operación Cowboy (Arthur Hiller, 1963), Nacido para ganar (Don Chaffey, 1979) o Natty Gann (Jeremy Paul Kagan, 1985): aquellas películas que se hicieron incluso más populares durante la década de los ochenta, al llenar la estantería de cine infantil de lo videoclubs ochenteros con la carátula blanca disneyana, con Mickey ‘Aprendiz de brujo’ Mouse como cabecera reconocible. Un cine de aventuras, en apariencia blanco y sin mácula, que se asemeja a la literatura de cabecera para cualquier chaval que quiera familiarizarse con la ficción literaria y clásica, esa que entronca con la base mitológica de La isla del tesoro, Kim o Viaje al centro de la Tierra, y como de sobras sabemos, estos clásicos están hechos para toda clase de edades y no por ello no están ausentes de temas atemporales en torno a la figura humana y sus circunstancias.
Spielberg, en primera instancia, ha decidido volcarse sobre la historia del mismo modo que lo hizo Francis Ford Coppola en su producción de El corcel negro (Carol Ballard, 1970), o su continuación Cómo uña y carne (Robert Dalva, 1983), y se plantea un cine puro, con predominancia del mimo a las imágenes, que si no fuera por el uso un tanto subrayador de su score musical sería casi mudo (lo más memorable de El corcel negro es esa secuencia en la playa entre niño y caballo sin diálogo posible). Por otro lado, la adaptación de la novela War Horse, publicada en 1982 por Michael Morpurgo, tiene una estructura similar a una de esas películas que en la última década también quiso acercarse al melodrama clásico: recordemos Cold Mountain (Anthony Minghella, 2003), y esa epopeya en la que sus protagonistas cruzaban experiencias a lo largo de los años, y con Guerra Civil de por medio, con numerosos personajes. En este aspecto, Caballo de batalla guarda relación con ese tipo de estructura melodramática bigger than life, con sucesivos episodios en los que su protagonista, Joey, el caballo, vive a lo largo de varios años, pasando por varios e instantáneos dueños, hasta resultar siendo héroe durante la Primera Guerra Mundial.
En este aspecto resaltado, el de trama bifurcada en varias historias enlazadas por la causa-efecto, Caballo de batalla se resiente un poco a la hora de poder llenar el alma de sus personajes de pasión, emoción y de grado de carisma necesario para hacer de la historia algo más perdurable: la mayoría son secundarios que se pierden en los pocos minutos que aparecen en una sosería más que neutra. Sin embargo, la historia de superación y reflexión en torno al sentimiento encontrado del ser humano y la naturaleza, los animales y como las contiendas bélicas provocaron que la innovación, fabricación e industrialización tecnológica viniera en gran parte propulsada por la necesidad de fabricar armamentística más poderosa, se encuentra planificada por Spielberg de manera ejemplar. Busca en cada plano una puesta en escena con emoción implícita, y si no lo logra del todo, es por el frenesí de personajes y vueltas de tuerca que el destino del viaje iniciático del corcel lleva a cabo de manera un poco precipitada.
Spielberg sigue siendo único a la hora de narrar esa emoción de los clásicos, de empapar el género de la aventura de ritmo y poesía (hay dos o tres soluciones de planificación que deberían estudiarse en cualquier clase de elipsis y ahorro narrativo), una final épico y hasta brutal -¿hay emoción más bien rodada y mostrada en el último cine de género que el ‘instante’ trincheras?- y termina por dar el do de pecho de su generación tributando a sus maestros, del mismo modo que J.J. Abrams ha hecho lo propio respecto a la generación de Spielberg.












Qué envidia, chico
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