‘En presencia de la ausencia’, obra narrativa y autobiográfica de Mahmud Darwix (1941–2008), está distribuida en veinte capítulos que se acercan a las doscientas páginas, llenas de lirismo y una melancolía luminosa y poética con la que se pregunta y reflexiona constantemente sobre el exilio, y un marco que nos adentra a los acontecimientos histórico-sociales de una tierra despojada de sí misma y de sus habitantes: hablamos de Palestina. Es la línea creativa y de vida que atravesó las coordenadas vitales de Mahmud que con siete años tuvo que abandonar Birwa, su aldea natal, al ser destruida por las milicias sionistas. “Mi patria es una maleta”. (p. 103) Ahí comenzó toda una andadura en el exilio, y por países diversos donde construyó su obra poética y narrativa, siendo un referente fundamental de la poesía árabe contemporánea.
Esta obra publicada en el año 2006 en Beirut, Líbano, y traducida por Luz Gómez García (ha traducido gran parte de la obra del autor), ha sido prologada por el poeta Jorge Gimeno, que también ha publicado en la editorial valenciana Pre-Textos, hasta ahora, dos libros de poesía con los que ha dinamizado la última poesía escrita por estos lares. El prólogo nos ayuda a situarnos y a descubrir la vida y obra de Mahmud Darwix. “Habíamos leído tantos libros que nos advertían del vacío que hay tras las cumbres que, aún no siendo del todo ajenos a la ansiedad de reconocernos en la dualidad, preferimos detenernos en las laderas” (p. 26).
Es un libro en el que la luz vence a las sombras clavadas del pasado. Tierra que no volvería a oler en muchos años. Sacude la memoria desde la honestidad y sin reprochar el legado a generaciones anteriores. El autor, desde la lejanía, rememora los elementos que le llevan a los ecos familiares. “Una cicatriz es un recuerdo siempre activo” (p. 34).
Mahmud hace tan presente el lugar de origen, sus olores, sabores, y dichos de la tradición Árabe cotidiana, desde la curiosidad del niño que no pudo crecer en aquellas paredes que le vieron corretear, y continuar observando el paisaje que tanto ansiaría volver a ver durante su exilio prolongado. “No hay tiempo de despedirse de nada caliente”. (P. 49)
Estamos ante un libro que, aunque de escritura narrativa, está impregnado de ecos poéticos, de versos, de un lirismo y una magia que nos arrastra a palpar la luminosidad de las imágenes, de las metáforas que (re)crea con el mundo animal. Sapiencia derivada del olor familiar y generacional, donde desgrana, palabra a palabra, toda una geografía luminosa, poética e infantil, creando una oda que cruza y atraviesa cualquier impedimento, cualquier separación o cualquier situación que, en este caso, marca la vida de cientos de personas que tuvieron que huir para no volver a ver más a sus familiares, vecinos, u otro atardecer en el patio de la casa donde dieron sus primeros pasos de vida. “El lugar no es una trampa cuando se hace imagen”. (p. 35)
Ejercita la memoria, el destierro, el pasado y el presente, transformándolos en un ideario menos maligno. El viaje de una historia que rezuma, que adquiere y sobrepasa el dolor, para poderlo contarlo, para poderlo transmitirlo, como hicieron con él, generación tras generación. “Desde hoy ni tú ni nosotros podemos seguir bajo los olivos, ni salir el sendero tiznado por la sombra de furgones militares que oímos pero no vemos. La noche es un megáfono”. (p. 49)
Nunca el exilio fue razón para algo tan poético, para un libro de obligada lectura que saciará la sed de quienes no encuentran cobijo suficiente en la poética, a la par de los seguidores de autobiografías; en este caso, marcada por el devenir de los conflictos de territorialidad en el Oriente Próximo. Memoria de la tierra perdida. “Permanecer es lo primero para existir”. (p. 83)
La nostalgia evoca un tiempo en el que los higos maduran lentamente, te enseña el recuerdo de tu infancia en tu país, las vistas desde una colina, y el olor a esa esencia. “La nostalgia es la conversación del ausente con el ausente.(…)Es la voz del viento.(…) La nostalgia es un olor”. (p. 133)
Al igual que con el exilio, en las páginas inmensas de ‘En presencia de la ausencia’ Mahmud Darwix simboliza y traduce en poesía con la nostalgia ofreciéndonos párrafos memorables, instantáneas a las que volvemos una y otra vez para interiorizar lo que nos quiere transmitir en cada rincón, impregnado de olores, imágenes y recuerdos de su infancia en su lugar de origen. El recuerdo de una vida que transcurre fuera de esas imágenes. Toda una vida rememorando una tierra y su olor. Toda una vida tras esos pasos que le llevaron a dejar atrás la memoria geográfica infantil. “La nostalgia es memoria selectiva de la belleza del paisaje”. (p. 135)
Darwix fue uno de esos escritores que ha hecho la escritura un ejercicio de cercanía, donde el pasado se transforma en presente, donde la memoria arraigada trasluce como un nuevo amanecer en la habitación de Birwa. “Los márgenes son ventanas al mundo” (P. 82). Escritor, que narra desde la herida, y que la convierte en algo hermoso, evocador, en un episodio naturalista, filosófico, de savia con el ser y el pasado que le arrojó de su tierra. “De la ausencia nació el pasado”. (p. 61.)
Este libro es la nostalgia de una estampa de la marca de una tierra en un cuerpo que no murió en él. La memoria histórica de heridas y ensoñaciones que quedan enterradas en esa infancia de la localidad del norte de Palestina. “Quien tiene tiempo de sobra está a salvo del miedo al instante.”











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