J.P. Zooey es un periodista desempleado que se convierte en el guardián de los escritos de su vecino Dizze Mucho. Un profesor universitario que le hereda un catálogo de “ideas menores”, según las cuales el origen de la humanidad podría develarse estudiando el lenguaje de los pájaros, el génesis de la vida no habría ocurrido en el agua sino por la electricidad, y la rotación de los planetas configuraría un código secreto. Dizze mantiene contacto por correspondencia con Oidas, su hermana que vive al otro lado del Atlántico y a quién le explica la serie de estrafalarios argumentos y teorías que ha heredado sobre el origen del mundo, la civilización y, por supuesto, el lenguaje.
A pesar de lo desgastado de los recurrentes ejercicios de metaficcionalidad donde el autor con heterónimo salingeriano deviene personaje y hasta menciona su primera novela (Sol Artificial, 2009), lo más inquietante de Los electrocutados es cómo se desmenuzan vulgatas académicas y, con un maligno sentido del humor, se parodian paradigmas teóricos con reminiscencias de ficción especulativa.
Sin embargo, J.P. Zooey sólo nos arrastra por estos sinuosos caminos para distraernos mirando el paisaje, y en el momentos más inesperado, hacernos estrellar contra una melancólica historia de amor:
“Dizze y Oidas eran dos planetas. Dos planetas que giraban uno alrededor del otro por un firmamento privado y secreto, como una pareja de vals en la glorieta de un parque abandonado por el futuro.” (p.74)
Así es como su segunda novela deviene una hilarante compilación de tratados científicos conspiranoicos a la vez que una triste novela epistolar donde asistimos con complicidad a la ejecución litúrgica de un tabú a la vez que un gran secreto familiar. El ritmo de sus derivas está marcado por eficaces pasajes donde entre la melancolía y el humor se cuela la poesía:
“El Speed Unlimited es una bebida que toman los masacrados por la experiencia. En mis caminatas nocturnas estudio el comportamiento de los desesperados y los desamparados. Los electrocutados. Tienen también un lenguaje esquilado, astillas de dientes atraviesan su lengua. Cristo tomó el pan y dijo: “Éste es mi cuerpo”. La copa en su mano: “Ésta es mi sangre”. En su última cena deseaba verse comido. A eso hoy lo llaman Gore. Las palabras lo están volviendo todo más ligero.” (p.16)
Y consideramos que aquí está su gran hallazgo, en esos pasajes brillantes donde armonizan el lirismo y la conspiranoia. Por eso, novelas como Los electrocutados hacen posible un mundo donde Kurt Vonnegut (autor referido en el personaje de Kilgore Trout) se hubiera dedicado a escribir la poesía etérea y satírica, un planeta ajeno a la necesidad de faraónicos argumentos, donde Philip José Farmer (también mencionado oblicuamente en la novela) y Thomas Pynchon renunciaran a las novelas-río, las ucronías y los disparatados complots universales para sólo dedicarse a redactar elegías y declaraciones de amor platónico.










