Literatura

‘Los Ensimismados’ de Paul Viejo

Por Alicia Guerrero Yeste 8 feb 2012 0
‘Los Ensimismados’ de Paul Viejo
    • Los ensimismados
    • Paul Viejo
    • Editorial: Páginas de Espuma, 2011
    • 136 páginas

Posiblemente haya que decirlo al comienzo, y no reservar esa afirmación para el punto de las conclusiones (algo que haría demasiado fácil y neutro el formular una conclusión sobre este libro y esta escritura): hay una inusitada brillantez en Los Ensimismados. Una brillantez que no sería cómoda retórica considerar fruto de una estricta voluntad de escribir con honestidad, siempre y cuando esto se pronunciase desde la conciencia de cómo señalar esa cualidad, aplicada a la escritura de Paul Viejo, podría correr el riesgo de constituir una insultante banalización. Porque la honestidad de su escritura no es una buena intención común, sino una fuerza dominadora e implacable, una intensa audacia (quizás inconsciente) de su inteligencia.

Es infrecuente experimentar, como lector, aquello que Viejo logra producir.

Lo más admirable que destila la escritura de Viejo es la falta de vanidad o de alarde sobre su inteligencia y su lucidez rebelde e incontestable, algo que parece un descrédito de la inteligencia, o contra lo que pueda ser lo-que-se-supone-que-es-la inteligencia, estar más allá de ella. Esto es lo que hace que cada uno de estos cuentos pueda proclamar su propia sustancia compleja, de lo incierto y lo contradictorio de lo auténtico – o lo verdadero. Ser procesos (cada cuento un diferente proceso) a través de los que (sobre todo por la latencia de esa idea de ‘autobiografía confusa’ con que este libro es subtitulado) se llega a creer que la verdad vive dentro y fuera de algo; que la verdad está inventada; que la verdad sólo puede inventarse o descubrirse en la invención y así saberla fútil y necia, pero sincera, miserablemente sincera. Que la invención es víctima de su propia sinceridad, y sólo vive o sobrevive (realizada o conscientemente imperfecta) en lo que sucede escrito, en ese error que es el ‘estado de literatura –como indica la cita de Rodolfo Fogwill con que Viejo abre la primera parte del volumen, y que colisiona – para hacer tambalear, no para negar- aquello que con precisión anticipando la esencia de los relatos que contiene el libro expresan sendas citas de Antonio Tabucchi y de Manolo García al comienzo de éste: la de Tabucchi, acerca de la misma ilusión que constituirían vivir y escribir y el fragmento de una canción de García, diciendo que se escribe para suplir la ausencia de lo que se desea que esté sucediendo pero no sucede. Pero, sobre este punto, convendría quizás recalcar la importancia de no asumir esto como un juego biográfico o intelectual por parte de Viejo, y muchísimo menos como una pose o un ambiguo enclave de seguridad que pudiera pasar disimulado.

Los Ensimismados es un libro sobre el cuento. Sobre el hecho de hacer un cuento y de estar en un cuento, en el que personajes (la interioridad del personaje, la autonomía del personaje, el cliché del personaje…)  voces, escenas…se perciben surgidas de la pelea con la complejidad de la escritura. También del efecto de la lectura, y también del efecto de haber asistido a una infinitud de narraciones (en la literatura y también en el cine) y de cómo esos efectos tejen algo en el fondo de la identidad y en los procesos de funcionamiento de nuestra mente y la explicación de nuestras emociones. También sobre la incertidumbre de la omnisciencia narrativa. Puede tomarse esa obstinación a definir de cualquier manera convencional el cuento que mantiene el narrador-protagonista de ‘Cada noche’ –incluso cuando esto se lleva a cabo mediante un relato donde se convierte en co-protagonista (y amante) a la hija de un escritor que tuvo una vida real- como la motivación crucial de Viejo y que se reconoce con particular claridad subyacente en gran parte de estos cuentos. La motivación que lleva a hacer de ‘No temas, Jack’ un fotograma en torno al que la reflexión sobre la trascendencia del instante en el derivar del relato esboza intensamente el argumento completo de esa historia, condensada en ese instante, ofreciendo uno de los relatos más perfectamente desarrollados del volumen -seguramente junto a ‘Derrapar’ y ‘Septiembre’-, que puede suponer al lector un impacto mental tan desconcertante e intenso como ‘Mis problemas con la ficción’. La motivación que lleva a otorgar protagonismo a personajes y argumentos cliché, para crear una narración que desdobla la ficción a través de la profundización en los propios tópicos del personaje, como en ‘Robert & Geena’; la disolución del personaje hecho de un ser real y un ser ficticio, como en ‘Todos han vuelto’, quizás también en ‘Cine Mudo’, donde palpitaría esa emoción sobre la devoción y necesidad de personajes, arquetipos del siglo XX mitificados y, simultáneamente, desmitificables que podría percibirse hacia algunos de los protagonistas de estos relatos, en los que el propio Viejo se convierte a veces, como en ‘Las correcciones’.

Los tres últimos relatos de la segunda parte conforman una secuencia emocional particular dentro del libro, donde esa honestidad de Viejo asume la vertiente de la ficción que surge de las ansias platónicas, del amor y el deseo que son o son hechas ficción desde una necesidad interna. Una necesidad interna que en sustancia es secreta, que se vuelve cuento por la conciencia de saber que únicamente será vivida y realizada en el cuento, y que Viejo afronta sin complacencias hacia sí mismo, desde la conciencia de que el cuento es un ‘hecho físico’ y ‘cuando uno escribe tiene que mantener presente en todo momento que aquello que narra no está sucediendo más que en la acotación de esos papeles’, como escribe en ‘Un cuento es un cuento es’.

Sin la posibilidad de conclusiones cerradas, únicamente -y sobre todo-  la de su autenticidad y la de la poderosa capacidad literaria de Paul Viejo, tan sanguínea como concienzudamente trabajada (en la escritura, la traducción y la crítica), permanece la posibilidad de lectura inagotable para cada uno de estos cuentos. La certeza de que se volverá a cualquiera de ellos cuando sea deseada o necesitada la sensación del misterio profundo que encierra el sentir que la vida –ilusoria y verdadera- se extiende dentro de la escritura y la lectura.

Foto: Daniel Mordzinski

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