
- Mano invisible
- Adam Zagajewski
- Traducción de Xabier Farré
- Editorial: Acantilado, 2012
- 96 páginas
La editorial Acantilado acaba de publicar ‘Mano invisible‘, un peldaño más en la obra poética de Adam Zagajewski y en el reflejo parpadeante de los vecinos y familiares, así como esa geografía de recuerdos y esencias de su lugar de origen que confluye y se origina con los aspectos arraigados en lo más profundo del ser y la memoria. “El amanecer siempre dice algo,/siempre”.
‘Mano invisible‘ fue escrito originariamente en 2009 y ha sido editado en enero de 2012 gracias a la labor de traducción de Xabier Farré. Adam nació en 1945 en Lvov, en la actualidad Ucrania, y como muchos de sus coetáneos se exilió en 1982 a París y posteriormente a los EEUU. En su haber tiene una extensa colección poética, ensayos y obra narrativa autobiográfica. Premio Europeo de Poesía 2010, Zagajewski, en su obra poética, se caracteriza por la finura con la que entrelaza el arte, la cotidianidad, el pasado histórico y una infancia que marcó el devenir de su persona y, posteriormente, en la construcción literaria que parte desde el lugar de origen al que, en muchos años, no pudo volver. “Escribir poemas es/(…) la protesta y el magnánimo perdón,/ dar todos los bienes, el arrepentimiento,/la concordia,/correr, pasear, la ironía, una mirada fría,/una profesión de fe, una dicción, tener prisa,/el llanto de un niño que ha perdido su tesoro más preciado”.
Adam Zagajewski escribe para recordar cuán duros fueron aquellos años marcados por totalitarismos políticos y personales, y escarbar en la belleza inaudita e inadvertida de lo que se dejó atrás. Así, cada poema supone una escena, un episodio, una fotografía, una huida que partió en Cracovia. A veces pienso que no existimos. “Sólo los otros existen”. Familias dispersas que no se quejaban del destino, el olvido entre tostadas y el café. Países libres que se quedaron solos. Caminos que no conducen a ningún destino posible. Los antiguos maestros y sus discípulos. “Los astronautas soviéticos afirmaban no haber encontrado/a Dios en el espacio, pero ¿lo habían buscado?”. Vidas contemplativas en cafeterías, donde, la oscuridad del pasado ensombrecen los pasos. Altares donde nadie reza, ya. El humor que hilvana la observación de obras griegas. “Vivimos en un abismo. En las aguas oscuras. En el/resplandor”.
El autor refleja la opacidad de los años cincuenta y la instrucción católica donde ansiaba la vida normal de la fotografía en color. Y llegaría el exilio, y París. Los años ochenta. “Qué bello es lo extraño, qué fría la felicidad”. Ciudades que perdieron sus secretos pero en las que perduran las plazas y las cafeterías donde poder buscar nuevos horizontes. Personas que no quieren recordar, que no saben qué hacer mientras la historia es un desencadenante de sucesos y tragedias. La memoria de lo que no se quiere entender. Ciudades que hablan la lengua de los humillados y domicilios familiares que se vuelven en espacios extraños.
En la construcción poética de Adam Zagajeski, no sólo impera el hilo conductor del poema, sino que, los pensamientos, el entorno contextual donde sucede cada momento adquiere relevancia por la belleza en la magnitud de las imágenes con las que nos traslada a otro estado, venciendo al silencio, y la quietud familiar y social. “Pensé que las ciudades no las construyen las casas,/(…) sólo las caras que se iluminan como lámparas”.
Habla también Zagajewski de la incertidumbre de la memoria y el cuestionar constante de la identidad a través de las pertenencias adquiridas y despojadas. La esperanza de transformación se tropieza en este libro con el avatar diario, esas tareas pequeñas y domésticas de los protagonistas que, a la vez, son reflejo de la historia inmediata. Las vistas de los ríos Garona, y Ródano, como los paseos por París, suponen un contrapunto al pasado, una continua búsqueda de los ausentes. “Has de saber que esperamos. Seguimos/esperando”.
Este autor tuvo una infancia en la que, como desmenuza en este libro, no conseguía que sus ojos miraran a sí mismo y no podía competir con la policía secreta. Terminó la revolución y una mano invisible comenzó a emerger. Es la mano invisible que todo lo atraviesa. Un pasado que retorna al presente. Una memoria que recompone los sucesos para que no vuelvan a suceder de la misma manera. “Éramos huérfanos porque el invierno/no nos dejó testamento”.
La mano invisible de Adam tiene la capacidad en convertir en verso memorable las instantáneas que captura. Mano abierta, mano cerrada. Desde la plenitud de la libertad y de la distancia aunque muchos de ellos, como el poeta, continúan sin saber en qué bando estaban. Qué es lo que había que celebrar y qué no. Estamos ante un libro memorable, ante unos poemas que nos devuelven la finitud perdida de los instantes, uno de esos libros que nos devuelve la fe en la poesía y una obra que sobresale, sin duda alguna, con brillantez, delicadeza y humor, y consolida a Adam Zagajewski como uno de los pocos poetas que se erigen y se mantienen en la cumbre de la poesía actual. Esto sí que es poesía, y con mayúsculas. Como él mismo escribe en en el poema K.I.G.: “Ese anhelo tenaz lleno de pasión que es/el murmullo de la gran poesía y que puede/también devenir/un paciente, silencioso himno de la vida”.











