
- La Vida Ondulante
- Ramón Eder
- Editorial: Renacimiento
Lo contrario de un mamotreto es un aforismo, o un libro lleno de ellos como este que ha escrito Ramón Eder, de quien tomo precisamente la definición. Y esta otra: “Un buen aforismo es un relámpago en las tinieblas”. Una frase breve y penetrante, ligera pero profunda, como las cultivadas por clásicos como Nietzsche o Pascal, pero que hoy también podrían encontrarse en Twitter (en dosis homeopáticas). En efecto, un buen aforismo es el twit perfecto.
No voy a insistir en que son buenos tiempos para la microliteratura porque ya lo han visto Savater, Trapiello y tanto otros, y también lo ha sabido ver la editorial Renacimiento con la colección “A la mínima”, donde aparece este último libro de un autor que se ha especializado en este género. Dedicado a otro poeta de la sobriedad (el donostiarra Karmelo C. Iribarren, con quien comparte geografía y algunos rasgos de estilo), La vida ondulante recoge aforismos nuevos y publicados anteriormente en sendas editoriales zaragozanas. Tomado de Montaigne, el envidiable título refleja perfectamente el contenido del libro, en el que las ondulaciones de la vida de un contemporáneo (cosmopolita y viajero, fresco pero sofisticado, curioso pero descreído y un punto socarrón), se reflejan en una pluralidad de notas que nunca se alargan más allá de tres líneas.
Uno junto a otro, estos aforismos son como una miríada de estrellas de intensidad mayor o menor, pero también podrían agruparse en constelaciones por afinidades temáticas: sobre hombres y mujeres, generacionales, metaliterarios, hispánicos (“En Madrid siempre le salían las cosas al revés, así que llamó a la ciudad Dirdam”), máximas de estilo (“Sobre todo, no ser pomposo”), autoayuda (“El presente es un regalo”, aunque este aparezca ya hasta en películas de animación como Kung Fu Panda), modestas observaciones de explorador (“Cuando se viaja en automóvil se echa en falta no saber más de botánica y geología”) y agudezas antropológicas (“Hay caras que parece que están traducidas”; “Dime con qué vocal te ríes y te diré quién eres”).
Como se sugiere en otro de sus aforismos, este es un libro serio, pero tan entretenido que es difícil tomárselo en serio. No por ello es menos necesario, pues “no sólo hay que ir al Templo del Saber, también es conveniente acudir a la Taberna de la Sabiduría.” Y siempre resulta ocurrente, ingenioso, elegante y sexy. Y un punto sexista: “Esas mujeres vestidas como Dior manda”, “Los filósofos son los hombres del Tiempo”; naturalmente, hay mujeres del tiempo y hombres vestidos así, pero el aforismo es un arte enteramente personal, en el que no cabe ocultar los propios gustos y disgustos. Cada uno nos ofrece un retrato de cuerpo entero.
También se dice en este que todo libro de aforismos debe tener “una docena que nos acelera el pulso”. A sabiendas de que quien se acerque al género sentencioso al mínimo descuido puede convertirse en un sabio de almanaque, tal como nos advierte el autor, y con la prevención de que “las máximas son como las chaquetas: pueden ser muy bonitas pero no irnos bien”, aquí van los doce que más han afectado mi ritmo cardíaco.
- Si no te mueres, van saliendo las cosas.
- La alegría nos hace invulnerables.
- Lo contrario de suicidarse es llevar una doble vida.
- Qué duro tiene que ser ser estatua.
- La vida consiste en utilizar bien las palabras “sí” y “no”.
- La valentía consiste en enfrentarse a fuerzas superiores ligeramente aterrorizado.
- Se miraron y tuvieron una niña.
- Nunca los esclavos han tenido tanta libertad como hoy en día.
- También es cursi tener miedo a ser cursi.
- Los escritores no sirven para nada, excepto para dar sentido a las cosas.
- Le acusaban de que no se mojaba y estaba con el agua al cuello.
- La única manera de superar una catástrofe personal es consiguiendo que nos mejore.
Esta es sólo una selección de las diez mil posibles, y todas estupendas. Si los aforismos son la homeopatía de la literatura, depende de cada lector o lectora encontrar su cocktail terapéutico, la combinación más adecuada de sabiduría mundana para cada momento. En cualquier caso, este libro no sólo proporciona un autorretrato del autor, pincelada a pincelada, sino también el fiel reflejo de una época tan rauda y fragmentaria como la nuestra. Como todo concentrado, conviene degustar estos aforismos en pequeñas dosis, para no acelerarse demasiado. Pero no olvidemos que, como dice este último, ya fuera de lista, “Todos los amores comienzan con taquicardias.”
Foto: Jesús Ferrero












La reseña perfecta. Gracias.
He jugado con la ventaja de poder leer antes la tuya, así que gracias también.