El amor que dispensa David Lynch hacia el sonido y los diversos modos de representación de la imagen ha hecho que en los últimos años su actividad artística, de cara al exterior, estuviese más enfocada a la composición y a la palmadita en la espalda de nuevos talentos de la escena musical independiente (con la estética que aportaban e introducían con ellos). Su álbum de estudio lindando entre la electrónica y la liturgia oscura y sus entusiasmos públicos hacia los descubrimientos de Zola Jesus o Lana Del Rey pueden depararnos lecturas de comportamiento secundarias, casi a nivel de subsuelo, que nos hablen por ejemplo de lo que realmente el cineasta de Montana pueda opinar sobre dos de los estrenos catódicos más estimulantes del pasado curso: American Horror Story y Enlightened.
En tiempos dónde lo siniestro y lo melancólico en la parcela de lo mainstream sólo parece acontecer en el romanticismo más soft de propuestas como Crepúsculo, dónde las selecciónes musicales de sus bandas sonoras no sólo hablan por si solas de la construcción de la atmósfera de todo el fenómeno sensible de su fan, sino que además quizás sea lo más interesante de sus adaptaciones cinematográficas: Florence and the Machine, Lykke Li o Metric; en el fenómeno entusiasta del aficionado, la aparición de nuevos éxitos musicales que tocan la fibra del sentimiento lánguido con tintes de oscuridad ligera parece indispensable asociarlos a estéticas bien marcadas en una subcultura concreta (aunque sólo sea que aparezcan como fondo sonoro de una película o una serie), además de tener un reconocimiento positivo por parte de un líder de opinión que redescubre ese nuevo factor que intermedia entre los medios de comunicación y las decisiones de las personas. Ya ocurrió cuando Antony Hegarty lo rompío con su I am a bird now y los Lou Reed, David Bowie o el mismo Lynch actuaron como voces influenciadoras. El director de Terciopelo azul, desde que produjo a principios de los 90 junto a Angelo Badalamenti el tema Falling para Julee Cruise, parece estar bien posicionado para otorgar credibilidad y entusiasmo hacia propuestas que tengan cierta afinidad sentimental con su universo creativo. Por eso comentábamos que escuchando su opinión sobre Zola Jesus o Lana Del Rey nos podríamos hacer una idea de lo que puede pasar por su cabeza cuando visiona American Horror Story o Enlightened. Jesus es como el pastiche siniestro forzado hacia la pervertida atracción que despierta el estado anímico de un psychokiller (en American Horror Story), mientras que Del Rey es esa mezcla explosiva de cordura y locura, de ángel y demonio, de chica buena sumisa al sistema pero que tiene todos los papeles para liarla y tocar fondo: tal y como le sucede a esa musa lyncheana que sigue siendo, con todos los honores, Laura Dern en un papel tan complejo y rico como el de Enlightened, intentar ser la chica buena aceptada por la organización, aun a pesar de estar más cerca de los freaks y de poder explotar de ira en cualquier momento.
Resulta complejo adivinar la verdadera esencia de un producto como Lana Del Rey. A día de hoy resulta difícil discernir de aquello que comentan los influenciadores y de la burbuja que se ha creado en torno a la neoyorkina con orígenes latinoamericanos, Elizabeth Grant -felizmente denominada con el mix que sale de aunar a Lana Turner y el coche Ford Del Rey-, y pensar que este hype represente dentro de la subcultura hipster tanto un recibimiento entusiasta lleno de aplausos como el recelo más despiadado. Lo evidente del caso es que Lana Del Rey ha logrado con los dos singles de adelanto (Video Games y Born to die) de su segundo álbum -el primero lo publicó con su verdadero nombre y no tardará mucho en ser reeditado- compendiar una imagen y una estética afín a unos tiempos convulsos y de nostalgia redentora, de malestar general: dónde existe tanto la resignación como la revuelta espontánea, o el temor de que nada vuelva a ser como antes y que todo pueda desmoronarse sin solución posible: “Pies no me falléis ahora. Llevarme a la línea de meta” empieza ronroneando lánguidamente y temblorosa en el inicio de su esperadísimo segundo larga duración, Born to die. Lo mejor de éste trabajo al que muchos han tildado de preparación exhaustiva en torno a una figura que parece ser prefabricada al milímetro, y que tiene sus mejores temas, expuestos uno detrás del otro, en la primera mitad del álbum es que todo responde a esa melancolía actual, a ese temor por la incertidumbre social, cultural y a esa especie de resignación y ganas de revolución latentes pero envasado concienzudamente en plástico y al vacío. Sin embargo, ese extremo fatalista y tan desconfiado de parte de la crítica no permite ver los inputs que almacenan unas letras plagadas de ese sentimiento de nostalgia por un tiempo mejor, que al mismo tiempo también recuerda un pasado dónde también hubo crisis emocionales y tiempos convulsos, de incertidumbre y de cambios: “Todos mis amigos me preguntan por qué me mantengo fuerte […] Cada vez que cierro los ojos, es como un paraíso oscuro” canta en Dark Paradise. Los videoclips y su rictus serio de pin-up esculpida como muñeca de porcelana, o de femme fatale que prefiere callar y plasmar sus sentimientos a través de miradas fijas de niña lánguida nos retrotrae a finales de los años cincuenta, al comienzo de la toma de conciencia de los grandes cambios sociales y del nacimiento de la contracultura, aún a pesar de que todo ello sea sólo un efecto colateral, que haya sido logrado de pura potra. Pero es que además, esa posible serendipia ofrece una voz que arrastra melodías y mece al oyente en un bucle de lamentaciones y de anhelos soñados.
Ese tono de oscuridad planteado al gran público de nuestra época viene de mano de unos inicios de tema que ya predisponen al estremecimiento y a una mezcla de siniestra languidez: ocurre con el comienzo de Blue Jeans, tan Lyncheano como evocador de postales de antaño (un country oscuro de voz tremendamente femenina), o el adentro al fondo de los recuerdos del subconsciente en Summertime Sadness. El pop con aura de foto con filtro Nashville, o ese soul que permite reflejar el estilo taciturno de una foto lanzada con Instagram, de una juventud desfavorecida emocionalmente, rozando la balada que podría esconder los sentimientos de la miembro más popular de un grupo de pandilleros. El R&B casi invisible derritiéndose con el enamoramiento de la María de West Side Story: infancia en coches netamentes norteamericanos y diseño más bien rectilíneo y la superación de una juventud urban art (uno de sus productores es Emile Haynie: Kanye West, Tinie Tempah, Lil Wayne). Doce temas que van a acompañar lo más sonado de 2012. Una producción que ha logrado una secuenciación y masterización de capas y capas que terminan construyendo y formando un aura hipnotizante que otorga al oyente el beneplácito de querer acostarse en la cama y ponerse los auriculares a todo trapo y dejarse llevar en soledad. Lana Del Rey lo tiene todo: superficialidad, artificio y sugerentes evocaciones y emociones actuales latentes. Botox, pose, melancolía, temor, sumisión al sistema y un puñado de hits tan memorables como esas fotos que, sí o sí, necesitan estar linkeadas en nuestro Twitter como único medio para exteriorizar una especie de morriña pop que nos tiene extasiados y resignados con todo lo que nos rodea.














Salvando las distancias Lana del rey seria algo asi como resulto ser Estopa en España. Una especie de mirada nostalgica y retro hacia la juventud de nuestros padres: para Lana son los 50-60 y los chevrollet, el ford del rey y el pop-soul y para los Estopa el seat 124 y Los Chichos.
Estoy absolutamente fascinado por ella. Y su disco es una delicia. Gran artículo, Migue, como siempre, eres un crack