Literatura

La hija del padre

Por G. Piqué 9 ene 2012 0
La hija del padre
    • El hombre que amaba a los niños
    • Christina Stead
    • Traducción de Silvia Bar
    • Editorial: Pre-Textos, 2011
    • 719 páginas

Esta novela de setecientas páginas ha sido seleccionada como uno de los diez libros del año para esta revista; desde hacía un tiempo, se publicó en verano, llevábamos detrás de ella, leyendo sobre ella en diferentes lugares. Había sido editada en la exigente colección de narrativa contemporánea de Pre-Textos, y llevaba la firma de una autora desconocida hasta el momento en España que falleció en 1983 y que publicó esta novela en los años cuarenta. Teníamos el título, el prestigio de la editorial y un halo de dureza, el ambiente áspero que todo el que leía la novela destacaba. Un metal frío que raspa.

Con los mimbres de un drama familiar extremo (maltrato infantil, psicopatía, miseria, enfermedad, desesperanza) Christina Stead escribe una novela de matices, incómoda y afilada. Un matrimonio que se odia a muerte, media docena de hijos que alimentar de aire, la miseria de un solo vaso en la mesa, una casa lejos de la gran ciudad, amantes, cianuro y la sangre de la pubertad. El lector, como señala Benítez Reyes en la introducción, quiere posicionarse a favor o en contra de algo y no puede. Porque Samuel, el padre, es un personaje raro, no un padre déspota. Es decir, es un padre déspota pero es tantas cosas más, algunas atractivas. Henrietta, la madre y la madrastra, que vive entre la cama, la enfermedad, el parto y un amante deshilachado, sufre pero también ataca desaforadamente. Y los hijos son  producto de la educación, del rechazo, del amor, de la caricia, de la bofetada y de la humillación de los padres, y se muestran a veces ladinos, a veces apenas víctimas. Más que decidir nuestro papel es el de asistir a algo, a nada en especial, la cocción lenta y dolorosa de una ruptura que se alarga en el tiempo: cómo vivir en el odio, cómo llamar familia a una trozo de falda que se engancha con todas las esquinas de la casa, con todos los clavos que nacen en las paredes: retrato de grupo de los jirones. Cada página se escribe como una vuelta más, es remover un poco, es mantener alto y vivo el fuego con la mano fría, el pulso enajenado: disponer todo ahí delante sin llorar, sin levantar la voz. Dejar que el libro transmita exactamente el sentir de los autores de la disputa, dar el respiro que se dan ellos, que son humanos, en sus peleas. Mantener a raya la emotividad es lo que hace de este libro una lectura incómoda: no se rompe el hilo, nadie grita cuando lo lee ni se aparta asustada: lees como quien lee, en un cuarto tranquilo, acerca de un estado de cosas. Y luego, desde la calma, te sobreviene la angustia, que es peor que el susto y que el lamento.

Además de por esta forma de matizar, esta tensión regular y calculada, creemos que la novela se erige en gran novela por la navegación sobre varios temas gruesos, importantes: la moral, la figura del padre, el lenguaje, la pobreza y la utopía, el destino, el espacio. Samuel Clemens Pollit es funcionario y no cree en Dios, pero todas sus proclamas y sus consejos y sus formas de mover los brazos son de pastor protestante de La cinta blanca y de cien películas más. Por qué. Por qué la dificultad de encasillar a este hombre, a este iluminado por Thoreau, a este monje franciscano que ama a la Humanidad hasta la náusea y que igual que adora al dios Naturaleza mata a un gato, y prácticamente por los mismos motivos, o mejor, con la misma motivación. La referencia a unas tablas de la ley, a la moral por encima de la apetencia, a lo que se debe hacer y al amor sin medida (ése es el veneno, ése es el veneno de este hombre) impregnan de viscosidad la cocina, los baños, los lugares privados y los jardines de esta casa, de los espacios de esta familia. A cada paso Sam te sorprende con sus resquicios, con su maldad acerada en la bondad natural, con su extraordinaria capacidad de manipulación: siempre hablando en voz alta, siempre dictando lo que hace, la inteligencia concreta que guía su voluntad, cuál es ésta vez la razón acertada que guía su actuación. Esa potencia moral que arrastra lo que encuentra a su paso, a no ser que salgas de la corriente de barro y trozos de tejado de uralita, campa con el poder que le da la paternidad (él querría ser esposo de todas las mujeres, padres de todos los negros y los blancos y los amarillos del mundo) por las casas y, sobre todo, por las cabezas de sus hijos. Se sale de la corriente Henny, la que es su segunda esposa y el útero que decidió un día escoger para continuar su misión en la tierra. Y se sale también de la corriente, cuando puede y durante el tiempo que le permite la falta de oxígeno (hay falta de oxígeno fuera, hay falta de oxígeno dentro), Louisa, la hija mayor, vástago proveniente del primer útero que mantuvo Sam, quizá un amor. Tanto Louie como Henny como Sam utilizan el otro pigmento o brea de la casa de la novela, el lenguaje. Precisamente ellos son los principales responsables, quizá como protagonistas absolutos de este libro, de que la palabra tenga tanta importancia aquí. Aparece como un arma, como un escudo y un disfraz, como una compañera, como la prueba de la imposibilidad del amor en la familia. Mil caras para un lenguaje que, traducido por Silvia Barbero, se estira en juegos de palabras, en referencias literarias, en onomatopeyas, en formas de nombrar, incluso en un lenguaje oculto creado por Lulu para explicar (en uno de los momentos de clarividencia total de la novela) el sinsentido de su corazón. No hay página sin cursiva, sin el retorcimiento de una palabra, sin que uno de estos personajes nombre a las cosas y a las personas de manera enferma o loca o aviesa. Mientras que para Sam el lenguaje es un arma más de manipulación y de enaltecimiento del ego, para Henny nombrar a Sam con sus verdaderos nombres es un respiro en la angustia, una grieta de cordura (mejor, un respaldo pequeño de su cordura particular). Para Lulu, la palabra es refugio: las metáforas, tomadas de sus lecturas, las citas de memoria que hace de obras clásicos, sus textos en el diario de sentimientos, el lenguaje inventado son casa. La casa del lenguaje a la que se refería hace ya unos años D. Martín Hidalgo. Las palabras comunes no significan, no ayudan a desentrañar el dolor que se siente. Para atacar, para defenderse o para ovillarse como una cría sin pelo se debe utilizar la palabra nueva, la onomatopeya, un lenguaje pegado al sentimiento y alejado lo más posible de la sociedad y lo estipulado.

El hombre que amaba a los niños es Samuel, pero este libro no narra la historia de Sam sino de una familia. De hecho, ni siquiera la responsabilidad de la educación de los hijos es sólo de Sam. Es brillante esta novela también en que la figura que se trata de radiografiar es la del padre/madre, y no la del padre. Ambos, padre y madre, viven como drogadictos, enajenados, con una especie de estado constante de sentirse superado por las circunstancias. No beben, no se drogan, pero su estado es ése. Los crees ver en una caravana sucia, tumbados en los colchones, con papel albal quemado por todas partes, cigarros, una rata terminando de rebuscar algo, el aire putrefacto de meses. Da igual que la realidad sea que Sam va al trabajo, que es un hombre con inquietudes culturales, con aspavientos ideológicos de cierta razón, que llega todos los días a comer a casa, que viaja al extranjero por motivos de trabajo, que es querido –un personaje de cuento infantil, Sam el intrépido- y al que se le valoran sus capacidades profesionales, que sabe cómo extraer todo el aceite a un pez, que es creativo, que reúne a sus hijos en torno con palabras cariñosas. La realidad de Henny tampoco es la una toxicómana: encerrada en su cuarto antes y después del parto, enferma de desesperación porque radiografía todas y cada una de la manipulaciones de su esposo y acierta, porque se siente sola hasta arrastrarse como una rata coja detrás de los amantes. Pero aún con esos cimientos parentales, y volvemos a la capacidad de matiz que inquieta en Stead, la familia anda: es que marido y mujer no se hablan jamás –si no es para pelear- pero se comunican con notas, es que pegan a sus hijos pero también que son acariciados por ellos, es que dan todas las que pueden de arena –a paladas- pero que también utilizan cal, con la mano izquierda, suavemente, convincentemente, cargados de razones y de verdad, las propias de su mundo, uno que la realidad de fuera nunca va a hollar.

La pobreza, la utopía, el destino. Como cuerpos que se mueven, o que se remueven y flotan en un cubo sobre el fuego, los personajes de El hombre que amaba a los niños tienen un estado y un destino, unas circunstancias y unos objetivos, el ahora y el hacia dónde. El ubi de esta familia es un personaje, un actante violento y omnipresente: la pobreza del que no vive entre cartones pero se asoma diariamente a ese abismo; del que no dispone de ayudas porque no es pobre de solemnidad, pero no tiene platos suficientes, ni tiene ropa que comprar para ir sin descosidos a la escuela, del que no tiene jabón con qué lavarse. Cada hora que pasa es un obstáculo, es pensar que no tenemos nada. Como en el hambre, los sentimientos están atravesados por el vacío del estómago; como en el dolor de cabeza, la visión de todo es gris, es oscura, es dolorosa. Cuando no se tiene qué comer se vive de deseos y se come la comida imaginada que ponían sobre la mesa los niños perdidos. Los deseos de Samuel son un mundo mejor, miles de niños, la comunión con la naturaleza, otra casa, la educación sin la madre. Para Henrietta, un mundo mejor es morirse de una vez, es que muera su marido, es matarse ella y todos los hijos, es dejar de estar enferma y tener dinero para comprar, es que su bebé tenga una habitación propia, una burbuja que le separe del infierno. Para Louie, la niña que quizá debería estar en el título del libro, porque es la que siente todo, la que digiere y la que responde, la utopía es ser actriz, es matar a los padres, es amar con las palabras que no le han enseñado, es escribir, es ser la madre que sus hermanastros no han tenido, o bien, es irse de casa: lograr que realmente no le duela nada si ella no quiere. Para Ernest, el hijo mayor, la utopía es que cuadren las cuentas.

Según las grandes narraciones –aquí como concentrada en una sala de estar, con el objetivo de la cámara agobiante tan cerca que choca con lo que filma como en la M/Other de Nobuhiro Suwa-, en la novela de Stead los hombres y las mujeres proponen, y el destino que es un ser ajeno y frío dispone; queda al lector intentar aprehender los sucesos, atender a los hechos, y mirar de soslayo el puño cerrado, las venas tensas del brazo en lo alto. Nadie va a apartar del fuego el aceite hirviendo, nadie debe dejar de asomarse y ver flotar los cuerpos cocidos vivos. Una vuelta más, una vuelta más.

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