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Hell on wheels: nace el “caballo de hierro”

Por Izaskun Gracia 26 ene 2012 0
Hell on wheels: nace el “caballo de hierro”
    • Hell on Wheels
    • Western, EE.UU., 2011
    • Director: Joe Gayton, Tony Gayton
    • Reparto: Anson Mount, Common, Dominique McElligott, Colm Meaney, Ben Esler, Eddie Spears, Phil Burke
    • 45 minutos por capítulo
    • Distribuida por AMC

Nos encontramos en EE.UU. en la década de 1860, poco después de que haya terminado la Guerra de Secesión y en plena construcción del primer ferrocarril transcontinental de este país, la que fue considerada la mayor hazaña tecnológica del siglo XIX, vital para el desarrollo de la industria y del comercio, y que se cobró numerosas vidas, además de contribuir enormemente a la destrucción de la cultura india de las grandes llanuras.

Aquí aparece el exsoldado confederado Cullen Bohannon (Anson Mount), que se une a la construcción del “caballo de hierro” para intentar encontrar a los hombres que asesinaron a su mujer y a su hijo y tomarse la justicia por su mano. Sin embargo, esto no será tan fácil como parece a simple vista y acabará –muy a su pesar– implicándose en más de una historia de la que habría preferido quedarse al margen.

Para que la situación sea todavía más complicada, nos encontramos con Thomas C. Durant (Colm Meaney), el empresario que ha invertido toda su fortuna en el ferrocarril y que necesita que su construcción siga adelante, cueste lo que (y quien) cueste; Elam Ferguson (Common), el líder de los esclavos recién liberados, que no acepta ser considerado inferior a un hombre blanco; Lily Bell (Dominique McElligott), viuda del topógrafo contratado por Durant, cuyo marido fue asesinado por los indios; y un grupo de secundarios de lo más variopinto (desde cazafortunas a prostitutas, pasando por un montón de indios muy cabreados) que contribuirán –o no– a que Bohannon lleve a cabo su plan.

No podemos negar que, a priori, Hell On Wheels promete muchísmo: historias de indios y vaqueros (que, reconozcámoslo, son como las historias de zombies: nunca nos cansamos de ellas), un protagonista atormentado, un montón de secundarios también atormentados o atormentando (que de todo hay), una buena ambientación, una buena banda sonora… y, sin embargo, no acaba de convencer.

La serie tiene ritmo pausado (lo cual está muy bien, si queremos dar cabida a todas las subtramas que tiene), pero en ocasiones da la sensación de que no ocurre nada y nos pasamos más de un capítulo –y de dos o de tres– dando vueltas a lo mismo, esperando que pase algo que tire de la trama. Las interpretaciones son correctas, pero algunos personajes son tan “de relleno” que no acabamos de saber muy bien a qué se debe su presencia, lo que también aumenta el sentimiento de no saber hacia dónde nos quieren llevar los guionistas.

Sin embargo –y por suerte–, hay que reconocer que, en los dos últimos capítulos, la serie despierta y la trama da un giro que sí, es verdad, abre nuevos caminos y nos deja la miel en los labios. Pero, ¿es esto suficiente? Habrá que esperar a que se estrene la segunda temporada para comprobar si la historia sigue por buen camino y da todo lo que se espera de ella o si, por el contrario y como temimos durante algunos episodios, se desinfla y se convierte en otro triste “quiero y no puedo”.

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