Con el pretexto del estreno de Millenium: los hombres que no amaban a las mujeres, o mejor aún, The Girl with the Dragon Tattoo, resulta tentador pronunciar la diatriba sobre el papel que Hollywood ha estado jugando durante los últimos tiempos en su maquinaria de producción y distribución cinematográfica. Las numerosas adaptaciones de best-sellers, revisitaciones de super-héroes y remakes de los géneros más trillados han provocado que dicho sistema acabe por explotar un filón, más que obvio y facilón, neutro y estéril. ¿Existe dentro de esta coyuntura tipo de estrenos un punto donde pueda crecer un atisbo realmente sorprendente, cautivador y memorable en el espectador que los visiona? El ejemplo de alguien que lea un best-seller, o un cómic popular, y vaya al cine a visionar la adaptación de dicha obra ajustada por el mainstream de manera mecánica, qué índice de sorpresa y auténtica exaltación aglutinará para saciar (o alimentar) sus inquietudes.
Pongamos dicho discurso en el otro lado del espejo: Casablanca (Michael Curtiz, 1942), basada en una obra teatral y dentro de la lista de los muchos proyectos en el que el sistema hollywoodiense trabajaba para producir en filón un cine artesanal, de género y con gancho popular. Pudo ser una película más, enclaustrada en la sub-categoría de la clase B, pero el milagro de que los hermanos Epstein, Howard Koch y Casey Robinson se ligaran de manera poco ortodoxa en el guión, y que la censura y los problemas de producción, más que un lastre, ocasionaran el milagro de la “experimentación” y la “improvisación” al límite, provocaron que la película terminara siendo tan angustiante y emocionante hasta en la enésima revisitación. Todo en ella sigue siendo sorpresivo y existe siempre el pensamiento en el espectador de que puede suceder otro final posible. Hay sorpresa, conmoción, desasosiego, impresiones a flor de piel e inquietudes varias macerándose. Qué tipo de asombro y fascinación de esta índole se practica hoy día por Hollywood (y otras cinematografías, como la francesa y su boom de adaptaciones de cómics patrios) cuando el público conoce de sobras la trama, caracterizaciones y la esencia central y se planta ante una adaptación en el cine explotada, que a veces ni siquiera sacia la dichosa condición del entretenimiento y la evasión.
Retomamos el tema entonces: qué admiración y qué tipo de alteración, inquietud y agitación puede nacer y crearse en el remake de una adaptación cinematográfica bastante insulsa y estéril como fue la Millenium sueca, basada en una novela de éxito mundial, y cuyos tejemanejes y estructuras interiores son conocidas de antemano por la mayoría de potenciales espectadores. En este caso: la existencia del único cineasta contemporáneo capaz de sintetizar y sublimar discursos ajenos para explorar los temores de la sociedad presente y marcar a fuego su estilo. Aquél que comenzó en la escuela propia de los realizadores de su generación: el videoclip; saltó al largometraje entrometiéndose en la tercera entrega de una saga ya mitificada por esas alturas (Alien 3); aceptó encargos varios que en otras manos podían haber acabado en el saco roto de lo común (Seven, The Game, La habitación del pánico); adaptó literatura de culto para plasmar una visión sobre la velocidad con la que circulan las filias y fobias contemporáneas (El Club de la Lucha); atacó el thriller situándose en el extremo de la dilatación narrativa angustiante (Zodiac); así como se acercó a una vida ajena para tratar el tema de los corazones desolados y la popularidad versus los tejemanejes económicos y empresariales que mueven al Primer Mundo (La Red Social). Para dar a comer aparte se halla el infravalorado y nada comprendido ejercicio de férreo, y al mismo tiempo, sutil pulso narrativo, de un cineasta posmoderno intentando desentrañar los mecanismos y códigos de todas las edades por las que ha pasado el lenguaje cinematográfico, en esa magna obra con tintes de David Lean que es El curioso caso de Benjamin Button.
Por todo ese bagaje que lleva a cuestas, Millenium, ya que tenía que ser, sí o sí, remakeada por Hollywood, ha tenido potra de toparse con David Fincher y, por qué no reconocerlo, con gran parte del equipo que le acompañó en La Red Social. Si el casting de la película es uno de los más acertados que se recuerdan en este tipo de producciones –parece ser que ocurre lo mismo que con la adaptación de la novela: uno se sabe de sobras la trama, uno reconoce de sobras muchos de los rostros que aparecen en pantalla, pero aún así aparece cierta suerte de turbación, pero aún así esos rostros conocidos parecen haber sido creados adrede para cada uno de esos personajes-, la escritura del guionista Steve Zaillian, así como la planificación de Fincher obvian la intriga convencional de la novela de Stieg Larsson para poner el foco y la atención en Lisbeth Salander, qué reconozcámoslo, es lo único memorable de la trilogía Millenium. Ese pequeño acierto: el pasar de los asesinatos y hacer hincapié en la turbadora y siniestra chica de los tattoos y el portátil a cuestas, provocará cierta agitación incluso en aquellos que vayan al visionado con la trama bien aprehendida.
De cierta forma, la película de Fincher termina siendo tanto imperfecta y regulera si se le compara a otros hitos del género, como imposible pensar que pueda existir una adaptación que la supere (y esperemos que el resto de trilogía no se separe del cineasta de Denver). Para fetichistas audiovisuales y degustadores a los que no les importe que haya momentos en los que la trama flojee (el tramo inicial con Daniel ‘Mikael Blomkvist’ Craig sin su Rooney ‘Lisbeth Salander’ Mara –por cierto, esta actriz interpretó a la chica que rompe con Zuckerberg en la primera secuencia de La Red Social), pero sepan apreciar instantes de órdago como las dos violaciones a la Salander, brillantemente planificadas para buscar un maniqueísmo fascinante y revelador, así como los titubeos de esta vampirizante hacker por pasillos oscuros, calles plagadas de nocturnidad y transportes subterráneos, el último ejercicio de estilo de Fincher en torno a lo siniestro y lúgubre saciará de todas, todas, la necesidad de llevarse consigo algo fuera de lo común, algo sorpresivo o turbador de lo que podría esperarse en primer término de este remake.
Podríamos hablar de El silencio de los corderos del nuevo milenio, de Twin Peaks metalizado y plastificado, de Cronenberg y de decenas de referencias de misma índole, pero serían palabras envasadas al vacío. Fincher, al igual que la protagonista suprema de su último largometraje, hackea vidas ajenas, se apropia de creaciones lejanas que las hace propias y logra que como espectadores todo nos parezca distinto e inédito. En su vena autoral como cineasta, plasma una vez más que es el único que tiene el imán para sublimar los patrones de búsqueda básicos del sistema hollywoodiense actual sobre adaptaciones, revisitaciones y modelos de cine a producir en serie, almacenando en su persona un algoritmo congénito rebosante de engranajes visuales, focalización, ocularización y planificación intransferible, a la hora de ponerse a rescatar géneros, modular adaptaciones de obras o vidas ajenas y contaminar la emoción implícita de los clásicos en un estado post-mortem, siniestro y lúgubre reflejo de nuestra crisis de identidad social, estilizándola y enfrascándola. Sacó esa alma y esa personalización en cada plano de La Red Social y estoy seguro que hasta se lo puede sacar a cada uno de los tentáculos que atacarán al Capitán Nemo en su esperadísima revisitación del clásico de Julio Verne: Veinte mil leguas de viaje submarino. Y seguramente, con él en la dirección dará igual que sepamos de antemano cual será el discurrir de la trama.













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¿Película “regulera”? Es un peliculón, hombre. Pero tranquilo: ya tendrás tiempo de verla alo largo de este lustro y comprender que es una absoluta obra maestra.