
- Los descendientes
- Drama, EE.UU., 2011
- Director: Alexander Payne
- Reparto: George Clooney, Judy Greer, Matthew Lillard, Beau Bridges, Shailene Woodley, Robert Forster.
- 119 minutos
- Distribuida por Hispano FoxFilm
- Estreno en España: 20 de enero de 2012
Según la Wikipedia -esa enciclopedia “humana”, más extensa de la historia, que se ha puesto de luto últimamente por lamentar que nuestro legado cultural pueda salir perjudicado- fideicomiso o fidecomiso es el contrato o convenio en virtud del cual una o más personas, llamada fideicomitente o también fiduciante, transmite bienes, cantidades de dinero o derechos, presentes o futuros, de su propiedad a otra persona (una persona física, llamada fiduciaria), para que ésta administre o invierta los bienes en beneficio propio o en beneficio de un tercero, llamado fideicomisario.
El fiduciario, por tanto, es aquella persona física o moral encargada de un fideicomiso y de la propiedad de los bienes que lo integran, cuya responsabilidad limita con postulados de justicia y normativas, pero también con algo que late más bien del interior, de las vísceras y del alma, un cierto cometido hacia el deber moral, hacia ese impulso que nos arraiga a la familia y al legado de la tierra madre.
El Matt King de Los descendientes, la esperadísima vuelta al cine de Alexander Payne tras siete años de sequía como director de largos, es algo así como uno de los muchos pequeños eslabones humanos que hacen falta para que nuestro planeta y nuestra extinta sociedad del bienestar no se vaya definitiva e irrevocablemente al garete. Aún a pesar de sus desgracias, sus tragedias, y también de su cuenta corriente inyectada de millones y su aura de ciudadano exitoso del Primer Mundo (no olvidemos que la mirada en la historia se focaliza desde lo masculino y desde el eslabón social más alto, en el que se hallan aquellos pocos que montados en el dólar, controlan a todo el resto) le planta cara al vacío existencial, al sinsentido de muchas acciones y tradiciones sociales, y accede a vislumbrar una posible redención interior superando diatribas de responsabilidades ilógicamente justas (de justicia legal), y materiales, ávaras, déspotas. En el fondo, observar durante dos horas las desventuras y el melodrama (con sutiles píldoras graciosas) del personaje personificado en un George Clooney de lo más emotivo y franco, es algo así como repasar las pequeñas maldades que hacen de este mundo (de nuevo, el Primer Mundo) peor, y aquellos nobles matices que lo hacen especial.
Visionando Los descendientes, la historia de un hombre con arraigo en tierras hawaianas (occidentales e indígenas) que debe asumir su papel de padre tras años de absentismo, además de retomar su pasado de frente, con enfermedades y legados billonarios de por medio por superar, uno se pregunta qué cantidad de espontánea y humilde dosis de franqueza hacia nosotros mismos y respecto a la realidad que nos atrapa alimenta el cine coetáneo. Y sin tapujo alguno: qué película del cine actual le inyectarías por vena a un extraterrestre de visita por la Tierra para que comprendiese de un plumazo nuestra razón de ser.
El río, dirigida a principios de la década de los 50 por Jean Renoir, podría ser esa película idónea para exhibir a un alienígena con imperiosa necesidad de comprender el primer enamoramiento y el trayecto agridulce del amor, la melancolía, el encuentro con la infancia y la vejez, y con la súbita muerte, la jerarquía de clases y la sencilla magnitud de la naturaleza. Por su parte, Los descendientes, podría ser una de las pocas firmes candidatas a conllevar tal responsabilidad de legado cultural a día de hoy. Aún a pesar de que no se vislumbre con total claridad toda la gama de grises que su personaje principal acumula en sus espaldas, con riesgo de acabar ocasionando un retrato demasiado beneplácito de su persona, sí que es verdad que la película engloba en este Matt King toda una serie de impresiones que prestan atención a capturar los detalles de la vida de la clase alta occidental, y la de la ociosidad o los placeres inocentes: cómo deleitarse surfeando o comerse un Haagen Dazs en el sofá, viendo la televisión y en familia (los planos con los que se abre y se cierra el filme).
El único personaje que en Los descendientes propulsa y une todo en una especie de mirada transnacional para mostrarnos un mundo local pero con presencia en lo global, es una mujer sumida en un coma profundo, al igual que la muerte de un pequeño en El río es el catalizador de enseñar a valorar el ciclo infinito de la creación y la destrucción: lo que anticipaba Renoir en esa historia de familia británica en la India colonial es toda una realidad presente y desfasada por la voracidad del paso de tiempo en la película de Payne. Mientras Renoir utilizó la India como paisaje en el que confrontar ficción y documental y así formar un todo de narrativa e impresionismo, Payne utiliza Hawái como metáfora de un amor dolorosamente perdido, rozando mínimamente los planos de postal.
La calma y la sencillez del análisis habitual del director de A propósito de Schmidt se hallan aquí libres: tanto en la madurez depositada en la voz en off del inicio de la historia, para rellenar de profundidad y cuerpo a la trama, como de su capacidad para mantener a raya (como un fiduciario moral del legado de la historia) la catarsis lenta pero sin descanso que mana de los protagonistas de todas sus películas, así como de esa resignación “feliz” en la que suelen desembocar sus relatos. Antes mencionábamos la existencia de cierta ausencia de datos relevantes en torno al pasado más interior de Matt para acabar de juzgarlo del todo como se juzga a su compañera en el lecho, pero el cine de Payne está atravesado de cierta predisposición a acercarse mucho más al territorio femenino. En Los Descendientes, su búsqueda de comprensión del alma mujeril se engloba en la hija mayor, una Shailene Woodley que sugestiona por acercarse a una especie de fragilidad, pero con carácter, de unas jóvenes Debra Winger o Diane Lane. Su personaje equilibraría la debilidad de la Laura Dern de Ciudadana Ruth (la ópera prima de Payne) y la sensatez de Virginia Madsen en Entre copas (su anterior trabajo como director).
Junto a esa pequeña delicia que pasó casi inadvertida hace tres años, y que resultó ser Las horas del día, de Olivier Assayas, Los descendientes es una de las pocas películas que en los últimos años nos habla de manera directa y transparente de la muerte, el paso del tiempo, el valor del recuerdo, así como el poder de lo tangible y material, del valor del objeto en sí mismo para mover las emociones y los actos de todo un ser humano, una familia, una sociedad y varias generaciones interconectadas en torno a lo material de un legado y una herencia.
Alexander Payne vuelve con el mejor fondo posible, con su humor audaz más sutil y profundo que nunca, y con una subterránea y amarga historia de amor auténtico, y para nada idealizado: sabe que las cosas personales no son para mostrarlas a los extraños, pero pone a prueba a un padre suplente, a una familia adinerada en quiebra, y a la última parcela de tierra hawaiana virgen y nos muestra a la institución familiar como un archipiélago donde todos son parte de un todo, pero separados y lentamente aumentando esa separación. Sigo teniendo como favorita la mala uva que hizo rezumar en Election, pero reconozco que Los descendientes tiene una voluntad por acceder a nuestras miserias y nuestras bondades, así como de acercarse a la capacidad del cine por capturar el sentido de la corriente continua de la naturaleza, la vida, los rituales (en este caso burocratizados y normativizados, nada de exotismo) y los sentimientos llenos de prejuicios a la hora de buscar el perdón y sacar la fortaleza para decir adiós al amor y al dolor, que no tiene nada de interés y de aventurado profetizar su claro (y merecido) triunfo en los próximo Oscar.















