Iván Humanes (España, 1976) es un entusiasta del ajedrez, escritor y crítico literario; ha publicado los libros de relato La memoria del laberinto (2005), Los caníbales (2011), la novela La emboscada (2010), el poemario Taxidermia (2010) y en coautoría los volúmenes Malditos: la biblioteca olvidada (2006) y 101 coños (2008). Es también colaborador habitual de revistas como Sibila, Literaturas.com, La comunidad inconfesable y Crítica, y ha participado en las compilaciones A contratiempo (2009) y El libro del voyeur (2010), todo ello, según se sabe, por amor a las letras. En sus ratos de ocio, Iván Humanes ha sido visto merodeando cafetines de mala reputación y rings de boxeo, lugares donde al parecer ha quebrado unas cuantas mandíbulas. Y hoy, aunque el camino del pugilista sea arduo y sacrificado y más trascendental que responder a este interrogatorio, Iván, incondicional como siempre, ha preferido ponerse en una situación incómoda.
Esta pregunta, apreciado Iván, intenta armonizar las fiestas de fin de año con nuestra columna. En una pelea a muerte entre Papá Noel y los Tres Reyes Magos, ¿quién crees que ganaría? Desarrolla tu respuesta.
Yo tengo una fe ciega por los Tres Reyes Magos. Tenga usted en cuenta, señor Salvador Luis, que los Tres Reyes Magos cuentan en sus filas con el Sr. Rubio. De hecho, estoy casi seguro que Tarantino se basó en él para su Reservoir Dogs. Gaspar, en vulgaris, es cruelísimo y sabe hurgar en las tripas como nadie. El gordo de Noel y su Coca-Cola no le llegan ni a la suela de la babucha de Baltasar, el Sr. Marrón para más señas. Es cierto que el Sr. Blanco es un tipo honesto y tiene principios, no es un matón cualquiera, pero dispara de lo lindo. Además, los Tres Reyes Magos tienen como base el Evangelio, un libro oculto y malinterpretado que otorga poderes y es fuente de las más maravillosas perversiones. Es una lucha desigual a primera vista, aunque Papá Noel sabe de armas, y mucho, fue encargado en la buena época de Walmart, como bien sabrá, y eso siempre deja un poso de violencia muy apreciado entre las casas de apuestas. Habría que ver, pero me quedo con la tradición histórica y sanguinaria de la monarquía.
Yo en realidad me hubiera inclinado por Papá Noel, ¿sabes? Una panza como la suya debe encerrar al menos un lanzagranadas desmontable… Bueno, sé de tu pasión por la obra de Fernando Arrabal y David Lynch –personajes de película ambos, en mi opinión–. Apoyándonos en sus respectivos catálogos de otredades, ¿dirías que eres un “caballo loco” o una “cabeza borradora”? Y por favor explícaselo a nuestro público porque entiendo que todavía hay algunos que piensan que Steven Spielberg hace buen cine.
Iré como un caballo loco (Arrabal) es excéntrica y deliciosa, para chuparse los dedos. Cabeza borradora (Lynch) es perturbadora y sublime. Las dos películas son una debilidad para mí. Pero, ya que me pregunta por lo que soy, sí que es cierto que Cabeza borradora se acerca más a mi maravillosa existencia. Cuando vi el filme por primera vez me sentí muy honrado, inmerecidamente por supuesto, pero supe que Lynch decidió filmar sobre mi vida. Es evidente que son momentos, instantes determinados, los que me sumergen en una continuidad borradora, pero son los suficientes como para odiar, no comprender, sufrir de presión craneal constante y ver el revés de las cosas, todo en negro. David Lynch en Cabeza borradora nos ofrece el negativo de lo cotidiano, le da la vuelta absolutamente a todo y deja que entremos en ese universo que, aparentemente, no se ve y va por debajo de nuestro recorrido, pero, amigo, cuando surge, cuando toda esa espuma rebosa y aparece, es terrible, uno ve, por fin ve. Y luego vuelta a la normalidad. Lynch es un visionario. Me compadezco de aquellos que tienen esta visión constante. Pobres. Malditos. Con respecto a Spielberg, pues bueno, hablamos de otra cosa. No tiene ni una pizca del genio que tiene Arrabal o Lynch. Lo justifiquen como sea.
No puedo estar más de acuerdo contigo, incluso hasta quisiera aplaudirte. Pero toquemos de una vez, si no te molesta, el lado literario. Acabas de publicar el volumen Los caníbales (Libros del Innombrable, 2011), un conjunto de relatos que catalogaría como la conjunción de lo matemático, lo fantástico y lo mitológico, y aunque todo eso suena a refrito de Buzzati, Borges y Poe –y aunque haya en tu libro un carnicero que corta la carne recitando pasajes de Poe– sé que eres lo suficientemente sabio para no renegar de tus antecesores. Eso, Iván Humanes, lo admiro, y por eso me gustaría preguntarte por qué prefieres situarte en esa tradición en una época en la cual muchos impúberes prefieren discurrir sobre gente que folla o sobre gente que no folla pero quisiera follar…
Cuando escribo no me pregunto sobre la tradición ni sobre qué debería escribirse. Sí que me preocupa el tratamiento formal, obvio, porque ciertamente no puede renegarse de la época, y apoyo y me congratulo de ciertos experimentos. Pero cuidado, creo que hay que regresar al experimentalismo de los setenta, y si me apura de los veinte, para rescatarlo, traerlo aquí y luego interpretarlo con las nuevas herramientas, enfoques, etc. Eso se ve muy claro en cortos como Alphabet de Lynch o Leo es pardo de Iván Zulueta, rodados a finales de los 60 y los 70 y de una actualidad tan rabiosa que ni siquiera hoy es comprendida (ni superada). Una vez dicho esto, le sigo diciendo que no escribo en atención a ninguna moda, ni al verbo follar, escribo en atención a lo que soy, a cómo soy, a los modelos que he tomado como válidos y cercanos, que me sacuden, y a lo que me apetece escribir. Y lo actual no viene dado por la subversión porque toca ser subversivo sino porque uno está, interiormente, convencido de esa subversión. Si le he dicho al principio que sí que me pregunto por el tratamiento formal y su adecuación actual le confirmo que la innovación también está en el punto de vista sobre las situaciones narradas, y ese punto de vista, la perspectiva, combinado con el tratamiento del lenguaje es lo que me interesa. Y claro, ahí tiene a Kafka, Cortázar, Espinosa, Luis Martín Santos, Queneau, Vallejo, Calvino, Buzzati, buf.
Una biblioteca de célebres y un banquete en sí mismo, con bodega de vino incluida. Pero volviendo al tema Arrabal, Iván Humanes, ¿cuánto darías por un beso del maestro: lengüetazos, saliva, toda la cosa pues?
Primero, usted supone que el beso no se ha dado. Error. En caso de que se hubiese dado no me especifica en qué plano, si el real o el onírico. Bien. Y además, ¿por qué acabar con la lengua pegada al maestro si lo que a lo mejor nos interesa sobre todas las cosas es el amor casto y puro? Más allá de esta cuestión escúcheme una cosa: a Fernando Arrabal no se le conoce en España, sí, por la televisión y esas historias, pero no se conoce ni una pizca de su obra, si se parasen a leer sus obras de teatro y novelas otro gallo nos cantaría. Bueno, entonces no sería España. Es cierto, olvídelo.
Lo olvidaré, eso y la imagen del amor casto y puro entre Arrabal y tú (lo siento, acabo de comer un döner kebab con queso de cabra y no necesito que me revuelvan el estómago). Antes de irnos, y antes de que digan que no te lo pregunté, dime una cosa ¿qué perspectivas de vida tienes para el 2012 teniendo en cuenta que, de acuerdo con las últimas profecías de un conocido chamán, tu pueblo y los tuyos serán los primeros en soportar la furia de los dioses?
En el plano personal espero aterrizar en la dulzura del inframundo de mi cabeza borradora. Al menos el tiempo necesario para escribir algo, poemas quizás, ahora es lo que me apetece. Y el dolor es el espacio ideal para la creación. Digan lo que digan. Al menos es mi motor. Y de dolor vamos sobrados. En cuanto a la furia de los dioses hay que matizar. La furia política ya se viene dando, que no deja de ser furia tardocapitalista, así que en este asunto no habrá novedad alguna: tendremos más y de lo mismo y gente segura en sus casas afeitándose con navaja en áspero cuello cada día. Y como fin del mundo, punto y final, tengo mis esperanzas puestas en el CERN y el Gran Colisionador de Hadrones en Suiza; es posible que el hallazgo de la partícula de Dios sea el inicio del fin de todo, al menos del secreto. Llámeme agorero. Aunque prefiero que me llamen por mi nombre, o en su defecto: hipocondriaco.











