Parece mentira, pero en la década de oro de las series de televisión se había quedado huérfana una casilla de ficción por la que apostar. A la hora de hallar ficciones que narrar, el concepto literal de cuento había aparecido de forma velada. Tampoco nos quedaba tan lejana la época en la que Cuentos Asombrosos recapituló Twilight Zone y en la que las navidades catódicas de la década de los ochenta se amenizaban en la televisión pública con la lumbre de El Cuentacuentos, presentada por un John Hurt memorable; o cuando el fascinante Teatro de Cuentos de Hadas presentado por Shelley Duvall alumbraba la imaginación impúber a través de recreaciones de poco menos de una hora de cuentos populares interpretados por estrellas, dirigidos por cineastas como Francis Ford Coppola o Tim Burton y con direcciones artísticas inspiradas en autores como Gustav Klimt o Norman Rockkwell.
Uno de los lanzamientos más sonados para este otoño era la producción de ABC Studios, Érase una vez, creada por dos de las cabezas pensantes de Lost: Edward Kitsis y Adam Horowitz y que parecía estar creada para aguar la fiesta a uno de los proyectos de NBC: Grimm. Parece ser que el conglomerado empresarial que preserva la ficción estadounidense, como tantas veces ocurre, se ha decantado al unísono por explotar el filón de una casilla genérica particular que hacía tiempo que no se comercializaba: lo mismo ocurre con el caso de Blancanieves, de la que veremos varias adaptaciones diversas a lo largo del próximo curso cinematográfico.
El episodio piloto de Érase una vez deja boquiabierto al que tenga alguna duda sobre si la propuesta ande fosilizada, o no, de inicio. No porque tenga rasgos innovadores en su proposición –más bien es un batiburrillo cogido por los pelos y visto por enésima vez-, sino por su capacidad de ir al meollo de la cuestión de manera harto ahorrativa, tergiversar el concepto (peyorativo) de “ocultar mostrando” que Pierre Bourdieu puso en cuestionamiento en más de un ensayo sobre la ficción y la información en la televisión, y por su traslación a pleno siglo XXI de los fundamentos tradicionales del ethos y el pathos latentes en la tradición oral, narrativa y discursiva del cuento, así como su flexibilidad para amoldarse y fundirse frente a cualquier época, estrato social o demográfico.
La historia de Emma Swan (Jennifer Morrison, o Dra. Allison Cameron en House) durante su viaje “a través del espejo” que deforma su vida, hipotéticamente real, insípida y solitaria como “detective” que va a la caza de estafadores que no pagan sus deudas y que vive con el estigma de haber tenido que criarse a solas, sin haber conocido a sus padres biológicos, se volatiliza cuando un niño sabelotodo y perdido en la gran ciudad consigue engatusarla para que le lleve de vuelta a la población en la que vive, convencido de que ella es la pieza clave para que sus misteriosos habitantes despierten del letargo de una vida más que sospechosa. En la villa de Storybrooke, observaremos que éstos siguen las pautas de comportamiento de un libro de cuentos que atesora el chavalín y, mientras tanto, el ritmo trepidante del capítulo cero de la producción nos va mostrando paralelamente la historia de la “muerte” y resurrección de Blancanieves en la tierra de los cuentos de hadas: dónde Geppetto o Campanilla se reúnen para intentar armar la estratagema que pueda vencer a la tiránica venganza que trama la malvada Reina frente a su fabulador espejo mágico.
El pretencioso mix que enmarca la estructura fundamental de la trama (con esas ramificaciones narrativas en paralelo: la real y la del cuento) suenan, y se contemplan, como clichés e ideas sobadas, pero te mantienen pegado a la pantalla sin momento de respiro, y quizás sea por la facilidad del realizador británico Mark Mylod a la hora de abrazar lo más absurdo (tiene carrera al respecto con Ali G o Entourage) y visualizar en puesta en escena el intento cogido con pinzas de los paranoicos, y citados al inicio, Kitsis y Horowitz (con otro Lostiano en la sombra: Damon Lindelof).
El piloto cumple sus funciones: engatusar y no dejarte sin ver el siguiente episodio. Y ahí parece radicar el mayor problema de Érase una vez: su continuación episódica. Su dificultad para seguir hilvanando una narración sin fricciones, con aparente ligereza y rapidez expositiva, a medida que se intenta enlazar y resolver todos y cada uno de los muchos enigmas que se manejan, pierde fuelle y capacidad de enganche. Donde el piloto te sujeta, el siguiente te sugiere matices de fatiga. La serie sigue su rumbo tocando varios palos en los que el melodrama (lo más moralizante y tedioso de la propuesta), lo fantástico (un pueblo a medias entre las comunidades de Eureka, Doctor en Alaska o incluso Mujeres desesperadas o Twin Peaks) y la oda al cuento clásico, te tiene intrigado por si la maquinación cerebral de sus guionistas se sacan el verdadero as de la manga.
Sin embargo, salvando las distancias, ocurre lo mismo que con la falsa revolución que supuso Shrek para la animación, y el espectador nostálgico se da cuenta que no existe apenas la emoción de aquellos seriales donde el cuento se hacía amo y señor de la imaginación volatilizada en cuarenta minutos, o incluso menos.












a mi me parece una serie genial. con una base conocida pero al mismo tiempo innovadora!
Yo creo que la serie es entretenida, sin más. Me parece que está muy desaprovechada y que tanta dulzura y previsión de final feliz (aunque es lo normal, tratándose de Disney) llegan a agotar.
[…] “CRITEO-300x250”, 300, 250); 1 meneos Érase una vez la mayor chorrada mejor contada http://www.koult.es/2011/12/erase-una-vez-la-mayor-chorrada-mejo… por russ_black hace […]
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Pues es la única serie que ha conseguido que este delante de la tele más de 40 minutos…