Cine, Críticas

Drive: ¡Bravo samurái!

Por Migue Muñoz 29 dic 2011 1
Drive: ¡Bravo samurái!
    • Drive
    • Drama, Thriller, USA, 2011
    • Director: Nicolas Winding Refn
    • Reparto: Ryan Gosling, Carey Mulligan, Ron Perlman, Christina Hendricks, Bryan Cranston, Oscar Isaac, Albert Brooks
    • 102 minutos
    • Distribuida por Buena Vista International Spain
    • Estreno en España: 28 de diciembre de 2011

Quienes creían que a estas alturas del año ya estaba todo el pescado vendido: estrenos recientes como The Artist, El Topo o Le Havre son capaces de dinamitar cualquier lista prefigurada del mejor cine de 2011. Nuestros compañeros del colectivo G.Piqué ya nos lo advertían en Koult hace unos meses cuando repasaban las jornadas del Festival de Cine de San Sebastián. A tres días de despedir la temporada, el final de curso nos depara la que posiblemente sea la mejor experiencia cinematográfica del año.

Drive, del danés Nicolas Winding Refn, es aquella película que da rabia visionarla por lo perfecta que es en su plástica y fetichista iconicidad visual. Da tanto gusto contemplarla como asco ocasiona de lo buena, bien pensada, concienciada y fabricada que está: filme perfecto donde permanece rotundamente enclavada la fantasía del “me gustaría haberla hecho yo”.

Cuando creíamos haber atrancado 2011 con la idea de que los Coen habían consumado el mejor western de los últimos tiempos y Winter’s bone o Meek’s Cutoff se habían apoderado de la esencia posmoderna del género cinematográfico por antonomasia, Nicolas Winding Refn accede al mando de la poderosa sublimación del código subgenérico mitificado por el Clint Eastwood de Infierno de cobardes y El jinete pálido: hombre sin pasado conocido, sin nombre, que aparece en el momento oportuno para socorrer a los frágiles (con tanta ternura como frialdad homicida) y desaparece con otro rumbo hacia el horizonte; y así homenajear por enésima vez a la cosmogonía de Sergio Leone vía el pastiche, la ruptura de la linealidad y el multi-aporte continuo de referencias.

Y es que Drive, la historia de un especialista de escenas de acción embutido en su destino fatal de mecánico de deportivos de época, conductor en atracos y defensor del débil hostigado por la perversa corrupción del hampa, podría ser la versión idólatra entre la lucha buenrollista de ángeles y demonios de la capriana ¡Qué bello es vivir! si hubiese sido escrita por el calvinista Paul Schrader, y entenderíamos de sobras su estreno en nuestro país en plenas festividades navideñas; o más bien, algo similar a Taxi Driver derretida visualmente con la mágica paleta cromática de Walt Disney.

Sea como fuere, no riñen para nada su plasticidad visual puesta en escena a través de luces de neón, fucsias y azules añiles, con su aglutine de mensajes de fondo que no por capricho nos ha recobrado con el citado Schrader: protestante que embutió el thriller setentero de pecadores en completa expiación por misericordia de un Dios ausente, una sociedad corrompida y un bagaje moral  demasiado cerca del deshecho urbano. Sus guiones de Yakuza, El expreso de Corea o Taxi Driver -al igual que ocurre con el trabajo de N. Winding Refn- estuvieron tan cerca del existencialismo del Melville de Círculo rojo o El silencio de un hombre, como de la deconstrucción del justiciero sin nombre ligado al spaguetti western. La melancolía implícita en Drive, por otro lado, nos hace pensar qué podría ocurrir si la desacralización del samurái expuesta tajantemente por Takeshi Kitano fuese revisitada por la mirada femenina de Sofia Coppola: violencia contenida y expuesta intransigentemente en décimas de segundo derretida con esos finales fríos, de coitus interruptus sobre un posible amor eterno, dónde la mujer siempre sale perdiendo y los hombres perduran en la conciencia latente de ellas y, en último término, en la parte más frágil del subconsciente del espectador.

Carey Mulligan, joven actriz de rol sufrido (Una educación, Nunca me abandones) y reverso tenebroso de Michelle Williams, es la fusión interpretativa perfecta de un Ryan Gosling enorme (ya lo está en la todavía no estrenada y también indispensable Blue Valentine) tan icónico como un Steve McQueen o un Paul Newman de póster de habitación. Pétreo, de cutis de porcelana y pose griega en tiempos de dominación de Jean-Paul Gaultier: puro arte publicitario hecho interpretación. Belleza plástica y poética del rostro rictus fundida en nocturnidad, acción, venganza… Dejen tranquilo a Jason Statham, el thriller poderoso pertenece a mentes poderosas como Nicolas Winding Refn, al igual que alguna otra vez, otro pastiche genérico perteneció a posmodernistas férreos y autoconvencidos en el empeño de bordar cojonudamente el ejercicio de estilo de perfecto homenaje cinematográfico. Tan arrolladora en su concepción audiovisual que hasta da miedo que acabe con aroma trasnochado dentro de unas décadas.

Drive es más francesa que Robert Bresson o Alain Delon. Matemática tan fascinante como la suma: Los Soprano, más Yakuza, más 500 millas de Indianápolis. Más francesa  que el electropop lánguido de Air, el fluor nocturno de Daft Punk o los susurros electrónicos de M83. Cuando creíamos que el director no norteamericano que había competido mejor contra Michael Mann a la hora de capturar la expresividad plástica del paisaje metropolitano estadounidense había sido Wong Kar-wai, llega N. Winding Refn y te planta detrás de la luna de un Chevrolet Chevelle y te dirige mejor que John Ford por el salvaje Oeste.

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