Literatura

Back in America, reconocimiento y obra maestra de Gifford

Por Migue Muñoz 1 dic 2011 1
Back in America, reconocimiento y obra maestra de Gifford
    • Back in America
    • Barry Gifford
    • Traducción de Blanca Tortajada
    • Editorial: Renacimiento
    • 197 páginas

Si tuviéramos que encontrar en la estantería dedicada a la poesía de cualquier librería actual, el libro hecho fetiche: tótem de grafismo, propiedades filológicas, exactitud respecto a su original… La traducción de Blanca Tortajada sobre la recopilación de poemas que Barry Gifford publicó en 2004 no dejaría de estar en la visión y en la palma de la mano del poseso por la crónica en verso y la poesía con alto componente plástico y exquisita delicadeza expresiva. La Colección Poesía Universal de la Editorial Renacimiento concede la oportunidad de contener el regocijo de tamaño trabajo. Con siete años de retraso nos llega (al fin) la conclusiva muestra de la vertiente más escondida e ignorada del escritor de Chicago, más recordado por trabajar con David Lynch en la estructura narrativa de Corazón Salvaje o Carretera Perdida.

La luminosidad latente y la admirable lucidez de Back in America reside en una arquitectura externa dividida en cinco bloques: Jack Kerouac, Gregory Corso, Allen Gingsberg, la tragedia y la poética del desarraigo arraigada en América Septentrional abarcan un inicio de síntesis bárbara en su quebradiza verdad; el amor, el pecho derretido en languidez de enamoramiento y los tremendos acercamientos descriptivos logran en su segundo bloque que Gifford nos haga visualizar su expresividad a flor de piel; llega el tercer asalto (qué conste que no hablamos de embestidas agresivas, sino sensibles) y su deslumbrante tratado de la pintura de Vermeer en haikus que destilan sentencias para la infinitud: “Una vez hubo / un perro  en la puerta / pero Vermeer pintó / encima”; “un dibujo de baldosas / mantiene a distancia / el cuadro / inescuchable”; “Las mujeres de / Vermeer disimulan / mal / sus infidelidades”… Provocan la catarsis definitiva, tierna y emocionante sobre esa vena poética: es el momento en el que te conviertes a Gifford. Después sólo queda un estado de ánimo fundido en armonía y pureza: estética delicada, suave como aquellas noches donde se “juega al billar en la oscuridad nocturna” de las calles humeantes… Llega el homenaje a la poesía maldita, traducciones e interpretaciones sobre Gérald Neveu en el penúltimo empuje. Y cuando la fiebre dramática considera pegarse a esa fundición de delicadeza estética hecha fetiche: la muerte de Arthurd Rimbaud se hace memorable desde la sana locura del “largo, inmenso y racional desarreglo de todos los sentidos”.

Tras tener derretida bien dentro tamaña poesía lúcida, estricta y efusiva “como si fuera una fotografía”, uno no sólo duda sobre si tal publicación sería un despropósito sacarla en formato digital, sino que todo en este fetiche parece estar en su justa medida: coloreando sentimientos y suscitando análogas emociones, trazando lírica hasta cuando habla y respira el lenguaje más silenciado: la voz de lo cotidiano, del pueblo llano, lo naturalmente oral, el crujido al caminar de los pantalones vaqueros…

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