Que la Historia se forja a través de la violencia ya lo decían Heráclito y Hegel: parece ser una de las máximas de los pueblos en su lucha por encontrarse a sí mismos. En nuestra manida Guerra Civil española, la reverberación de ese impulso dura hasta nuestros días. Escuchamos hoy día a numerosos cargos políticos arrojándose episodios nacionales como si los bandos, los frentes y las trincheras permanecieran. De igual modo que la distancia temporal, geográfica y espiritual despeja a menudo la verdad histórica, la carga ideológica acumulada en el tiempo puede nublarla.
Es habitual que los testimonios de los contemporáneos a un hecho como este –escritos en caliente– puedan dibujarnos un esquema dogmático y desvirtuado. Las excepciones son como el libro que nos ocupa. A sangre y fuego (Ed. Libros del Asteroide), escrito por el periodista, intelectual y humanista sevillano Manuel Chaves Nogales (fallecido en 1947 en el exilio en Londres y testigo directo de los primeros compases de la guerra) es un compendio de relatos posteriores a su salida definitiva de España.
Como nos explica la precisa introducción de Maria Isabel Cintas, Chaves fue un liberal convencido que no se casó con nadie y que desde Madrid trataba simplemente de ejercer su profesión verazmente primero con arreglo a los dueños capitalistas del periódico y después a los dueños colectivistas, como él mismo explica, cuando los milicianos comunistas y anarquistas defienden Madrid.
Los relatos –basados en hechos reales– que componen el volumen A sangre y fuego no son en absoluto complacientes. Acostumbrados a los testimonios de uno y otro bando cuyos adversarios eran demonios y sus acólitos ángeles, se perciben en este volumen otras coordenadas: los desarmados, los civiles, los amantes de la libertad, los incapaces de apretar un gatillo contra otro ser humano son los verdaderos héroes de una guerra plagada de traidores, delatores, posibilistas y oportunistas. Una gran ventaja de este libro es que está desposeído de tinte político más allá de un espíritu democrático muy parejo al de nuestro tiempo. Probablemente influye que Chaves no sobrevivió a los cuarenta años de terrible dictadura que subsiguió a la guerra.
Son relatos pulidos, con narrador en tercera persona y omnisciente, de estilo clásico y amplio vocabulario; no se entrampa en ejercicios de estilo: el horror, los millones de disparos, la muerte tan crudos son. Absorbente incluso para un público hastiado de las batallitas de la Guerra Civil, resulta –histórica y literariamente– refrescante.









