Durante la semana de estreno de uno de las películas más esperadas de los últimos años, el Tintín de Spielberg, otros belgas menos populares que el periodista con tupé y fox terrier a cuestas, los hermanos Dardenne, estrenan en las salas de nuestro país su último trabajo. El niño de la bicicleta, ganadora del Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes de este curso, es un nuevo ejemplo de la capacidad de estos cineastas para volver a limar su poética de clase social y volver a formular un ejercicio de estilo personal e intransferible.
Como en Rosetta o en El silencio de Lorna, la acción va a destajo desde el principio y la dinámica de la cámara en el pescuezo del protagonista principal atrapa la mirada de un espectador atado sin miramientos en ese desaliento. El retazo de vida cogido al vuelo con férreo pulso en la puesta en escena, podría ser la contundente y decisiva reactualización de las desventuras del Antoine Doinel de Los cuatrocientos golpes. La agresiva testarudez de Cyril, púber de once años, por buscar a su padre después de ser abandonado por éste en un hogar de acogida con la promesa de que no tardaría mucho en volver a recogerlo, no solo ficciona una realidad triste y desoladora sino que va trazando el drama de autosuperación por acostumbrarse a la falta de hogar y calidez humana.
Sin proponérselo taxativamente, los Dardenne dialogan con la coyuntura actual reflejando la aflicción por perder las bases de una sociedad del bienestar derrumbándose a grandes pasos (el frenesí en la cinética de la narración lo demuestra con acierto) así como la demostración de que la lucha personal, repleta de oscuras experiencias, puede llegar a alcanzar la interrelación próspera: una minúscula atalaya en la que aferrarse por seguir viviendo en armonía. Cécile de France (una nueva Juliette Binoche atractiva y con capacidad de aguante dramático) recoge el papel de figura con la ilusión por participar de un cambio a mejor. Su relación con el pequeño Cyril resulta ser la alegoría de un futuro mejor posible que sustenta la, quizás, más optimista fábula áspera y combativa de los autores de La promesa.

El vaivén de cambios interiores proyectados por el protagonista y que afectan a todo el microcosmos que le rodea pasa de la esperanza a la tragedia en milésimas de segundo. La incertidumbre de esa pequeña y frágil existencia está en estado de espera durante todo el relato. La poética de pie de calle se expande en pequeños retazos de música extradiegética con la contundencia del mejor Beethoven y eso hace chirriar, así como parte de la incertidumbre de un falso happy end, las intenciones de una narración casi perfecta.
El niño de la bicicleta adquiere matices de romanticismo dickensiano en la era del bit, nouvelle vague indignada o neorrealismo del G-20 desde la voracidad que imprimen los pasos recelosos del inicio del siglo XXI. Ni tan siquiera las piernas de tez dorada de De France hacen que el espectador pueda vislumbrar calidez definitiva a nuestro alrededor. Incluso en la apariencia de sus pinceladas más simplificadas existe el asomo certero, analítico y lúcido. Casi una obra maestra, casi te lleva donde quiere, sin que te salgas del relato y cuestionándote inteligentemente en cada plano.










