El pasado 21 de junio recibí el siguiente mensaje desde una cuenta de Hotmail:
“Soy el director de la editorial virtual llamada www.reeducacion.com, encargada tanto de la publicación, distribución y venta de la novela Reeducación, como de la conservación del anonimato de su autor y de su representación pública. A petición expresa del novelista, y en su anónimo nombre, quisiera regalarte un ejemplar de su nuevo libro de pronta aparición. Para ello, con tu permiso, te solicito por favor que me facilites una dirección postal a la que enviarte la novela.”
Mi primera reacción fue: “Uff… otro pirado más. Y yo que pensaba que estas cosas sólo sucedían en las películas.” Pero respondí con mis señas a caballo regalado, y a las pocas semanas recibí un paquete con un voluminoso libro de 330 páginas. Para mi sorpresa, estaban pulcramente editadas e impresas en papel de primera calidad. Comencé a leer y comprobé que el caballo no sólo tenía los dientes en perfecto estado, sino que además trotaba con brío. Y sin ninguna marca o indicación que permitiera adivinar su procedencia.
Leo cada vez menos novela porque ya no me llega el tiempo para embarcar en un trasatlántico y emprender una travesía de semanas; para viajes de quince minutos prefiero la poesía, que es el medio de transporte más rápido que hay. Pero este verano lo he pasado releyendo esta Reeducación tan peculiar: un libro sin autor en la portada, pero que tenía ya tres novelas publicadas en editoriales comerciales, o al menos eso nos dice el narrador; un escritor que había jurado no volver a escribir; una novela que nos cuenta cómo y por qué vuelve a hacerlo.
A mí me llegó así el libro porque éste no se vende en librerías, sino que se distribuye mediante un sistema viral en el que, a cambio de los gastos de envío, uno puede regalarlo a tres personas. La página web asociada documenta los costes de producción y permite hacer pedidos a un precio mínimo, así que no hay timo ni mayor misterio. El sistema literario español tiene inconvenientes de sobra como para hacer deseable una alternativa a las editoriales y librerías al uso, y seguro que no es el primero ni el último que decide ir por libre.
El enigma, si lo hay, es estrictamente literario. No es de extrañar que un autor quiera ahorrarse la negociación con un editor y todo aquello que rodea la publicación de un libro: entrevistas, presentaciones, promoción… Tareas más o menos gratas, que permiten al autor recibir algo de feedback y, con suerte, que su libro aguante alguna semana más en las mesas de novedades, pero es natural que a la tercera uno comience a cansarse o a temer que con tanto ajetreo no volverá a escribir jamás.
Supongo que por eso hay escritores, como Xabier Montoia, que renuncian a implicarse en la promoción de sus obras, pero para eso tampoco hace falta que sean anónimas como esta novela, donde todos los nombres propios están sustituidos por los de personajes de cine y no hay referencias geográficas. La historia que nos cuenta Reeducación podría suceder en cualquier parte del mundo, siempre que esté en plena crisis, y no faltan lugares así. Son dos vidas las que se cruzan en esta novela o relato real: la del narrador en busca de una historia que contar, detective privado de profesión a quien parecen irle bien las cosas, y la de un pobre diablo a quien el detective-cum-escritor-frustrado conoce en el curso de una investigación, que ha perdido su trabajo y con él su familia y su lugar en el mundo.
Como en un cartel de cine, aquí tenemos dos personajes enfrentados a su propia reeducación, un proceso que traerá consigo cambios importantes en sus vidas. La trama de la película recuerda a muchas novelas de Paul Auster, tan llenas de gente sorprendentemente capaz de reinventarse a sí misma; la forma de contarla, a la de Kirmen Uribe, con ese tono entre cándido y sincero. Pero esta novela no quiere hacer autoficción: todo lo que nos cuenta, dice, ha sucedido de verdad. Si así es, hay que ver lo prosaica que se ha vuelto la vida del detective contemporáneo.
Naturalmente, el autor no nos lo cuenta todo ni tampoco lo hace secuencialmente, porque Reeducación utiliza recursos literarios propios de la novela (diálogo, escenas, acción), del ensayo (reflexiones varias sobre lo relatado, metaliteratura) y hasta de la poesía: enumeraciones, algunas aliteraciones, oralidad y lapsus linguae recogidos con gracia y buen oído. Hay hasta fotos, como en los relatos de Sebald. La sensación es que alguien nos está contando algo muy interesante en tiempo real, y el anonimato da un toque de confidencialidad y secreto que va bien a la historia.
La novela es fragmentaria y muy selectiva, pero apenas se nota, salvo cuando da la impresión de que el autor quiere comerse su pastel (que otros lean su novela) y conservarlo (evitándose los inconvenientes de la autoría). Es como si dar tanta importancia al nombre propio o a su ausencia fuera una forma de arrogancia, esa que adopta la humildad exhibida; como si el autor fuera de Bilbao, vamos. Al menos yo intento no confundir al escritor de un libro, en tanto que persona pública, con su autor como persona privada, que bien podría ser alguien muy distinto al que aparece en sus páginas.
El caso es que lo que más me gusta de esta novela no está en su obsesión por el anonimato ni en las escenas domésticas y maritales, que pueden ser digno objeto para un escritor bien dotado (con detector automático de clichés) pero no vienen a cuento cuando sirven a propósitos extraliterarios. No es que el autor haya querido hacerse un homenaje con el libro, porque tampoco es indulgente consigo mismo: el autorretrato que nos presenta en Reeducación es el de un burgués cualquiera, con sus pequeñas alegrías y angustias; uno de los nuestros. Son la familia y amigos del autor los reflejados bajo una luz más pura, pero ese deseo de comunicar amor y gratitud, que es natural entre la buena gente agradecida, a veces va en menoscabo de la literatura. Igual es que para ser mejor escritor hay que ser peor persona.
Este tema de la bondad es uno de los que recorren la novela. ¿Es ser buena persona condición para la felicidad? ¿Hay que vivir oculto para ser feliz, como decía Epicuro? ¿Hay que prescindir de todo lo que no sea esencial, como escribió Thoreau? Lo mejor del libro está en esos interrogantes y en la respuesta que nos proporciona, su testimonio de una posibilidad de empezar de nuevo que al final resulta tan imprevisible como invencible, incluso en estos tiempos y en el destartalado paisaje postindustrial y postodo que compartimos con su anónimo autor.












Menuda historia de detectives,
Tengo que confesar que me ha costado mucho descubrir al autor, pero al fin creo que lo he conseguido y si es que pienso quiero decirle: “¡Qué ganas de volver a leer algo tuyo!”. Soy un poco torpe me ha costado entrar, lo he leído dos veces y creo que ahora puedo decir con conocimiento, que es estupendo, que se pueden sacar grandes conclusiones y aplicarnos la lección que se saca de sus páginas. Estoy tan estusiasmada, que estoy retomando tus anteriores escritos, de momento, estoy en el primero. Ánimo y a por todas.